Análisis

Mons. Jesús Pérez: “Aceptar la invitación”

El evangelio de este domingo nos regala la parábola de Mateo 22,1-14. Es la parábola de los que fueron invitados a las bodas del banquete del rey y son sustituidos por otras personas que en principio no habían sido invitados. Esta parábola coincide con las parábolas de los viñadores y la del hijo que dijo “sí” pero no fue a trabajar a la viña.

Los primeros invitados son los judíos, pero no quisieron asistir, poniendo una serie de pretextos.

Esta parábola está narrada más ampliamente por el evangelista Lucas; es interesante leer el texto de este evangelista. En Mateo, la parábola tiene como un apéndice. El rey ve a un invitado que no lleva el vestido de fiesta y lo manda a expulsar y castigar.

La primera lectura que corresponde a Isaías 25,6-9, prepara la escucha del evangelio de este domingo. La lectura pertenece a uno de los llamados “Apocalipsis” de este profeta. En los capítulos 24 al 27 se hace una descripción del juicio final de Dios a la humanidad. Ese juicio no ha de ser necesariamente un día de terror. Todo lo contrario: se trata de una gran invitación a acercarse a disfrutar de las delicadezas de Dios para con sus hijos. Aquel día se dirá: “aquí está nuestro Dios, de quien esperábamos la salvación. Regocijémonos de alegría porque nos ha salvado”.

El juicio final tiene su anticipo en la vida cotidiana de los cristianos, de toda la Iglesia. La montaña que Isaías pone como lugar del gran banquete es la ciudad santa de Jerusalén, sede del juicio. Pero muy bien se puede aplicar también a la Iglesia. Y al altar donde se celebra el sacrificio y banquete de la Eucaristía. Desde esa montaña, la Iglesia, el Señor llama a todos. En ella quiere ofrecernos los “manjares sustanciosos” de su Cuerpo y de su Sangre derramada por nosotros. Desde esa montaña del altar, él quiere quitarnos los sinsabores de muerte, para restituir a todos la alegría de una vida feliz.

El Señor que nos ha llamado a su reino nos ha dejado la misión de anunciarlo a todos y en todas partes. Él ha querido valerse de nosotros, discípulos suyos, para hacer llegar su invitación divina. Dios quiere brindar a muchas personas más al banquete de su amor de los que le pertenecen. Nadie queda excluido de la invitación divina pues él ha preparado un banquete, el banquete del Hijo para todos.

El banquete ha sido siempre una de las categorías que mejor entendemos para expresar lo que hay de bueno y festivo, tanto en la relación con Dios como con las personas. Es alimento y nutrición, pero también es signo de comunión y solidaridad entre los comensales y con el que invita. El que invita es Dios. Por eso, no nos debe extrañar que en la Biblia se utilice para expresar los planes de Dios. El profeta Isaías anuncia que Dios, en los tiempos mesiánicos, prepara un banquete festivo, con manjares suculentos y vinos generosos.

De Dios es la iniciativa, la invitación a participar en su fiesta, en su banquete. Esto aparece muy claro en la parábola del rey que celebra las bodas de su hijo, tiene un gran deseo de llenar las mesas de comensales. Originariamente la parábola quiere explicar a los dirigentes religiosos de Jerusalén, que han rechazado a su Enviado y la reacción de Dios ante la negativa de su pueblo a escuchar al Hijo de Dios. Dios llama a todos y brinda su amor gratuitamente a todos.

También nosotros, cristianos, los discípulos de Jesús, podemos desaprovechar tantas oportunidades de gracias y dones gratuitos, de invitaciones de Dios. El papa Francisco, a quien tantos cristianos admiran, insiste en el llamado a participar en la vida de la iglesia siendo miembros activos. Pero en esto, como en la mayoría de lo que nos dice el Papa no se le hace caso. El Papa quiere que trabajemos en nuestras parroquias. Así mismo, nos llama a participar cada domingo en la misa parroquial. La mayoría de los cristianos católicos ni colaboran en sus parroquias ni participan cada domingo en la misa dominical. Hacen oídos sordos a la invitación persistente del papa Francisco.

San Pablo nos dice algo muy importante a tener en cuenta: “Todo lo puedo en Aquel que me conforta”. No es un gesto petulante. Es el reconocimiento de la dificultad de no dejarse sacudir por las necesidades materiales. La gracia para poder estar convencido y actuar de esa forma se da a todos los que participan en la eucaristía con fe. “Dichosos los invitados al banquete de las bodas del Cordero” (Ap 19). El sacerdote, al invitar a recibir la sagrada Comunión dice: “dichosos los invitados a la Cena del Señor”.

Sucre, 12 de octubre de 2014

Mons. Jesús Pérez Rodríguez, O.F.M.
Arzobispo emérito de Sucre