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Los Sacramentos y la Pandemia

Roberto Flock, Obispo de San Ignacio de Velasco en Bolivia, comparte con Infodecom una reflexión en profundidad sobre lo que significa esta abstinencia sacramental durante la pandemia provocada por el Coronavirus.

…nuestra religiosidad no ofrece ninguna inmunidad al contagio

…¿cómo se entiende los sacramentos en la vida de la Iglesia?

…Cuando llegue el momento, Jesús mismo, tomará el pan, dará la bendición y lo partirá para nosotros

Los Sacramentos y la Pandemia

Por motivo de la pandemia de Covid19, en muchos lugares no celebramos misas en público, tampoco los otros sacramentos. Igual que las clases en escuelas, están suspendidas las catequesis. Estas actividades, como parte de las cuarentenas y otras medidas de distanciamiento social, son prohibidas por las autoridades gubernamentales y/o eclesiásticas.

En los EEUU, ha habido peticiones para flexibilizar las medidas y permitir la celebración de los sacramentos, y también esfuerzos creativos como Confesiones desde movilidades o Misas en el parqueo. Alegan la necesidad de los Sacramentos para compartir la vida de gracia. Otros han preferido limitarse a las Misas transmitidas por los medios de comunicación y las redes sociales que obviamente no es lo mismo que participar de manera presencial. No se distribuye la Santa Comunión ni en el parqueo, mucho menos por los medios. Por esto se ha recordado la práctica de la “comunión espiritual”.

Al discernir la necesidad de evitar contagios en comparación con la necesidad de ofrecer la participación en los sacramentos, es necesario comprender bien lo que está en juego en cada campo.

Una primera apreciación es que la fe cristiana y nuestra religiosidad no ofrece ninguna inmunidad al contagio.

El virus es una bestia sin alma, oportunista y potencialmente letal y que ha llevado ya a muchos sacerdotes católicas y pastores de otras iglesias y religiones.

Al extenderse la pandemia se ha visto que el virus es sumamente contagioso. Muchos profesionales en salud, con todas las precauciones que saben tomar, han contraído la enfermedad y algunos de ellos han fallecido. En países como Italia y España un número desproporcional de sacerdotes se han enfermando y fallecido también. Es prácticamente imposible celebrar los sacramentos sin aquellos contactos a la cabeza y boca que llevan el virus a los pulmones. No debemos subestimar el peligro que representa el virus.[1]

En el Sínodo Pan Amazónico, hubo un debate sobre la conveniencia de ordenar sacerdotes casados considerando que:

“Existe un derecho de la comunidad a la celebración, que deriva de la esencia de la Eucaristía y de su lugar en la economía de la salvación. La vida sacramental es la integración de las diversas dimensiones de la vida humana en el Misterio Pascual, que nos fortalece. Por eso las comunidades vivas claman verdaderamente por la celebración de la Eucaristía. Ella es, sin duda, punto de llegada (culmen y consumación) de la comunidad; pero es, a la vez, punto de partida: de encuentro, de reconciliación, de aprendizaje y catequesis, de crecimiento comunitario.”[2]

“Muchas de las comunidades eclesiales del territorio amazónico tienen enormes dificultades para acceder a la Eucaristía. En ocasiones pasan no sólo meses sino, incluso, varios años antes de que un sacerdote pueda regresar a una comunidad para celebrar la Eucaristía, ofrecer el sacramento de la reconciliación o ungir a los enfermos de la comunidad.”[3]

A pesar de este clamor, los mismos sectores conservadores que ahora claman por permitir los sacramentos a pesar de la pandemia, se opusieron a excepciones del celibato sacerdotal para que los sacramentos fuesen más accesibles en la Amazonía. Esta contradicción nos hace reflexionar sobre cómo se entiende los sacramentos en la vida de la Iglesia y de los fieles.

