Oruro

Mons. Bialasik: Busquemos la reconciliación de nuestro pueblo, que quiere vivir en paz, salud y unidad

Este domingo, 20 de junio, desde la Basílica Menor de San Francisco en la Jornada Mundial del Refugiado, Mons. Cristóbal Bialasik, obispo presidente de Pastoral Social Cáritas Bolivia, exhortó buscar la reconciliación entre bolivianos, reflexionar sobre las injusticias que generan exclusión, en particular sobre los privilegios de unos pocos “ya basta de sufrimientos. Busquemos la reconciliación de nuestro pueblo, que quiere vivir en paz, salud y unidad, quiere construir su futuro lleno de esperanza”, señaló e igualmente alentó a los bolivianos a vivir como una familia unida, comprometida con el Señor y al servicio de los más necesitados.

 

Homilía completa de Mons. Cristóbal Bialasik

Jornada Mundial del Refugiado

El Evangelio de hoy nos presenta la historia de los apóstoles junto con Jesús iban nadando en un barco a otro lado del lago. Mientras se desato un fuerte viento, tormenta y olas de agua que se estrellaban contra el barco y lo iban llenando de agua. Ahí se asustaron los discipulos del Señor y de susto despertaron a Jesús, porque el barco se hundía.

Este acontecimiento refleja muchas veces la historia y el presente de nuestra Iglesia universal y de nuestra Patria Bolivia. En la historia y particularmente en los últimos días, la misma recibe las olas de ataque, golpes, tempestades. Algunos piensan dividirla diciendo que uno es de San Pablo, otro de San Pedro, otro de Juan, otro de Lucas, todos somos uno, una sola Iglesia y tenemos que así permanecer siempre, pues el Señor ha fundado una sola Iglesia y muchas personas han olvidado, que la Iglesia es el pueblo unido a los obispos y los sacerdotes, y todos juntos unidos con el Santo Padre. Todos somos del pueblo, para servir al pueblo. La Iglesia sigue navegando, navegando con Cristo en el barco. Llegará el momento que el mismo Señor decidirá cuándo tranquilizará la tormenta y llegará el momento de paz, reconciliación y respeto mutuo. Ojalá que se terminen de una sola vez intentos de divisionismo. La Iglesia de Cristo es una y Bolivia es una y tienen que vivir unidas en verdad y solidaridad. Así tiene que prevalecer. Ya basta de sufrimientos. Busquemos la reconciliación de nuestro pueblo, que quiere vivir en paz, salud y unidad, quiere construir su futuro lleno de esperanza.

Cuando nos va bien, sin problemas, sin tempestades, muchas veces, ni nos acordamos de Dios. Pero cuando la travesía se hace difícil y vienen las olas turbulentas, pensamos que Jesús está dormido en la popa y no le importa la situación nuestra. Así como lo han hecho los discípulos, igual hoy nosotros de rodillas, orando tenemos que despertar al Señor y decirle: “Maestro no te importa que nos ahoguemos?”  Todo depende de nuestra Fe, de nuestra oración “Sabemos reclamar, pero no sabemos pedir con humildad al Señor. Buscamos nuestra voluntad, nuestros egoísmo y hasta complacer nuestra soberbia, pero no sabemos buscar y encontrar la Voluntad del Señor. El Señor siempre y una vez más nos dice: “Ámense así como Yo les he amado” Pues Jesús no ha venido para que le sirvan, sino para servir y dar vida en rescate por todos. Este camino del Señor debemos emprender todos y principalmente los cristianos todos los días y particularmente deben hacerlo nuestras autoridades porque ellos deben servir al pueblo y no servirse de él.

