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Gualberti: Detrás de los números hay rostros de madres, esposas, hermanas e hijas a quienes se les ha, cobardemente, quitado la vida

Dios no quiere un país piramidal, opresor y esclavista sino un país fundado en la fe, y los valores humanos de la igualdad, justicia, solidaridad y fraternidad

Homilía de Mons. Sergio Gualberti

Arzobispo de Santa Cruz

Marzo 7 de 2021

Video Gentileza de la Escuela Superior de Comunicación DIAKONIA UCB

Jesús expulsa, indignado, a los que convierten su templo en un mercado

El Evangelio, de este tercer Domingo de Cuaresma que acabamos de escuchar, nos habla de un gesto profético de Jesús en proximidad de la fiesta de la Pascua judía que se celebraba en Jerusalén, hecho que tendrá un peso significativo en su condena a muerte. Él, como todos los peregrinos que llegan a la ciudad santa, entra al templo y se encuentra con tantos vendedores y cambistas que han vuelto mercado a ese espacio sagrado. Jesús, indignado, los expulsa con un látigo, provocando la reacción de los judíos: “¿Qué signo nos das para obrar así?”.

Jesús lanza el desafío: Destruyan este templo y en 3 días lo volveré a levantar

Jesús los desafía proponiendo una única señal: “Destruyan este templo y en tres días lo volveré a levantar”. Su provocación es acogida con incredulidad e indignación por los judíos, porque piensan que Jesús se refiere al magnifico templo de piedra que ellos consideraban indestructible, pero Él se refiere a su propio cuerpo, el templo que tiene que morir en la debilidad humana para resucitar glorioso después de tres días.

La fe que busca milagros y bienestar material no goza de la confianza de Jesús

Pasado ese episodio, Él sigue predicando la buena noticia del reino de Dios y “muchos creyeron en su Nombre al ver los signos que realizaba. Pero, Jesús no se fiaba de ellos”. Palabras muy fuertes. No toda fe es sincera y profunda, ni lleva a un verdadero cambio de vida y de pensamiento; a menudo, es una fe superficial que se sustenta en la búsqueda de milagros, sanaciones, seguridad y bienestar material, por eso no goza de la confianza de Jesús.

Mientras todos intentan hacerse un Dios a su gusto y a medida, el verdadero cristiano cree en la debilidad del crucificado y su potencia liberadora.

San Pablo, en la carta a los cristianos de Corinto, también se refiere al tema de la fe y cuestiona a las personas que ponen condiciones para creer en Jesús: “Mientras los judíos piden milagros y los griegos van en busca de sabiduría, nosotros, en cambio, predicamos a Cristo crucificado, escándalo para los Judíos y locura para los paganos”. Para ambos grupos, judíos y paganos, es imposible aceptar que la cruz sea el camino, escogido por Dios, para salvar a la humanidad. De hecho, para los judíos la muerte en cruz era una infamia, mientras que, para los grandes pensadores y filósofos griegos que celebraban a la sabiduría como la facultad más sublime del ser humano, la cruz era una locura y necedad.

Sin embargo, para San Pablo la cruz es la expresión evidente de cuán distintos son los pensamientos divinos de los humanos: “la locura de Dios es más sabia que la sabiduría de los hombres y la debilidad de Dios es más fuerte que la fortaleza de los hombres”. Todos los intentos de los que buscan domesticar a Dios y hacerse un dios a su gusto y medida, se estrellan ante la manera de pensar y obrar del Señor. Luego Pablo subraya con firmeza que Cristo muerto y resucitado es “la fuerza y sabiduría de Dios para los que han sido llamados”. La fe en un Cristo sin la cruz, no es cristiana. Por eso, el verdadero cristiano cree en la debilidad del Crucificado, ya que en Él se manifiesta la potencia liberadora y el amor entrañable de Dios que llega al extremo de entregar su Hijo a la muerte para que nosotros tengamos vida para siempre. 

El crucificado es la fuerza de los que creemos en Él

El Crucificado es la fuerza de los que creemos en Él y que nos hace superar la tentación de huir ante las exigencias de una existencia cristiana coherente, ante los sufrimientos y los problemas de la vida y que nos impide estancarnos en una fe superficial e inoperante. No es de extrañar que la cruz es un signo de contradicción, desde los inicios del cristianismo hasta hoy, que provoca  incomprensiones, burlas y rechazos, hecho que, junto a la consciencia de nuestras limitaciones y debilidades, puede hacernos acobardar. Por eso es necesario pedir a Dios que nos ilumine y fortalezca nuestra fe en su designio de salvación que se ha cumplido en Cristo Crucificado.

