Análisis

Miguel Manzanera SJ.,: Cristo Rey del Universo

Tradicionalmente muchos cristianos católicos celebramos el último domingo del año litúrgico con la mirada puesta en el Señor como Rey que vendrá con gloria y majestad para juzgar a vivos y muertos premiando a los buenos y castigando a los malos (Mt 25, 31-46). Esta imagen del Rey triunfante se hará plena realidad al final de los tiempos cuando los seres humanos seamos juzgados por nuestras obras.

Ya en la historia de la humanidad grupos cristianos han tratado de establecer ese reinado como un reinado político. Durante varios siglos en parte de Europa se impuso el “Sacro Imperio Romano” (1273-1806). Utilizando instrumentos coercitivos jurídicos e incluso físicos se llegó a imponer la fe, obligando a las personas a convertirse al cristianismo. Esto originó una aversión a la Iglesia Católica que todavía persiste en algunos países.

El Concilio Vaticano II, que concluyó en 1965, contribuyó a una notable purificación de la fe para que se quiera imponer a las personas en contra de su voluntad. La libertad religiosa no debe ser anulada ni tampoco coaccionada por ninguna circunstancia. Por eso hoy en día la Iglesia Católica proclama que la verdadera evangelización tiene que respetar la libertad personal en materia de conciencia y de religión.

La fe cristiana no debe imponerse como una obligación jurídica de practicar normas cristianas, sancionando con penas pecuniarias o carcelarias a los transgresores. Por ello hay que promover una correcta catequesis que ayude a corregir ideas erróneas.

Por el contrario hay también cristianos que pretenden modificar el contenido de la fe en las circunstancias actuales. En concreto no se debería hablar de Cristo Rey, ya que la monarquía como tipo de gobierno está perdiendo aceptación popular como contrario a la democracia.

La posición de Jesús en el Evangelio fue resumida por Él mismo en estos términos: “Dar al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios” (Marcos 12,13-17). Recordemos también que el Evangelio de Juan narra cómo Pilato, Gobernador romano de Judea,  para condenar a la muerte a Jesús le inculpó de querer ser el rey de los judíos. A lo cual Jesús respondió: “Tú dices que soy rey…, pero mi reino no es de aquí” (Jn 18,36). Así Jesús reafirmó que su realeza en esta tierra no era política, sino únicamente espiritual, aunque se hará efectiva y plena al final de los tiempos.

Comprendiendo que Jesús no pretendía ser gobernador político, Pilato quiso mover al pueblo a compasión. Por ello mandó que azotaran brutalmente a Jesús y que lo escarnecieran. Incluso ordenó incrustar en la cabeza de Jesús una corona punzante de espinas, poniéndole un manto de púrpura, como si fuera un rey. Pero los sumos sacerdotes y sus seguidores, lejos de conmoverse, clamaban “¡Crucifícale, crucifícale!”.

Cobardemente Pilato cedió ante la presión de las autoridades judías y lavándose las manos, entregó a Jesús para que lo crucificaran, poniendo un letrero en lo alto de la cruz una tablilla con la inscripción en hebreo, griego y latín “Jesús Nazareno, Rey de los judíos”, como explicación de su condenación a muerte.

La cruz, instrumento cruel de muerte, muestra el poder del diablo que quiso impedir que Jesús fuese aclamado como rey espiritual. Por eso hay ideologías que no solamente rechazan la fe cristiana sino que abiertamente persiguen a los cristianos, reproduciendo así la condena de Jesús. Lamentablemente esta persecución a los cristianos se ha recrudecido en las últimas décadas en varios países. Rechacemos las ideologías comunistas marxistas o anticristianas.

Trabajemos por la implantación de un estado verdaderamente democrático que respete los tres clásicos poderes políticos: legislativo, ejecutivo y judicial. Rechacemos toda dictadura contraria a la vigencia de los auténticos derechos humanos, tal como fueron promulgados por la Organización de las Naciones Unidas en la Declaración Universal de los Derechos Humanos en 1948.

Los seguidores de Jesús, utilizando medios culturales pacíficos y democráticos, esforcémonos en promover obras de caridad y solidaridad, predicando el reinado espiritual de Jesús a las personas que lo aceptan y quieren ser guiadas por el Espíritu de Verdad y de Bondad. Resistamos al espíritu de la mentira y de la maldad que pretende dominar el mundo. Elevemos nuestro espíritu y, tal como han hecho muchos mártires, proclamemos: “¡Viva Cristo Rey!”.