Análisis

Mario D. Ríos: “Soltad a Barrabás”

Las lecturas sacras tienen la facultad de crear cierta visión terrenal de lo desconocido al imaginar distancia, silencio, aurora y ocaso; motivaciones literarias que describen temas, hechos y lugares como a Betania y Jerusalén; llanura solitaria surgida desde la contemplación iluminada de Jesús de Nazaret, en lo alto del Monte de los Olivos.

La santa narrativa también da paso a crear en la mente un escenario singular para aquella entrada triunfal de Jesús a Jerusalén, cabalgando sobre un humilde borrico. Hasta entonces, todos vivían un mundo esperanzado, cuyos trazos los delineaba el Hombre que vino a predicar la paz y el perdón y apartar de la humanidad la injusticia y el servilismo, imperantes en el mundo.

Todo aquello era luz de esperanza y, sin embargo, no faltó la traición de aquel que, presente en la Cena, entregaría al enviado de Dios a los pretorianos; el Hombre que resucitó a Lázaro y abrió los ojos del ciego, como tendrían que abrirse los ojos de ciegos que no ven el engaño, la corrupción y el vergonzoso enriquecimiento de poderosos.

Hay en sectas religiosas una predisposición a imponer ciertas creencias a punta del atentado terrorista. Gritos en escenarios colmados por desacertados seguidores, buscadores de mejores días jamás encontrados y ausentes de verdaderos sucesos milagrosos; no así “teatrales”, difundidos en busca de contribuyentes a la economía personal de los oradores de la mentira. Ninguno fue sentenciado a prisión o castigo alguno. Cristo, el inocente, fue condenado a morir en la cruz, mientras el pueblo pedía la liberación de Barrabás: “Soltad a Barrabas y crucificad al impostor”, gritaba la inculta muchedumbre.

Todo emprendimiento soporta el peso de la incomprensión; es cierto. Cristo iba en pos de apaciguar la apostasía humana, mas Él encontró el repudio y tuvo que soportar el dolor del sacrificio, como la agonía en el huerto de Getsemaní. Verse despojado de vestimentas para ser flagelado por los soldados de Pilatos. Llevar en los hombros el peso de la cruz, la que vuelve a cargar en nuestros días, para perdonar la infamia a los que baten la bandera del odio.

Cargado de la cruz, Jesús recorrió la vía del Calvario. El Gólgota y su árida cima fueron el escenario del escarnio, la agonía y muerte de quien buscó paz y comprensión. El recogimiento espiritual de la humanidad lleva a los creyentes de fe indeclinable, a razonamientos propios de la santidad de los días evocados.

Tiempo de Pascua. Tiempo de transformación para quienes viven entre abrojos. Hora de buscar la verdad, al surgir desde las ortigas el aroma y la belleza de la vida, como una rosa aromatizada ya libre de las espinas, o como la belleza de las alas de mariposas ya separadas de horribles larvas de sanguijuela.

“Soltad a Barras” y que los inocentes paguen delitos ajenos. “Soltad a Barrabas”, que los ciegos no verán jamás a los verdaderos delincuentes.
Pascua florida. Esperanza edificada en la fe inquebrantable. No importa si el tiempo de la injusticia prolonga la agonía. Llegará la redención, cuando la Justicia Divina aparte de los hombros inocentes la cruz de la ignominia y los ladrones y asesinos agonicen encerrados en lo abyecto de su propio ser, en tanto se escuchará la voz de los justos clamando: “Perdónalos, Señor, porque no saben lo que hacen”.