Análisis

Mons. Giambattista Diquattro: “La Iglesia es un Misterio”

LA IGLESIA ES UN MISTERIO
1.1.- Vivir la tradición y cuestionarse
En los siglos más tradicionales se hablaba poco de la Tradición: estaban inmergidos en ella y de ella vivían. Leían personalmente los Libros santos y no se formulaban habitualmente ninguna cuestión: la Tradición constituía para ellos el presente, era la forma misma de su pensamiento. No se servían de los recursos de la erudición: usaban de ellos como de su propio patrimonio, interpretándolos con una libertad que incluía fidelidad profunda a su espíritu.
San Pablo evidencia esta vivencia en su segunda carta a los cristianos de Tesalónica: Hermanos, os mandamos en nombre del Señor Jesucristo que os apartéis de todo hermano que viva desordenadamente y no según la tradición que de nosotros recibisteis.
Estar en posesión de la cosa les dispensaba del concepto y la Tradición les pertenecía; y ellos la hacían fructificar y luego la transmitían sin detenerse en más reflexiones sobre ella.
Toda reflexión supone un alto, una separación, un corte. Toda reflexión, al menos al principio, es una especie de planteamiento de una cuestión. Es verdad que a medida que pasan las generaciones, llega un momento en que se hace necesaria. En los sinópticos el Señor invita a reflexionar sobre la tradición y sus aberraciones: « ¿Por qué tus discípulos no viven conforme a la tradición de los antepasados, sino que comen con manos impuras?» Él les dijo: « Bien profetizó Isaías de vosotros, hipócritas, según está escrito: Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí. En vano me rinden culto, ya que enseñan doctrinas que son preceptos de hombres. Dejando el precepto de Dios, os aferráis a la tradición de los hombres. » Les decía también: « ¡Qué bien violáis el mandamiento de Dios, para conservar vuestra tradición! Porque Moisés dijo: Honra a tu padre y a tu madre y: el que maldiga a su padre o a su madre, sea castigado con la muerte. Pero vosotros decís: Si uno dice a su padre o a su madre: “Lo que de podrías recibir como ayuda lo declaro Korbán es decir: ofrenda “, ya no le dejáis hacer nada por su padre y por su madre, anulando así la Palabra de Dios por vuestra tradición que os habéis transmitidoi y hacéis muchas cosas semejantes a éstas (Mc 7,3 y ss.)
He aquí que, a impulso de determinadas circunstancias, la reflexión se impone con una fuerza creciente, y brota de todas partes. Ella se sitúa en el centro mismo de su objeto, desde él domina los caminos que a él conducen, explora sus fundamentos ocultos e indaga sus ramificaciones más lejanas. Haciendo alternativamente el oficio de historiador, de crítico, de filósofo y aun de gramático, la reflexión trabaja febrilmente.
Este fenómeno sucede generalmente cuando todo el patrimonio que era hasta entonces objeto de una posesión tranquila empieza a ser discutido por uno u otro motivo. Surgen dudas sobre su valor: El les respondió: « Y vosotros, ¿por qué traspasáis el mandamiento de Dios por vuestra tradición? (Mt 7,3).
La crítica científica y la religiosa se apoyan mutuamente. Se pregunta si todo este conjunto de creencias y de costumbres es verdaderamente auténtico, o si no se ha entorpecido y corrompido a lo largo de los siglos. ¿No se podrá decir quizá que toda esta herencia es un peso más que una fuerza? ¿No se podrá afirmar que actualmente esta herencia constituye un obstáculo para la vida, que tenía la misión de suscitar y transmitir? Nuestro Señor Trata este tema cuando dice de los escribas y de los fariseos que atan cargas pesadas y las echan a las espaldas de la gente, pero ellos ni con el dedo quieren moverlas.
1.2.- Dar respuesta a todo el que os pida razón de vuestra esperanza
Cuando esto sucede, se hace de todo punto necesario reflexionar sobre aquello de que se vivía. Ha pasado el tiempo de una cierta plenitud ingenua. Hay que volver atrás. Hay que investigar los fundamentos de lo que se ha puesto sobre el tapete. Para hacer, si el caso lo requiere, una criba prudente, o para conservar con conocimiento de causa lo que otros condenan y rechazan, hay que estudiarlo desde un nuevo punto de vista. Con ello se quiere realizar un trabajo de elucidación, de ver claro y darse cuenta.
Por eso, a partir de la Reforma 1, se ha hecho necesario estudiar la Tradición. De ahí vinieron tantos estudios, tantas definiciones; precisiones, distinciones e incluso tantos trabajos de gran mérito. Lo que se ha conseguido es que la doctrina de la tradición se ha mantenido e incluso se ha consolidado.
Gracias a esta renovación reflexiva, ha salido victoriosa de la crisis que, humanamente pensando, hubiera acabado por hacerla desaparecer. Algo parecido sucede en nuestros días por lo que respecta a la Iglesia. La Iglesia se manifiesta con un vigor incomparable ya en los documentos de los primeros siglos por no hacer referencia a la misma Escritura.
