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Los conflictos por la tierra, fácilmente se vuelven violentos como sucede con los avasallamientos en Bolivia: Mons. Robert Flock

En su Homilía dominical, el Obispo de San Ignacio de Velasco, Mons. Flock dijo que el Bautismo de Juan es llamativo como signo de arrepentimiento, en tanto que el bautismo de Jesús es transformativo. También sostuvo que Jesús se presentó como El Buen Pastor que conoce a sus ovejas y las cuida, nunca se refirió a sí mismo como el “Cordero de Dios”, esto viene de San Juan Bautista.

Por otro lado Mons. Flock exhortó a quienes viven del cultivo de la tierra que los conflictos por la tierra fácilmente se vuelven violentos como sucede con los avasallamientos en Bolivia o como ocurre con la invasión de Rusia a Ucrania, en ese sentido pidió acabar con la violencia en todas sus formas, teniendo en cuenta que no es un objetivo sencillo y fácil de lograr

Finalmente el Obispo señaló que quitar el pecado del mundo supone instaurar un gran proceso de cambio que no consiste en imponer un sistema sociopolítico a la persona sino devolverle su libertad interior. En ese contexto remarcó que el proceso para quitar el pecado de la violencia requiere que Jesús sea “el Cordero de Dios” y Dios prefiere un corazón contrito a miles de sacrificios y holocaustos

Homilía de Mons. Robert Flock

Obispo de la Diócesis de San Ignacio de Velasco

Domingo 2 en Tiempo Ordinario – 15 de enero de 2023

“Este es Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo

El Bautismo de Juan es llamativo como signo de arrepentimiento, el bautismo de Jesús es transformativo

Queridos hermanos en Cristo.

En el Santo Evangelio que acabamos de escuchar, San Juan Bautista, hace una presentación Jesús para toda la gente, con varios elementos. Afirma que Jesús existe antes que él, no porque nació primero —Juan nació 6 meses antes que Jesús— sino porque Jesús es eterno; es el Hijo de Dios. También dice que mientras Juan bautizaba con agua, Jesús bautiza con el Espíritu Santo. Es decir, el bautismo de Juan es llamativo como signo de arrepentimiento y de conversión, pero el Bautismo de Jesús es transformativo, porque no se trata solamente de la voluntad personal de bautizado, sino de la presencia y de la acción del Espíritu Santo en quien recibe su Bautismo.

Aparte de todo esto y, en primer lugar, Juan presenta a Jesús como “el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo”. Como saben todos, esta frase repetimos todos antes de recibir la Santa Comunión: “Cordero de Dios, que quitas el pecado del mundo, ten piedad de nosotros; Cordero de Dios, que quitas el pecado del mundo, danos la paz”. Y después, al mostrar el Cuerpo y la Sangre de Cristo el sacerdote dice: “Este es Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo; dichosos los invitados a la cena del Señor.” Entonces quiero reflexionar sobre esta descripción de Jesús y su significado.

Jesús nunca se refirió a si mismo como el “Cordero de Dios”, esto viene de San Juan Bautista

Irónicamente, Jesús mismo se presentó como el Buen Pastor, el que conoce a las ovejas, y las cuide. También contó la parábola de la oveja perdida cuya recuperación, igual que el hijo pródigo, provoca alegría en el cielo. Pero nunca se refirió a si mismo como el “Cordero de Dios”. Esto viene de San Juan Bautista.

Los conflictos por la tierra fácilmente se vuelven violentos como sucede con los avasallamientos en Bolivia

Ya en las primeras páginas de la Biblia encontramos la historia de los hermanos Caín y Abel. “Abel fue pastor de ovejas y Caín agricultor. Al cabo de un tiempo, Caín presentó como ofrenda al Señor algunos frutos del suelo, mientras que Abel le ofreció las primicias y lo mejor de su rebaño.” (Gn 4,2b-4a). Algunos explican que detrás de esta historia, que termina con el asesinato de Abel y la expulsión de Caín, está el antiguo conflicto entre poblaciones asentadas que cultivan la tierra, y poblaciones nómadas con sus rebaños. Es como si los ganaderos fueron a meter las vacas en los sembrados de soya y maíz, y los agricultores a invadir los pastizales del ganado. Y, de hecho, como sabemos, los conflictos por la tierra fácilmente se vuelven violentos, como cuando Caín mató a Abel, como sucede con los avasallamientos en Bolivia, como ocurre con la invasión de Rusia a Ucrania. Aunque, como Caín y Abel, todos ofrecen sus sacrificios y su culto a Dios, son capaces de derramar la sangre de su hermano, llamándolo “enemigo”, cultivando un resentimiento, a fondo, porque Dios lo ha bendecido.

