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Mons. Gualberti: Armamento militar y megaproyectos estatales no pueden estar por encima de la Salud Pública

Homilia de Mons. Sergio Gualberti
Arzobispo de Santa Cruz –  Bolivia

 La parábola del buen samaritano, un himno a la misericordia

Acabamos de escuchar la parábola del Buen Samaritano, un himno de Jesús a la misericordia, la virtud evangélica que no puede faltar en la vida de todo cristiano y de la Iglesia.

Ama a Dios y a tu prójimo y vivirás

Un maestro de la ley se dirige a Jesús y le pregunta: “¿Qué tengo que hacer para obtener la vida eterna?”. Debería ser un interrogante fundamental para todo creyente, pero preguntémonos con sinceridad ¿cuánto nos preocupa hoy el tema de la salvación? Jesús le contesta con otra pregunta: “¿Qué está escrito en la ley?”. Para un doctor de la ley la respuesta es bastante obvia: “Amarás a Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, tus fuerzas y con toda tu mente y a tu prójimo como a ti mismo”. Por eso Jesús le dice: “Haz respondido correctamente. Haz eso y vivirás”. Ama y vivirás. El amor es vida y en el amor a Dios y a los hermanos se resumen todos los demás mandamientos. No es cuestión de saber, sino de actuar, de amar y dar la vida.

El prójimo no solo es el hermano de religión ni el compatriota

Sin embargo, ese maestro necesita aclarar quién constituye su prójimo porque, en los círculos religiosos judaicos, este tema era objeto de discusión, aunque la mayoría consideraba prójimo solo el hermano de religión y el compatriota. Por eso él pregunta a Jesús: “¿Y quién es mi prójimo?”.

El ser humano, sin adjetivo, bueno, malo, rico o pobre es mi prójimo

A este interrogante Jesús no contesta con argumentos teóricos, sino con la parábola, considerada una pieza magistral no sólo del Evangelio, sino de toda la literatura mundial. “Un hombre bajaba de Jerusalén a Jericó y fue atacado por ladrones, que le robaron y golpearon, y se fueron dejándole medio muerto”. Un hombre, nada más, sin ningún adjetivo, bueno o malo, rico o pobre, de los nuestros o de los otros. En ese hombre está representada toda persona humana agredida, desamparada y necesitada de ayuda. A lado de ese hombre medio muerto, pasan tres personajes quienes, con su actuar, ponen de manifiesto la calidad de su amor.

Algunos no ayudan al prójimo herido, por miedo a perder sus seguridades

Los primeros dos son un sacerdote y un ayudante del templo de Jerusalén quienes, al ver al herido, no se inmutan ante su desgracia y pasan de largo. Como observantes de la ley, evitan tocar al herido por miedo a quedarse ritualmente impuros. Su actitud es propia de personas preocupadas en salvaguardar sus seguridades y en cumplir al píe de la letra las normas religiosas más que guiarse por el espíritu de la ley de Dios.

Otros no ayudan al prójimo necesitado, por no desatender sus propios problemas y urgencias

El sacerdote y el levita, al no encontrar al hermano herido tampoco encuentran a Dios, ya que, como dice San Agustín, el camino a Dios pasa por el prójimo: “Encuentra al hombre y alcanzarás a Dios”. En esta actitud indiferente y egoísta podemos caer también nosotros y pasar a lado de personas necesitadas con el miedo de que nos tengamos que parar y desatender nuestros quehaceres e intereses. Pretextos donde escudarnos no faltan: “No se quien es, me voy a meter en líos, no es mi problema y tengo otras urgencias”.

El que ayuda al prójimo que sufre, lo socorre sin hacerse preguntas, lo hace guiado por la misericordia

Después de los dos personajes un tercer viandante pasa por ese camino: un samaritano despreciado por los judíos porque forastero y considerado cismático por no cumplir a plenitud la ley de Moisés. Este samaritano marginado, al ver al hermano que sufre, siente compasión y lo socorre sin hacerse preguntas: “¿Qué dice la ley? ¿Es o no es mi prójimo, es o no es de mi pueblo y religión?”

Tal vez él siente miedo y tiene dudas en parar en un lugar peligroso y aislado, pero más fuerte es su espíritu de misericordia. El Evangelista Lucas, con una sucesión vertiginosa de verbos, describe magistralmente el actuar premuroso del samaritano: vio al herido, se conmovió, se acercó, bajó del caballo, vació sus ampollas, vendó las heridas, lo subió a su cabalgadura, lo llevó a la posada, lo cuidó, pagó y lo encomendó al dueño del albergue. Esta actitud misericordiosa no nace por instinto, es una conquista, fruto de una lucha interior en la que el amor y la humanidad vencen al egoísmo, al miedo, a los prejuicios religiosos y a las fronteras.