Ya desde un principio se echa de ver que ella tiene una conciencia extraordinariamente profunda de su ser.
La idea de la Iglesia aparece por todas partes, e impone su fuerza a las exposiciones de la fe. Pero también es cierto que muy pronto se ha visto en la precisión de reflexionar sobre sí misma. No ha habido ninguna gran herejía que haya tenido que vencer, que no la haya obligado a reflexionar: es que bajo uno u otro aspecto, siempre había algo que estaba amenazado en ella, sea que se tratase de la Trinidad, de la Encarnación o de la Gracia. Todos los misterios que tuvo que ir escrutando le brindaron ocasión para ello; y es que está relacionada y comprometida en todos y en cada uno de ellos.
Pero parece que nunca hubo una circunstancia que obligara a este esfuerzo de explicarse, que es a un tiempo de análisis y de conjunto, a este esfuerzo de comprensión total al que empezamos a asistir2.
En efecto, desde hace algún tiempo se viene hablando mucho de la Iglesia; mucho más que antes y, sobre todo, en un sentido más comprensivo. Todos lo pueden comprobar. Algunos creen incluso que se habla un tanto demasiado y con demasiada desconsideración. Y se preguntan si no sería mejor esforzarse sencillamente, como lo han hecho tantas generaciones, en vivir de ella.
1 A partir de las negaciones protestantes, se viene dando. y con justa razón. a la Tradición un relieve explícito que no se le daba en la antigua teología. Esta sólo hacía mención ordinariamente de la Escritura (aunque también se encuentran en ella textos relativos a la Tradición). Pero siempre era la Escritura leída en la Iglesia, interpretada por los Padres, recibida en la Tradición.
2 La obra Précis de Theologie dogmatique, de Mons. B. Bartmann (trad. M. Gaurier , 1935. T. 11, página 146). dice con un tanto de exageracion: “La Iglesia vivió durante un periodo de quince siglos sin reflexionar sobre su naturaleza y sin tratar de precisarla por una definición lógicas”
1.3.- ¿De dónde viene la luz?
A fuerza de considerarla desde fuera para estudiarla, ¿no se habituará uno en el fondo de sí mismo a separarse de ella? No se corre el peligro, si no de cortar, sí al menos de aflojar los lazos íntimos sin los cuales no se puede ser verdaderamente católico? Tantos alambicamientos tantos problemas sutiles, con toda la agitación intelectual que suponen son acaso compatibles con aquella antigua sencillez y con aquel espíritu de obediencia que han caracterizado siempre a los hijos fieles de la Iglesia?
Por lo demás, añadiríamos de buena gana, la Iglesia no es una realidad de este mundo que se puede medir y analizar como se quiera. «Mientras dura la presente condición, la Iglesia no puede ser conocida con toda perfección, sino que permanece oculta como bajo un velo» Y es que la Iglesia es un misterio de fe. “Como los demás misterios, también ella sobrepasa la capacidad y las fuerzas de nuestra inteligencia”.
Y lo que es más, se puede afirmar que ella viene a ser para nosotros como el lugar donde confluyen todos los misterios. Pero el misterio excluye toda indagación curiosa. Hay que creerlo en la oscuridad. Hay que meditarlo en silencio. Altiora te ne quaesieris.
Basta con recordar, en la antigüedad, las lamentaciones de un San Efrén, las quejas de un San Hilario o de un San Basilio; en la Edad Media, el disgusto de un Guillermo de Saint- Thíerry, los escrúpulos de un Alain de Lille, y más recientemente la indignación de un Pascal.
¡Cuántos otros creyentes se han lamentado de tener que hablar de lo que sería preferible limitarse a adorar! Por fin, ¿no parece que en el caso de la Iglesia hay además un motivo especial para guardar reserva? Como cristianos que somos, nosotros tenemos fe y esperanza; pero esto mismo, ¿no es acaso propio de la Iglesia? ¿Por ventura no es ella, en el sentido más genuino y fundamental de la palabra, como se verá más tarde, la asamblea de los fieles, es decir, de los creyentes? ¿No es ella la reunión de «los que invocan el nombre del Señor» y esperan su retorno? ¿A caso no somos nosotros mismos la Iglesia?
Por eso, si en vez de contemplar el objeto de su fe y de invocar el objeto de su esperanza, uno se vuelve para .contemplarse a sí mismo y hace de su misma persona el objeto de su estudio¿ no habrá que temer que, a causa de esta morosidad y de esta especie de propia complacencia, semejante a la de aquel que quiere escucharse cuando ora, se constituya en pantalla entre su mirada y la realidad en la que cree y espera?
Sobre este narcisismo eclesiástico nos ha hablado el Santo Padre Francisco: la «gran virtud de .la Iglesia» debe ser precisamente la «de no brillar con luz propia», sino reflejar «la luz que viene de su Esposo». Tanto más que «a lo largo de los siglos, cuando la Iqlesia quiso tener luz propia, se equivocó». Lo decfan incluso «los primeros Padres», la Iglesia es «un misterio como el de la luna. La llamaban mysterium lunae: la luna no tiene luz propia; la recibe siempre del sol».
