La Paz

Mons. Eugenio Scarpellini: “Somos tierra buena para el anuncio del Evangelio”

Mons. Eugenio Scarpellini, Obispo de la Diócesis de El Alto, este domingo 13 de julio pidio a los fieles congregados en la Basílica San Francisco de la ciudad de La Paz “¡abrir los ojos para ver a Jesús, el Señor de la vida!

HOMILIA DOMINGO XV DEL TIEMPO DURANTE EL AÑO

Escuchar y sembrar palabras buenas.

 

Queridos hermanos y hermanas,
La liturgia de hoy pone el acento fuerte sobre la Palabra de Dios. 
La primera lectura pone de relievo la “eficacia” de la Palabra de Dios. Como la lluvia y la nieve bajan desde el cielo y no retornan allí sin empapar la tierra y dar fruto… así es de la Palabra de Dios: una vez pronunciada y revelada, cumple y realiza lo que anuncia. Como la lluvia penetra la tierra, así la Palabra de Dios penetra las profundidades del corazón, revela los sentimientos y pensamientos y nos mueve a cumplir lo que escuchamos. La Palabra de Dios tiene en si misma una fuerza transformadora.
El Evangelio va un poco más allá. La Palabra de Dios es siempre eficaz, porque es de Dios y es la verdad de Dios, es Dios. Pero, el hombre puede resistirle con su corazón corrompido y orgulloso, con su libertad mal entendida, y hacerla infructuosa. ¡Nosotros hacemos que la Palabra de Dios no dé frutos, sino que se seque o se ahogue!
Es el gran misterio que existe entre la sobreabundante gracia de Dios que nos ama hasta dar su vida en Jesús y la cerrazón de nuestro corazón atrapado por las cosas y tentaciones de este mundo.
La parábola del sembrador termina con una afirmación fuerte de Jesús: “El que tenga oídos, que oiga”. ¿Qué significa: oír a Dios?”
Y los discípulos lo interrogan: “¿Por qué hablas en parábolas y no directamente?”
La respuesta de Jesús es más cuestionadora todavía: “A ustedes les hablo directamente y les revelos los misterios del cielo. Pero a ellos, no. Porque a los que tienen se les dará más y a los que no tienen, se les quitará aún lo poco que tienen”. Desconcertante: puedo, con la imaginación, ver los ojos abiertos y perplejos de los discípulos…
El mismo Jesús, retomando las palabras del profeta Isaías nos aclara todo eso: “En ellos se cumple aquella profecía de Isaías: ‘Oirán una y otra vez y no entenderán; mirarán y volverán a mirar, pero no verán; porque este pueblo ha endurecido su corazón, ha cerrado sus ojos y tapado sus oídos… porque no quieren convertirse ni que Yo los salve.’”
La gran diferencia entre los fariseos escépticos y los seguidores de Jesús es “ser discípulos”. El discípulo sabe que las palabras del Maestro son para que cambien de vida, abandonen el camino de pecado, sigan sus ejemplos y caminen en la verdad. 
El discípulo quiere convertirse. El discípulo es quien reconoce en Jesús “el camino, la verdad y la vida” y junto a Pedro reafirma su fe en Jesús: “Señor, ¿adónde quieres que vayamos? Tu solo tienes palabras de vida eterna”.
Esta situación se repite constantemente el día de hoy en cada uno de nosotros. 
Muchas veces nos encontramos confundidos por los atractivos del mundo, estamos “atrapados” por la seguridad y la felicidad efímeras que el mundo nos propone; el mundo, de manera astuta, nos convence que bastamos a nosotros mismos, que solos podemos construirnos nuestra felicidad y que por lo tanto no hay nada que cambiar, nada de que convertirnos. El mundo, muchas veces, nos quiere hacer vivir como si Dios no existiera, como si no necesitáramos ser salvados.
Otros pensamos que somos buenas personas, que no hacemos nada malo; entonces ya tenemos comprada por derecho nuestra salvación; pensamos que tenemos suficientes méritos como para entrar al cielo el día en que el Señor nos llame. No estamos conscientes que la salvación es don de Dios y se fundamenta en la fe en Él: “por la fe serán salvados”. Probablemente no hemos tomado suficientemente conciencia de nuestra naturaleza humana con sus límites y pecados. Es la actitud del fariseo que, en el templo, se alaba orgullosamente a sí mismo, le recuerda a Dios lo cumplido que es; pero sale con todos sus pecados. 