Para ayudar al prójimo maltratado, hay que acercarse a él y actuar con misericordia

Al terminar la parábola, Jesús pone una pregunta clave al maestro de la ley: “¿Quién de los tres te parece que fue prójimo del que cayó en manos de los bandidos?”. Jesús no pregunta “¿quién es mi prójimo?”, sino ¿Quién se ha hecho prójimo de ese herido, quien se ha preocupado por él? Esta es la actitud para acercarnos al abatido y al que sufre, hacernos próximo de él, tomarlo en cuenta como persona humana igual que nosotros, sea quien sea, hacernos cercanos a él, dejarnos tocar por su dolor y miseria, sembrar esperanza en su corazón abatido y actuar con misericordia.

Lo contrario a la misericordia no es el odio, sino la indiferencia que ignora, niega y mata

“Hacernos prójimo” por tanto implica no hacernos de la vista gorda ante el sufrimiento y la necesidad del otro, porque lo que es verdaderamente contrario a la misericordia y al amor, no es el odio, sino la indiferencia que ignora, que niega confianza y que mata.

Ser misericordioso no es solo dar cosas materiales sino dar amor, amistad, perdón, compañía

Luego Jesús se dirige al maestro de la ley con un imperativo: “Ve y haz tú lo mismo”; ¡Ve y ama! Y esta mañana nos lo está diciendo a cada uno de nosotros: Tú también hazte samaritano, hazte prójimo de quien sufre y de quien te necesite, sin distinción alguna, míralo en los ojos y seas misericordioso. Y no se trata sólo de dar cosas materiales sino también de dar tu tiempo, algo de ti mismo y de responder al hambre de amor, amistad, perdón o compañía.

Ante 71 feminicidios en lo que va del año, nadie puede quedar indiferente, ni los criminales impunes

“Ve y haz tu lo mismo”, es un imperativo a no quedarnos en palabras y a actuar en favor de los maltratados de este mundo tanto a nivel personal, como comunitario y social. También en nuestro país hay maltratados que necesitan nuestra acción solidaridad, pensemos en las víctimas de la violencia en particular en las mujeres ultrajadas y asesinadas. En lo que va del año ya se ha alcanzado la escalofriante cifra de 71 feminicidios. Ante semejante barbarie, nadie puede quedar indiferente, es un problema de toda la sociedad. Que la justicia, en estricto cumplimiento de la ley, no deje impunes a los autores de esos crímenes horribles y cobardes.

Concienticemos a nuestra sociedad sobre el respeto a la persona, la vida humana e igualdad de la mujer y el varón.

Que las instituciones estatales y civiles pongan en marcha mecanismos para superar la violencia familiar y social y para concientizar a los ciudadanos desde la niñez y juventud sobre los valores y principios humanos y cristianos, entre ellos el respeto sagrado de toda persona y de la vida humana, y la igual dignidad de la mujer y el varón.

El armamento militar y megaproyectos estatales no pueden estar por encima de la inversión en salud pública

También en estos días ha tomado más visibilidad el problema de la salud pública por el paro de los operadores de salud con la denuncia de la falta de seguridad y de recursos, hecho evidenciado en el tratamiento del “arenavirus” que ha causado tres víctimas mortales, entre ellas dos médicos. De la misma manera se ha elevado el clamor de las mamás de niños internados en el hospital oncológico de nuestra ciudad, que han tenido que recurrir a la huelga de hambre para pedir remedios y ambientes adecuados.

Estos hechos ponen de manifiesto que es urgente que el Estado enfrente prioritariamente el problema de la salud pública con medidas sostenibles y eficaces, invirtiendo en políticas sociales y en el bienestar de la población por encima de armamentos y de megaproyectos dispendiosos que a menudo no responden a necesidades reales.

Comprometámonos con la promoción del ser humano y liberación de lo que atenta a su vida material y espiritual

Hermanos y hermanas, esta parábola del Samaritano bueno nos ilumina y nos anima a practicar el amor misericordioso, amor que no conoce límites y barreras de ningún tipo; la savia vital que humaniza y que nos mueve a comprometernos con la promoción integral del ser humano y la liberación de todo lo que mancilla su dignidad y atenta a su vida, tanto en lo material como en lo espiritual. Es la propuesta desafiante de Jesús para cada uno de nosotros, acojámosla con generosidad y alegría sabiendo que de esa manera nuestra vida va a encontrar su sentido pleno: “Ve y haz tu lo mismo, y vivirás”. Amén