Cierto, especificó el Papa, «es verdad que algunas veces el Señor puede pedir a su Iglesia que tenga, que procure un poco de luz propia», como cuando pidió «a Ja viuda Judit que se quitara las vestiduras de viuda y se pusiera vestidos de fiesta para cumplir una misión». Pero, dijo, «permanece siempre la actitud de la Iglesia hacia su Esposo, hacia el Señor». La Iglesia «recibe la luz de allá, del Señor» y «todos los servicios que realizamos» le sirven a ella para «recibir esa luz». Cuando a un servicio le falta esta luz «no está bien», porque «hace que la Iglesia se haga rica, o poderosa, o que busque el poder, o que se equivoque de camino, como sucedió muchas veces en la historia, y como sucede en nuestra vida cuando queremos tener otra luz, que no es precisamente la del Señor: una luz propia».
No despreciemos el peligro. La obra de la reflexión es siempre delicada. Ella pone en juego un poder temible y la acechan muchas desviaciones. Por cuántos caminos, que al principio pasan desapercibidos, puede introducirse particularmente el veneno del subjetivismo! Lo mismo que en la vida corporal, también en la vida del espíritu, y más aún en la vida de la fe, el peligro acecha por doquiera, pero el hecho de estar prevenido constituye ya de por sí una protección inicial, al paso que si se deja uno sugestionar por él, el peligro se agrava y queda uno paralizado. Huir de todo peligro equivale eludir toda responsabilidad y todo trabajo; es rehusar toda vocación. Equivale ordinariamente, aunque no se reconozca, a declararse vencido de antemano. Y todos los peligros del mundo no pueden dispensarnos de una tarea que se ha hecho necesaria.
1.4.- Fe e historicidad
La historicidad del hombre no es una palabra vana. También existe una historicidad del cristiano. Si la fe, considerada en su esencia, no tiene una historia lo eterno no tiene sucesión – “el fiel y el mundo donde habita tienen la suya”. Tampoco podemos refugiarnos a nuestro antojo, aun sin intenciones negativas, en otra época que no sea la nuestra. No debemos eludir sus problemas, ni sustraernos a sus trabajos, ni rehuir sus combates. Si vivimos en la Iglesia hemos de combatir los afanes de la Iglesia de hoy. Hemos de prestar la adhesión de nuestro entendimiento a la doctrina de la Iglesia, tal como hoy se encuentra elaborada. Aun suponiendo que fuese lícito, sería una gran ilusión el creer que se podría retener en su exacto tenor y en toda su fecundidad la fe de una época anterior, despreciando todo lo que desde entonces se ha ido haciendo más explícito.
San Juan Pablo 11 en su encuentro con los jóvenes en la Basílica de San Pedro, el 8 de noviembre de 1978, recordaba que es necesario pues llegar a la convicción clara y cierta de la verdad de la propia fe cristiana, es decir, en primer lugar de la historicidad y divinidad de Cristo, y de la misión de la Iglesia que El quiso y fundó. Y en su encuentro con la juventud en Turin, el 13 de abril de 1980 afirmaba que la dimensión ultraterrena no dispensa ciertamente del deber de obrar con responsabilidad y originalmente, participando con eficacia y en colaboración con todos los demás hombres, a la edificación de la sociedad, según las concretas exigencias del momento histórico en que le toca vivir. Es éste el sentido cristiano de la “historicidad” del hombre.
Cuando se rechazan las flores y los frutos, la rama en la que uno cree que todavía se apoya es una rama muerta. Porque el tiempo es irreversible. El error mismo y la rebelión, por perfectamente que hayan sido vencidos, imponen en cierta medida un nuevo estilo y otro énfasis tanto a la existencia del hombre fiel como a la expresión de la verdad. La necesidad de presentarles batalla refuerza el movimiento espontáneo de la inteligencia del creyente que tiende siempre a explicarse más y más respecto de la gran iluminación que ha recibido. Y cuando se hace preciso, sabe dar de lado a la timidez.
3 S.S. Francesco: Misa matutina en la capilla de la Domus Sanctae Marthae, Lunes 24 de noviembre de 2014. Es innegable que el progreso que de esta manera se realiza es siempre relativo. No cambia paca nada la sustancia de la fe. Nunca le añade nada. No introduce ningún hallazgo.
Lo que hace es impedir, por medio de una serie de esclarecimientos y de precisiones sucesivas, que la doctrina disminuya o que perezca. Este progreso hace que en virtud de la misma vida que mantiene, se impida que la doctrina se agoste. Proviene o rectifica sus desviaciones. Sólo el que empezara por desconocer aquello mismo a lo que apela, podría considerarlo como una novedad sospechosa. En realidad, contra los impulsos opuestos entre sí que más o menos están siempre en acción él consigue mantener en su plenitud en su integridad y en su autenticidad la verdad que le ha sido confiada a la Iglesia una vez para siempre. El la hace fructificar en el mismo sentido y con la misma validez.