Análisis

Mons. Jesús Pérez: “Asignatura pendiente”

Comenzamos la segunda semana de adviento. En este domingo escuchamos la palabra de Isaías, 11,1-10; a Pablo en su carta a los carta a los Romanos 15, 4-9 y al evangelista Mateo 3,1-12. Las tres lecturas de este domingo nos llaman a acoger al Mesías, a vivir la esperanza, especialmente, el Bautista, el gran maestro de este tiempo de adviento. Para poder acogerlo nos invita a la conversión. El adviento es una convocatoria a prepararnos en el corazón, “para que unánimes alabemos a Dios Padre de nuestro Señor Jesucristo” (San Pablo).

El adviento no lo podemos reducir a unas prácticas hechas con buena voluntad, a una corona en que cada domingo vamos encendiendo una vela, a unas jornadas o a una novena, la novena de la Navidad. Todo eso está bien y puede ayudarnos a tomar conciencia de lo que es el adviento. El adviento requiere una nueva actitud de relación más profunda con Dios y del sentido de la vida desde la visión de la fe en Cristo que viene solamente para salvarnos. El camino de la salvación, por ello, no consiste en ciertas prácticas sino en la conversión del corazón. La disposición previa para el cambio total, la conversión, es reconocernos pecadores ante Dios y ante los demás. Así hacía la gente sencilla y humilde ante el Precursor, Juan el Bautista. El mensaje de Juan y del adviento es el mismo, ante la cercanía de la Navidad, es fundamentalmente mensaje de alegría y de esperanza. No hay nada más exigente que el amor y la fiesta. Por ello, en este tiempo, escuchamos el fuerte llamado de Juan a sus contemporáneos de la necesidad de prepararse para recibir a Jesús que ya está cerca. El mensaje sigue siendo muy actual, “conversión”. Por ello, la liturgia nos señala a la luz de la Palabra de Dios, por dónde debe ir la preparación a la Navidad.

La conversión no significa algo superficial, unas prácticas más o menos clásicas de ayuno y oración. La palabra correspondiente en griego es “metanoia” que significa” cambio de mentalidad”. Para convertirnos –igual que para recibir el sacramento de la penitencia- no hace falta que hayamos cometido grandes pecados. A todos nosotros, – al Papa también- se nos pide desde nuestra existencia concreta, que puede ser sencillamente de pereza, indiferencia, tibieza… sobre todo, los pecados de omisión, por ejemplo, no nos formarnos espiritualmente, no comprometerse o desentenderse de los problemas de los demás, no colaborar en la parroquia, no apoyar las obras de misericordia. Se nos pide en todo tiempo, pero principalmente en este tiempo, cercano a la Navidad: convertirnos, reorientar nuestra vida, para poder celebrar en profundidad la gran fiesta de la Navidad. El misterio de Dios hecho hombre, Dios-con-nosotros.

El papa san Juan Pablo II decía a Latinoamérica: “la conversión no acaba nunca”. Pues aunque seamos cristianos de toda la vida, necesitamos la conversión constante para abrir constantemente el camino al Señor en nuestra vida. La conversión a Dios es labor de toda la existencia. Tarea silenciosa de cada día. Nunca estaremos lo suficientemente convertidos. La conversión, siempre será una asignatura pendiente. Necesitamos pedir al Señor el don de la conversión y poder así llegar a la Navidad más convertidos y encontrarnos más profundamente con el Señor.

Sucre, 4 de diciembre de 2016

Fray Jesús Pérez Rodríguez, O.F.M.

Arzobispo emérito de SUCRE