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Mons. Flock: Adviento, tiempo de esperanza

El Obispo auxiliar de la Arquidiócesis de Cochabamba, destacó durante su homilía de este domingo la esperanza que se vive en este tiempo de Adviento, así mismo se refirió a la muerte de Nelson Mandela.

Queridos hermanos,

Hoy la Solemnidad de la Inmaculada Concepción coincide con el Segundo Domingo de Adviento, tiempo de esperanza gozosa por la venida del Señor. Quien habrá vivido la espera del Mesías con mayor alegría y esperanza que la “Llena de Gracia” quien complace a Dios y fue escogido por Él para dar a luz nuestro Salvador.

“¡Alégrate!, llena de gracia!”, le dijo el Arcángel Gabriel. Qué gran diferencia entre este saludo a María, nueva Eva y las palabras de Dios a la primera Eva y a Adán. “¿Dónde estás?”; “¿Cómo hiciste semejante cosa?” Los primeros representantes de la humanidad quedaron avergonzados hasta intentar esconderse de Dios a causa de su pecado. En cambio, a la Virgen Santísima, sin pecado concebida, Dios le dice “Alégrate”. Y aunque el milagro de su vocación como Madre del Señor le provoca cierta incertidumbre, al final de cuentas su respuesta es un “Sí” total, y al desahogarse con su prima Isabel, expresa su profunda alegría: “Proclama mi alma la grandeza del Señor y se alegra mi espíritu en Dios, mi Salvador.”

“Canten al Señor un Cántico Nuevo porque Él hizo maravillas” dice hoy nuestro Salmo. El Magnificat de María es este “cántico nuevo”, no tanto por seruna composición inédita en su momento, sino porque expresa algo realmente nuevo; aquello que fue profetizado en el Salmo 97: “El Señor manifestó su victoria, reveló su justicia a los ojos de las naciones: se acordó de su amor y su fidelidad en favor del pueblo de Israel.” Esta victoria, esta justicia, este amor y fidelidad de Dios, son manifiestos en la perfección de María.  Ella canta la victoria del Señor con la novedad de un alma“llena de gracia”, y en su propia fidelidad y entrega como la Servidora del Señor” se hace instrumento y partícipe de esta victoria a que nos invita todos.

El cántico de María, revela dos dimensiones de aquella victoria que motiva la alegría. La primera es consecuencia de la Inmaculada Concepción de María. Ella proclama la grandeza del Señor desde un alma que no está disminuido por el pecado. La alegría de su Espíritu no está obstaculizada por ninguna de las complicaciones que sufren los pecadores. Ella es “llena de gracia”, y por eso experimenta y percibe la cercanía, la bondad y el poder de Dios en su propio ser. Por eso dice también: “El Todopoderoso ha hecho obras grandes por mi.”

Pero María no solamente celebra su propia gracia. También se alegra por la acción de Dios a favor de su pueblo. El Señor que miró la humillación de su esclava, también hace proezas por los descendientes de Abraham, especialmente los humildes y hambrientos a quienes levanta y colma de bienes, acabando con la soberbia y la injusticia de ricos y poderosos.

Aunque nosotros no gozamos del privilegio de María, “sin pecado concebida”, gozamos poco a poco de la manifestación de la victoria de Dios sobre todas las fuerzas de mal, y esperamos algún día participar de ella plenamente. Por eso, cantamos anticipadamente el Cántico Nuevo, alegres por la perfección de María, y alentados en nuestro propio compromiso como servidores del Señor y su Reino.

Estos días, el mundo entero mira con asombro a una persona de nuestro tiempo, cuya extraordinaria vida es una manifestación de esta victoria. Me refiero a Nelson Mandela, que lideró la lucha contra el Apartheid en Sud África. En su juventud, el no proclamó la grandeza del Señor, como María, sino la decisión de promover una lucha armada y sangrienta a favor de los negros brutalmente oprimidos en su país. Milagrosamente, después de 27 años de prisión, en duras condiciones, renunció a la violencia, pero no a la lucha. Su presidencia y liderazgo, al ser derribado del trono el reino soberbio de los blancos y enaltecido los humildes de su raza negra, fue caracterizada por la búsqueda de reconciliación y la consolidación de la democracia. Es una lección que necesitamos aprender para Bolivia y en el mundo entero.

Cantemos al Señor un Cántico Nuevo. Aclame al Señor toda la tierra. Que sea el cántico de quienes gozamos de un corazón nuevo y de un alma purificada. Que sea el cántico de quienes confiamos en la fidelidad, el amor y el poder de Dios para trasformar la humanidad. Que sea el cántico de quienes tenemos hambre y sed de justicia, pero no de venganza y sangre. Cantemos este cántico desde nuestro con fín de la tierra, desde esta querida Bolivia, donde nuestra devoción a la Virgen María Santísima nace de haber contemplado el triunfo de nuestro Dios en la ternura y en la fe, de la Mamita, “llena de gracia” que sabe que nada es imposible para Dios.