Análisis

Miedo al síndrome del Gatopardo

En la Biblia, una generación son cuarenta años. Y casi una generación, treinta y cinco años, han gobernado la vieja nave de Pedro, los papas Wojtyla y Ratzinger, las dos caras de una misma moneda: dos pontificados marcados por la afinidad. Polonia y Alemania se unía en Roma. Ratzinger ponía palabras a lo que pensaba Wojtyla. Uno era el estratega, el otro el pensador. Uno era el pastor y el otro el profesor. Mientras Wojtyla hacía del mundo una parroquia al estilo polaco, temerosa del comunismo, el otro se quedaba en el aula bávara para fijar la doctrina, amenazada por el relativismo que iba creciendo en Europa.

Ambos, ocupados en su cruzada laicista y anticomunista, dejaron en la sala de máquinas a una Curia que levantó los vientos que ahora han desatado las tempestades con asuntos poco apropiados para una institución como la Iglesia: el Vatileaks ha sido el botón de muestra de un desgobierno que ha puesto contra las cuerdas a la Iglesia, que ya venía sufriendo en estos últimos años el escandalo de la pederastia, ante la que Benedicto XVI declaró la guerra sin cuartel, temeroso de una sangría en las filas de católicos.

Casi cuarenta años en los que el polaco trazó una geopolítica mundial, marcada por el muro de Berlín que él ayudó a derrumbar y el otro una doctrina fuerte y clara para evitar fugas de gas del “laicismo agresivo”. Un tándem perfecto para acoplar la reforma del Vaticano II, acabando con lo que ellos consideraron errores y cuidando que la viña no fuera devastada por los jabalíes y alimañas laicistas ni la falta de autenticidad diera vinagre en lugar de vino. Desde mediados de 1985, el tándem se hizo más fuerte. El Jubileo del Año 2000 y el Sínodo de la Nueva Evangelización han trazado la senda por lo la Iglesia entrará en el nuevo mileno.

Si lo han logrado o no es un juicio que quedará a la Historia. Benedicto XVI fue arreglando los flecos que Juan Pablo II dejó sueltos en sus 27 años. Con Ratzinger retirado, en un gesto insólito, la Iglesia entra en una nueva etapa, que será distinta, pero no sabemos aún cómo ni en qué. Wojtyla era el “papa de los gestos” y Ratzinger “el papa de las palabras”. A uno iban a verlo y a otro a escucharlo: Sin embargo, un solo gesto del papa bávaro pasará a la historia con más fuerza que todas las palabras del papa polaco. Ahora queda abrir esa nueva época en la que el mapa ya no es el territorio.

La fuerza numérica de la Iglesia está en América. Brasil, México y los Estados Unidos llevan al cónclave la fuerza de los números. Estas son las divisiones del Papa habría que responderle a la pregunta de Stalin cuando preguntó por ellas. Y están en los viejos países latinos, en donde la Iglesia trabajó codo con codo en el pueblo, y en la muy revolucionaria México y en la protestante Estados Unidos. La vieja Europa se vacía. Los templos se cierran la asistencia a misa decrece y un sentimiento de laicismo se expande. A Ratzinger le interesaba mas que nada Europa. Ha sido un papa eurocéntrico, convencido de que en esta selecta minoría estaba la solución. Pero ahora se busca un papa nuevo y distinto que sepa afrontar con energía el gobierno de la iglesia que ambos habían dejado en manos de curiales diplomáticos.

Se espera un papa alejado de estos escándalos, pero un papa que también traiga aires nuevos, los aires de las jóvenes iglesias, que sepan limpiar la iglesia del mal de la pederastia rompiendo con la cultura del silencio, que sepa dialogar con los no creyentes, cambiando el lenguaje condenatorio europeo por otro más propositivo; un papa que ayude a la unidad de la Iglesia, rota no solo por fuera, sino también por dentro, con muchos grupos que han producido una fuete fragmentación interna que amenazan con un cisma en Austria, Alemania, Estados Unidos y en el sur de América; un papa que no se eche en los brazos de los nuevos ejércitos perfectamente alineados, como son el Opus Dei, el Camino Neocatecumenal, Comunión y Liberación.

Un papa que valore la labor de tantos cristianos, sacerdotes y religiosas en la geografía de la pobreza y tenga gestos efectivos con ellos. Un papa que no se niegue a abordar los grandes temas de la moral sexual, de la ecología, de la vida interna de los clérigos. Un papa que, al menos, sepa estar a la altura de este mundo globalizador. Buscar un papa de la Curia es volver a repetir el Síndrome del Gatopardo de Lampedusa. Es peligroso que solo el cambio sea cosmético. Hace falta un cambio más radical. La Iglesia se juega mucha credibilidad.