Acabar con la violencia en todas sus formas, no es un objetivo sencillo y fácil de lograr

Todo esto nos revela que “el pecado del mundo”, aunque abarca todo lo que va en contra de la voluntad de nuestro divino Creador, consiste esencialmente en la violencia entre quienes deberían ser hermanos. Como “Cordero de Dios”, la tarea de Jesús es quitar este pecado del mundo, es decir, acabar con la violencia en todas sus formas. No es un objetivo sencillo y fácil de lograr.

Quitar el pecado del mundo supone instaurar un gran proceso de cambio que no consiste en imponer un sistema sociopolítico a la persona sino devolverle su libertad interior.

Obviamente, la manera en que lo hace, sufriendo Él mismo la violencia más cruel imaginable —crucifixión— nos muestra que quitar el pecado del mundo no consiste en agitar una varita mágica. Quitar el pecado del mundo, supone instaurar un gran proceso de cambio. Y este proceso de cambio no consiste en la imposición de un sistema socio político como el socialismo autoritario, ni tampoco un capitalismo explotador; pues, al fin de cuentas, ambos no son más que Caín matando a Abel. Consiste en un proceso que transforma la misma persona humana, devolviéndole su libertad interior por obra y gracia del Espíritu Santo: lo que Juan Bautista llama ser “bautizados en el Espíritu Santo”.

El proceso para quitar el pecado de la violencia requiere que Jesús sea “el Cordero de Dios”

Este proceso para quitar el pecado de la violencia, requiere que Jesús sea “el Cordero de Dios”. Nos hace recordar la historia de Abraham llevando a su hijito único, el pequeño Isaac, cuyo nombre significa “risa”, como la que vemos en niños felices al descubrir las maravillas de la vida y el cariño de sus padres; este Isaac que iba a sacrificar de acuerdo a la religiosidad de entonces. Abrahán creía que Dios quería esto, como los Incas que sacrificaban niños en las montañas, y como hacía los cananeos antes de llegar los Israelitas a la Tierra Prometida. Cuando el inocente Isaac, que sabía de sacrificios, preguntó a su papá, “Tenemos el fuego y la leña, pero ¿dónde está el cordero para el holocausto?”, Abrahán respondió: “Dios proveerá”. El cordero que Dios proveyó, no era aquel carnero que encontraron atrapado en las zarzas, para sacrificar en vez de Isaac, sino su propio Hijo Único, Jesucristo, el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo.

Dios prefiere un corazón contrito a miles de sacrificios y holocaustos

En el antiguo Israel sacrificaban corderos para agradecer a Dios por sus bendiciones, para pedirle perdón por los pecados, y para celebrar la Pascua de su liberación de la esclavitud de Egipto. Pero al fin de cuentas, ninguno de estos sacrificios podría resolver el problema del pecado de mundo con su violencia y falsedad. Ofrecer aquellos sacrificios es como ponerse una curita, cuando lo que hace falta es un trasplante de corazón. Ya antes de Cristo, los profetas y salmistas observaban que Dios prefiere un corazón contrito a miles de sacrificios y holocaustos. Es la diferencia entre un culto diseñado para manipular a Dios y un culto en Espíritu y en Verdad para caminar con Dios. Esto es posible, únicamente si nuestra ofrenda es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo, y nuestro proceso de cambio empieza con el bautismo en el Espíritu Santo, renunciando a toda forma de violencia, es decir, a los falsos caminos que propone Satanás con sus engaños. Luego hay que caminar siempre con Jesús, el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo, el Buen Pastor que da su vida por las ovejas.