Dios no quiere un país piramidal, opresor y esclavista sino un país fundado en la fe, y los valores humanos de la igualdad, justicia, solidaridad y fraternidad

En la 1era la lectura de hoy tomada del libro del Éxodo, encontramos una prueba significativa del plan de salvación de Dios, cuando interviene para liberar al pueblo de Israel de la esclavitud de Egipto: “Yo soy el Señor, tu Dios, que te hice salir de Egipto, de un lugar de esclavitud”. Dios se presenta como “liberador”, él que encabeza ese grupo de esclavos pobres, inermes, asustados y perseguidos, en su azarosa travesía de cuarenta años por el desierto hacia la tierra prometida para que se constituyan como pueblo libre. Dios sella su alianza con ellos entregándoles el Decálogo, las diez palabras de la libertad y de la vida, la expresión clara de su voluntad y referencia necesaria para que, llegados a la tierra prometida, construyan un país muy distinto del modelo piramidal, opresor y esclavista de Egipto; un país fundado sobre la fe en el único y mismo Señor y sobre los valores humanos de la igualdad, la justicia, la solidaridad y la fraternidad.

El decálogo es la “carta constitucional” no solo de los creyentes sino de toda la humanidad. Asegura no solo la vida sino la dignidad de todo ser humano

El Decálogo es el legado universal e imperecedero de Dios que se ofrece, también hoy, como la carta constitucional” no solo de los creyentes en en el Dios de Jesucristo sino de toda la humanidad. Las tres primeras formulaciones del decálogo indican cuál es la base que debe regir la relación del hombre con Dios: “No tendrás otros dioses delante de mí”. Lo primero que el Señor nos pide es que reconozcamos que Él es el único Dios, aquél que nos ha creado por amor y para amar, para ser libres y para que no nos dejemos esclavizar por los ídolos y las ideologías mundanas ni doblemos las rodillas ante nadie ni nada.

Los otros siete enunciados del decálogo, son como la brújula de la conducta moral de las personas y de la sociedad, que aseguran el derecho sagrado de la vida y la dignidad de todo ser humano, la práctica de la justicia y la equidad y el cultivo de las virtudes de la honestad, la solidaridad y la verdad, aspectos esenciales para una convivencia justa, pacífica y fraterna, propia de los hijos de Dios.

Estos preceptos tendrían que guiarnos también al momento de elegir nuestras autoridades en esta jornada electoral, a las que todos debemos participar. Cumplamos nuestros deber y derecho   con responsabilidad y libertad y hagamos que este acto se desarrolle en un clima de democracia, paz, transparencia y que se respete la voluntad de los ciudadanos, despejando toda sospecha de irregularidades y fraude.

Asumamos el compromiso de desterrar todo lo que atenta a la dignidad e integridad física y moral de la mujer

Por último, mis felicitaciones a todas las mujeres en vísperas del día internacional a ellas dedicado. Qué esta fecha sea la oportunidad para que cada uno de nosotros y la sociedad entera asuma con firmeza el compromiso de desterrar todo lo que atenta a la dignidad e integridad física y moral de la mujer y que es contrario a los mandamientos de Dios, como el machismo, la discriminación laboral y social, la violencia al interior y exterior de la familia. Hay datos que nos impactan y que nos deben hacer reaccionar: el descubrimiento macabro de cuatro jóvenes mujeres violadas, asesinadas y enterradas ocultamente en el Chapare y los 24 casos de feminicidios registrados en nuestro País en los dos primeros meses de este año.

Detrás de los números hay rostros de madres, esposas, hermanas e hijas a quienes se les ha, cobardemente, quitado la vida

No olvidemos que detrás de estos números hay rostros concretos de madres, esposas, hermanas e hijas a quienes se le ha cobardemente quitado la vida, que dejan en el dolor a tantas personas, que reclaman justicia, que piden que nuestra sociedad salga de la pasividad cómplice y que no se escatimen esfuerzos para prevenir esta plaga en todos los ámbitos, a comenzar de la educación de la niñez y juventud.

Con las palabras del salmo, renovemos ahora nuestra fe en Dios agradecidos porque nos ha dejado el Decálogo, las palabras de vida y amor que nos guían en nuestro camino personal, comunitario y social. “Señor, tú tienes palabras de vida eterna”.

Amén