En el pasaje del Evangelio de hoy día, Cristo muestra una vez más el poder de su divinidad con una simple orden divina, el viento calla, la tempestad cesa y sobreviene el calma. Acaso no pedimos pedir nosotros hoy día al Señor para que tranquilice el viento de divisionismo y termine con toda clase de pandemias, por supuesto que sí podemos hacerlo, pidiendo al Señor perdón y misericordia, lamentablemente algunas autoridades consideran que el virus ataca solamente los domingos, cuando el pueblo debe acudir a la santa misa y pedir a Dios paz y unidad, salud para todos. ¿Acaso durante la semana en los mercados, ferias, transporte, en el trabajo no hay coronavirus? en otros momentos de semana el virus está encarcelado o dormido. Pues ya es tiempo de ponernos de rodillas delante del Señor en los templos y pedir, así como lo  han hecho los discípulos: Maestro necesitamos tu ayuda, necesitamos que calmes la tempestad de los vientos, que alejes de nosotros decisiones ilógicas, insultos, desconfianza, peleas, la pandemia de coronavirus, tantas otras pandemias que atacan a nuestra vida interior y exterior. Finalmente comencemos vivir como una familia debe vivir una familia boliviana unida, comprometida con el Señor, sana del cuerpo y alma.

Jesús dirige a sus apóstoles un reclamo y hoy nos reclama a nosotros: “Aún ¿no tienen fe?, por qué tienen tanto miedo, no se dan cuenta quién soy, solo Dios puede dar órdenes al viento, a las olas de las tempestades”. Ningún poder humano puede hacerlo.

En las dos primeras lecturas que acabamos de escuchar somos testigos de la omnipotencia divina. En la primera lectura del Job, Dios se muestra como dueño de la creación, como el Señor del mar al que le puso límites y dice así: “Hasta aquí llegarás, no más allá, aquí se romperá la arrogancia de tus olas” aquí termina la cita, sin duda Dios también a todos pondrá y a cada uno de nosotros pondrá límites.

Como cristianos debemos tener plena confianza en lo que Dios tenga dispuesto para nuestras vidas, tempestades o calma, alegría o sufrimiento, unidad o separatismo. Pero tenemos que estar conscientes que todo lo que Dios disponga, sabemos es para nuestro mayor bien, nuestra salvación eterna. Así confiados en Dios tenemos que estar serenos en la tempestades, en las alegrías, en los sufrimientos.

Viviendo así, creyendo así, actuando así estaremos cumpliendo con lo que Dios dice, qué es lo que nos dice san Pablo en la segunda lectura a los corintios. Y dice así: “El que vive en Cristo es una criatura nueva, para él todo lo viejo ha pasado, ya todo es nuevo”. “Vivir en Cristo” es ser “criaturas nuevas” que andan con plena confianza en Dios, sólo él sabe lo que nos conviene.

Tenemos que reconocer qué débil todavía es nuestra fe. Débil, como la de los Apóstoles en el momento de tempestad, Nos olvidamos que Dios está siempre con nosotros, está al mando de la situación. El guía nuestra barca en medio de las tormentas y tornados, en una presencia escondida y silenciosa, como la del Maestro dormido en la barca. No hace falta que haga milagros, aunque estemos en medio de una tempestad. No tenemos derecho a reclamarle milagros! El gran milagro es que Él nos lleva sin ruido, en silencio, a escondidas a través de olas turbulentas. Pero también está presente cuando todo parece tranquilo, cuando parece que no tuviéramos necesidad de ello. Dios siempre está pendiente de nosotros, en todo momento, en todas las circunstancias de nuestra vida. El Señor sostiene a todos, particularmente sostiene a los que sufren la pandemia, soledad y abandono, pero también tantos que sufren la pobreza en su país. La pobreza y muchas veces la miseria, les obliga a emigrar en búsqueda del pan de cada día.

Hoy al celebrar la Jornada de los migrantes – refugiados, queremos pedir a toda la sociedad, hermanos y hermanas bolivianas y bolivianas, para que ayuden a estos migrantes, para que todas las instituciones religiosas y benéficas, a todas las autoridades políticas y sociales, a toda la sociedad a tomar atención y escuchar el clamor de estos grupos que por las dictaduras políticas que llevan al pueblo a la miseria, tienen que dejar su casa, su tierra, su familia, su patria, su cultura, su hogar y buscar el pan, pan de cada día, en otro país. Esto es una turbulencia hoy en día, por eso debemos prestar especial atención a los forasteros, a los huérfanos y a todos los que son descartados en nuestros días.