Volvamos ahora a nuestra parábola, o mejor a la explicación que Jesús da de ella a sus discípulos. 
El Señor nos dice que debemos ser “tierra buena” para recibirlo a Él. La invitación importante en esta parábola es considerar cuáles son nuestras actitudes, nuestros criterios, nuestras maneras de ver las cosas. Jesucristo es el Sembrador que siembra su Palabra, siembra su Gracia, siembra su Amor. Y nosotros ¿qué terreno somos para la siembra de la Palabra del Señor?
¿Somos como los del camino seco que no la entienden porque dejan que “llegue el diablo y le arrebata lo sembrado en el corazón”?
¿Somos, otras veces los “pedregosos o poco constantes”, que se entusiasman rápidamente pero enseguida ponen obstáculos o dudas que hacen que la semilla del Señor no pueda echar raíces, y entonces se seca y no puede nunca dar frutos?
O más bien, ¿somos de los “espinosos”, que oyen la palabra, pero la ahogan con las preocupaciones de la vida, con la importancia excesiva que le dan a lo material, con el atractivo que tienen hacia lo mundano? Si así somos, ahogamos la Palabra de Dios y no hay fruto alguno. 
Según la “homilía” del Señor, si somos así, somos de los que, aún teniendo ojos, no ven, y aún teniendo oídos, no oyen, y aún teniendo inteligencia, no comprenden.
Queridos hermanos, ¡abramos nuestros ojos para ver a Jesús, el Señor de nuestra vida! ¡Abramos los oídos de nuestro corazón para escuchar al maestro, entender su palabra, convertirnos a Él y ser salvados por Él. Entonces seremos terreno fértil para dar los frutos del Reino: solidaridad, justicia, fraternidad y paz. Así el Señor podrá decirnos como a sus discípulos: “Dichosos ustedes, porque sus ojos ven y sus oídos oyen”.
Es lo que estamos reflexionando en el XI Encuentro Nacional de Comunidades Eclesiales de Base, en la Diócesis de El Alto: “Por la fe, las CEBs al servicio de la Paz y la Justicia”. Cada discípulo, viviendo en comunidad, ha recibido la tarea de llevar adelante la misión de Jesús; es un evangelizador, que significa anunciar a Jesús, el viviente, el Dios de la vida, el Señor de la historia; todo eso implica al mismo tiempo la atención, la promoción de la dignidad de cada hermano y de las estructuras para que sean aptas a construir la paz, fruto de la justicia y de la solidaridad. En resumen es vivir el Amor a Dios y el amor a los hermanos.
Pero, ahora, quiero darle la vuelta, brevemente, a nuestra reflexión. También nosotros estamos llamados, no solo a ser terreno fértil, sino sembradores de la Palabra de Dios con nuestras palabras, a ser portadores de la verdad. Tenemos una responsabilidad grande frente a nuestros hermanos. La Biblia en el libro de los Proverbios nos dice: “La ansiedad en el corazón del hombre lo deprime, mas la buena palabra lo alegra. Las palabras del justo son guía para su prójimo, pero el camino, las palabras de los impíos los extravía” (Proverbios 12, 25-26).
Cuando hablamos con nuestros hermanos, cuando reflexionamos en familia, organizaciones sociales o políticas, ¿nuestras palabras son sabias, tienen apego a la verdad? O en cambio, ¿son palabras engañosas, interesadas, dichas con mentira?
Estamos entrando en la contienda electoral: permítanme una invitación a los que serán protagonistas de la misma. Nuestra gente no se merece palabrerías, promesas vacías, propuestas manipuladoras. O peor, una campaña votada a los insultos y desprestigios mutuos. Nuestro país se merece proyectos viables, palabras esperanzadoras, pero fundadas en la verdad, altura y respeto. En un país democrático se respeta al adversario, pero de manera especial se respeta al pueblo, a su dignidad, a su inteligencia y madurez, a su situación, a sus esperanzas en un futuro mejor, más justo, más en paz.
En estos días en los que recordamos a la Virgen del Carmen, pidamos a su Hijo Jesús que podamos seguir su ejemplo: escuchar y meditar en el silencio del corazón las palabras del Señor, ser fieles a Él en el camino de la conversión, ser firmes como ella en las adversidades y así dar frutos abundantes: ser discípulos misioneros de Jesús en el mundo de hoy y constructores con Él del Reino del Padre.