Por ejemplo, consideramos el bautismo necesario para la salvación, pero no podemos considerar condenados al infierno a quienes no son bautizados. Al mismo tiempo, la Iglesia reconoce el bautismo por la sangre de los mártires y también el bautismo por deseo, bautismos sin la forma y ni siquiera la constancia del sacramento. Este ejemplo ayuda a desterrar cualquier consideración “mágica” de los Sacramentos. Aunque su eficacia es “ex opere operato”, es decir, por el mismo hecho de celebrarlos, facilitado por las disposiciones y motivaciones correctas, tenemos que evitar fundamentalismos que se convierten en fanatismos.

Me gusta la afirmación del Sínodo: “La vida sacramental es la integración de las diversas dimensiones de la vida humana en el Misterio Pascual”[4], porque en vez de hablar de algo tan abstracto como “gracia”, toca las realidades prácticas de la vida diaria: nacimiento y muerte, familia y comunidad, el pan de cada día, sexualidad y enfermedad. Si vivimos los Sacramentos en su profundidad, como bautizados y creyentes, cuando nos sentamos a la mesa eucarística experimentamos una verdadera comunión familiar, y cuando nos sentamos a la mesa familiar y comunitaria experimentamos una auténtica eucaristía, porque las dos realidades participen de la muerte y resurrección de Cristo y gozan del don del Espíritu Santo.

Integrado en el Misterio Pascual, el drama que se vive actualmente es Muerte y Resurrección con el Jardín de Getsemaní y el Camino a Emaús.

Es Getsemaní, porque con toda la humanidad hemos de enfrentar el desafío de la pandemia orando: “Padre, si es posible aléjate de mi este cáliz, pero no se haga mi voluntad, sino la tuya.” La decisión de cada persona que atiende a los enfermos de coronavirus es así dramática, porque se expone al riesgo de contaminación para sí mismos y sus familiares. Y por supuesto, lo que hacemos para evitar el contagio, autoridades y ciudadanos, requiere de la misma oración para tomar las decisiones que estén en sintonía con la voluntad del Padre celestial. Los ya contagiados, algunos enfrentando su último respiro, lo vive también. Sería muy triste si los más cercanos a Jesús viviésemos este momento dormidos, sin captar lo que sucede espiritualmente, sin entrar en el Misterio Pascual.

Estamos también en el Camino a Emaús. Jesús quiso que fuese reconocido en la Fracción del Pan, pero antes, era necesario el camino que le permitió explicar las Escrituras a la luz de su Pasión, y su Pasión a la luz de las Escrituras. Nosotros también podemos esperar la Fracción del Pan que lleguemos con Cristo. Mientras tanto, tenemos que aprender a escuchar la voz de Cristo Resucitado que camina con nosotros en este momento en que es difícil comprender todo lo que ha pasado estos días. “¡Que lentos son para comprender!”, nos dice Jesús. Hasta hoy se discute si fue 60 o 160 estadios [un estadio eran 185 m, aproximadamente] de Jerusalén a Emaús. Es que para algunos es más lejos que para otros, porque no es fácil comprender los signos de los tiempos, especialmente cuando estamos en medio de la tormenta. Necesitamos comprender mejor la integración del Misterio Pascual y la pandemia actual. Y esto requiere un diálogo con el Señor que no sea apurado y superficial. Cuando llegue el momento, Jesús mismo, tomará el pan, dará la bendición y lo partirá para nosotros. Si hemos aprovechado el camino, lo reconocernos con mayor claridad y arderá nuestros corazones con un gozo transformador.

 

Mons. Robert Herman Flock es el  Obispo de la Diócesis de San Ignacio de Velasco, Bolivia

 

 

[1] Hay que señalar también que, a pesar de reportar un índice de mortalidad de aproximadamente 4%, esto es calculado en base a fallecidos en proporción a casos confirmados. Sin embargo, de los casos confirmados resueltos, 79% son recuperados y 21% fallecidos. https://www.worldometers.info/coronavirus/.

[2] Sínodo Pan Amazónico, Documento Conclusivo, Nº 110.

[3] Ibid, Nº 111.

[4] Yo mismo dije esto en mi intervención; además es el tema de un libro que publiqué: “Los Sacramentos, Arco Iris de la Nueva Alianza, Verbo Divino, 2010)