El Señor no pide que pongamos en práctica la caridad hacia ellos, nos pide que restauremos su humanidad, sin excluir a nadie, sin dejar a nadie afuera. El Señor nos pide que reflexionemos sobre las injusticias que generan exclusión, en particular sobre los privilegios de unos pocos. El mundo actual es cada día más elitista y cruel con los excluidos. Esta es la verdad que causa el dolor. Los países en vías de desarrollo siguen agotando sus mejores recursos naturales y humanos en beneficio de unos pocos mercados privilegiados. Las guerras, soberbia política, las ideologías materialistas afectan al mundo. La fabricación de armas, narcotráfico, falta de respeto a la familia, a la dignidad humana, maltrato e insensibilidad frente a los migrantes y refugiados, tráfico de órganos, feminicidio, el genocidio de los niños por nacer, es un permanente grito al cielo. Quienes padecen las consecuencias de tantas injusticias son siempre los pequeños, los pobres, los más vulnerables, a quienes se les impide sentarse la mesa y se les deja sólo las “migajas” del banquete”.

Como cristianos no podemos permanecer indiferentes ante el drama de las viejas y nuevas pobrezas, de las soledades más oscuras, del desprecio y de la discriminación de quienes no pertenecen a nuestro grupo. No podemos permanecer insensibles con el corazón anestesiado, ante la miseria de tantas personas inocentes. No podemos dejar de reaccionar. Si queremos ser hombres y mujeres de Dios, como le pide san Pablo a Timoteo, debemos guardar “el mandamiento del amor sin mancha, ni reproche hasta la manifestación de nuestro Señor Jesucristo” (Tm 6.14) y el mandamiento es “amar a Dios y amar al prójimo” No podemos separarlos. Amar al prójimo como a uno mismo significa también comprometerse seriamente en la construcción de un mundo más justo, donde todos puedan acceder a los bienes de la tierra, donde todos tengan la posibilidad de realizarse como personas y como familia, donde los derechos fundamentales estén garantizados para todos.

Amar al prójimo significa sentir compasión por el sufrimiento de los hermanos y hermanas, acercarse, tocar sus llagas, compartir sus historias, para manifestarles concretamente la ternura que Dios les tiene. Significa hacerse prójimo de todos los peregrinos apaleados y abandonados en los caminos del mundo y de nuestra patria, para heridas y llevarlos al lugar de acogida más cercano, don se les atender en sus necesidades.

Este santo mandamiento, hermanas y hermanos, Dios se lo dio a su pueblo, y lo selló con la sangre de su Hijo Jesús, para que sea fuente de bendición para toda la humanidad. Porque todos juntos podemos comprometernos en la edificación de la familia humana según el plan original, revelado en Jesucristo: todos somos hermanos hijos del único Dios Padre.

Hoy tenemos también necesidad de una madre, y encomendamos hoy al amor maternal de María, Nuestra Señora del Camino, Nuestra Señora de los muchos caminos dolorosos, encomendamos a los migrantes y refugiados, junto con los habitantes de las periferias del mundo entero.

No se puede excluir a nadie. Por eso, Cáritas Nacional junto con Cáritas diocesanas, apoyado con distintas instituciones y organizaciones mundiales y religiosas ayudan a todos aquellos que hoy no tienen techo ni hogar, a los que buscan este techo en otras naciones. En relación con las migrantes y los migrantes. Ahí está en juego la misión de todos nosotros, que respondiendo al llamado de Cristo, debemos acoger, proteger, promover e integrar a los migrantes y refugiados en su totalidad.

Que la Virgen María, junto a su esposo San José y nuestro Señor Jesucristo que fueron migrantes y refugiados en Egipto, por la culpa del tirano rey Herodes, ayude a nuestros refugiados, migrantes a encontrar hogar, el techo, pan de cada día y el trabajo justo en su vida.

Que Dios pague a todos que están trabajando en nuestras fronteras, las hermanas religiosas, a todos por dar la mano a los migrantes y refugiados, que Dios les pague, que les pague a todos ustedes que con tanto cariño y respeto siempre comparten su pobreza con los más pobres. Que dios les acompañe a todos y que se cumpla la voluntad del Señor en nuestra vida. Que así sea. Amen.