Análisis

Maritza Romero Pallares: “Un escape frustrado”

Insignia ISCE
En cada oportunidad que me da el Señor, cuando conozco nuevas personas que me ayudan a caminar, sé que son una gran bendición que recibo de Dios. Porque estoy segura de que, cuando Él se propone algo, no somos nadie para decir o hacer lo contrario”

¡Hola, amigos!, es una alegría poder encontrarme con todos ustedes…

Cuando escucho a un corazón inquieto y veo cómo suceden los llamados del Señor, suenan las preguntas, una y otra a la vez, como el cantar de la lluvia: ¿se siente algo raro?, ¿un sueño grande?, ¿una caída del caballo, como le sucedió a San Pablo? o ¿una gran señal milagrosa? Esas y muchas otras preguntas surgen cuando te acercas a hablar con los jóvenes y es una alegría poder compartir este llamado silencioso que nos hace Jesucristo.

Cuando escuché un día: “¡Campamento Vocacional!”, me llamó la atención y para saber qué era me puse en lista. Tenía tiempo porque acababa de egresar de la universidad, aunque era una chica súper tímida… ¡Ah!, y lo sigo siendo, pero no tanto. Al transcurrir los días, encontré mucho más que un campamento. Encontré un apelativo muy grande que no me dejó dormir. Una invitación a seguir a Cristo. Creo que ya me lo había propuesto antes, pero -me parece- esto era mucho más serio.

Así que con mi timidez me puse a transar con Nuestro Señor una prueba. Atrevida y tímida, le dije: “Si de verdad quieres que vaya donde me mandes, dame una señal -haz que llueva esta noche- y con esto sabré que todo lo que busco es contigo”. Esperé, esperé ansiosa y alegre la lluvia en la noche. Pero no llovió.

Ya podían ponerse contentos ustedes si yo dijera: “¡Uf!, qué bien, no era conmigo nada”, o decir: “¡Hurra!, me salvé”. Pero no fue así. Permanecí desconsolada y peor que antes. Terminé esos días disfrutando de todo lo que estaba programado. Todo quedó en eso. ¡Qué disgusto!

Sin embargo, me alegró la hermosa experiencia de conocer nuevas personas, interesantes amigos y algo más que me dejó inquieta.

¡Ah!, me olvidaba… Con la ayuda de mi ángel -que me sigue guiando hasta ahora- un sacerdote que asegura tener un buen “ojo clínico”, me mostró a una “señorita”. Me extrañó que la llamara así porque era ya mayor y me animó a hablar con ella. Yo no entendía por qué, pero lo hice.

Al regresar todos a Camiri, lugar donde residía, la vida siguió como en todas partes. Un día, dando mis vueltas por el Mercado Central, y cuando me disponía a irme a casa, encontré a una señora amiga y nos pusimos a conversar. En ese preciso momento, que serían escasos 5 segundos, veo a la señorita que conocí días antes y me saluda desde un taxi que la llevaba a su casa. Admiré su valentía porque se bajó del taxi para invitarme a un refresco que a media tarde cayó muy oportuno. Con el calor del Chaco, ¡imagínense!

Al intentar esquivarla con mis argumentos: “Ya es tarde, tengo que irme” -le dije-, no resultó mi excusa. Así que, ante su insistencia, fui. El lugar: su casa, que estaba a dos cuadras.

Ese “fui” me costó caro. Siempre lo digo en son de broma porque cuando llegué a su casa, además del refresco, pude disfrutar de unas exquisitas uvas que cosechamos en ese momento. Y lo más importante: su invitación para ir a Sucre. Allí conocería más personas, visitaría la ciudad… En otras palabras, me ¡lavó el cerebro! Pero como ya dije: “¡no!”, quería seguir sosteniendo mi teoría, es decir, yo seguía huyendo:

“No tengo permiso”.

“No importa, yo lo pido” -me dijo-.

“No tengo dinero”.

“¡Ah!, yo puedo buscar ayuda para pagar el pasaje” -me insistió-.

Como no tenía escapatoria, al final acepté.

Fui a Sucre. ¡Y en Sucre me quedé! (Otro día continuaré el relato de lo que viví allí).

Han pasado veintidós años, desde aquel precioso momento. Siempre recuerdo mi querer escapar. Y era del Señor de quien estaba escapando, no de las personas. A partir de ese momento puedo decir que descubrí el gran regalo que el Señor se brindó darme: el misterio de la Vocación.

Es cierto que no llovió ese día, ni los demás días. Pero cuando la descubrí, no quise dejar pasar esta gran oportunidad.

Este fue el primer y el más grandioso Campamento Vocacional al que asistí. Fue la puerta para divisar el horizonte al que nos dirigimos, llevando el anuncio de la Buena Noticia a todos los lugares donde vayamos, porque desde que acepté la invitación de la señorita, lo asumí como una invitación de Jesús a seguirle con todas mis limitaciones. Y, ¿saben qué?: “¡No me arrepiento!”

En cada oportunidad que me da el Señor, cuando conozco nuevas personas que me ayudan a caminar, sé que son una gran bendición que recibo de Dios. Porque estoy segura de que, cuando Él se propone algo, no somos nadie para decir o hacer lo contrario.

Gracias por su atención. Hasta la próxima.  Sólo me queda encomendarme a las oraciones de los lectores, porque con ellas seguiremos extendiendo el Reino de Dios en todos los confines del mundo.

(Maritza Romero Pallares)

[Maritza es consagrada secular, de votos perpetuos, en la Familia del Instituto Secular Católico Cruzada Evangélica (Sucre)]

Más información: www.cruzadaevangelica.com