Santa Cruz

“Las Iglesias hacemos nuestra la sed de Dios del mundo de hoy” Mons. Sergio Gualberti

La jornada de hoy domingo en que se celebra la Solemnidad de Pentecostés ha sido el marco de cierre de la Semana de Oración por la unidad de los Cristianos.

La Comisión de Ecumenismo de la Arquidiócesis de Santa Cruz a cargo del P. Humberto Lira tuvo a su cargo la animación de las actividades orientadas a practicar un ecumenismo entre las Iglesias Católica, Anglicana, Bautista, Anabautista y Copta.

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Este domingo se celebró la Eucaristia de Pentecostes con la participación de los lideres de las diversas iglesias y congregaciones que tienen su fuente en Cristo y que hace posible la práctica del don de la unidad entre cristianos.

En su homilía, Mons. Gualberti expresó que con Jesús, “las Iglesias hacemos nuestra la sed de Dios del mundo de hoy, y queremos anunciar y testimoniar a Jesucristo, fuente del agua de vida eterna”

Por otro lado pidió de todo corazón que con el auxilio del Espíritu Santo se cumpla la misiòn conforme al mandato de Jesús “Que todos sean uno para que el mundo crea”, como primer testimonio y servicio al Evangelio.

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HOMILIA DE MONS. SERGIO GUALBERTI ARZOBISPO DE SANTA CRUZ

MAYO 24 DE 2015

Los Hechos de los Apóstoles nos relatan que María y los apóstoles, en el día de la fiesta judía de Pentecostés, estaban “todos reunidos en un mismo lugar”, y de pronto descendió sobre ellos el Espíritu Santo, el Espíritu de la vida, la verdad y la valentía, significados en las imágenes del viento que sacude ese lugar y las llamas de fuego que se esparcen sobre ellos.

La venida del Espíritu Santo provoca la transformación profunda en los apóstoles y transforma en valor el miedo que los paralizaba y que los mantenía encerrados ante las amenazas de los judíos. Con la fortaleza del Esíritu, los apóstoles salen de ese lugar y “se pusieron a hablar”, a los judíos de todas las naciones que habían llegado a Jerusalén para la fiesta. Con mucha valentía predican y dan testimonio de la gran novedad, la Buena Noticia: Jesús muerto y crucificado ha resucitado, está vivo y es el Señor de la historia, el Salvador.

Esa noticia y las manifestaciones que la acompañan suscita asombro en esos peregrinos: “Todos los oímos hablar en nuestras propias lenguas las maravillas de Dios”. Es el estupor de conocer el amor sin medida de Dios, que, por la resurrección de su Hijo, nos ha liberado a todo ser humano de la esclavitud del mal, nos ha hecho partícipes de su amor y su vida, y nos ha hecho hermanos entre todos, sin fronteras ni discriminación alguna.

En el día de Pentecostés nace la Iglesia y nace misionera, con la tarea de anunciar el Evangelio del Resucitado a todas las personas y naciones hasta el fin de la historia, siempre asistida y guiada por el Espíritu Santo, cuya acción y presencia la santifica y la hace ser obra de Dios, como expresa Ignacio IV Hazim, patriarca ortodoxo de Antioquia: “Sin el Espíritu, Dios queda lejos, Cristo permanece en el pasado, el evangelio es letra muerta, la Iglesia es pura organización, la autoridad es tiranía, la misión es propaganda, la liturgia es simple recuerdo, y la vida cristiana una moral de esclavos. Pero con el Espíritu Santo, Cristo Resucitado está aquí, el Evangelio es fuerza de vida, la Iglesia quiere decir Comunidad Trinitaria, la autoridad es servicio liberador, la misión es Pentecostés, la liturgia es memorial y anticipación, el obrar humano está deificado”.

Los cristianos hemos recibido el don del Espíritu Santo en el bautismo, y desde ese momento él nos guía, fortalece, abrasa con el fuego del amor divino hasta en lo más íntimo, de la misma manera que lo hace con toda la Iglesia, como lo hemos proclamado en la hermosa secuencia de la liturgia, que voy a proponerles en mi reflexión ahora. La secuencia inicia con una invocación, el pedido de que el Espíritu venga a iluminarnos:

“Ven, Espíritu Santo y envía desde el cielo un rayo de tu luz”.

El Espíritu Santo es el Espíritu de la verdad como nos dice Jesús:” Cuando venga el espíritu de la verdad, él los guiará a todos a la verdad”. Es la luz radiante que disipa las tinieblas de la mentira y de la caducidad de tantas propuestas tramposas del mundo, la luz que alumbra nuestras mentes y corazones para que miremos situaciones, problemas y todas las cosas de la vida con los ojos de Dios y sigamos sus caminos.

El Espíritu Santo es la luz también que nos ayuda a entender, escuchar y acoger el mensaje de la Biblia, la Palabra de Dios, fuente de vida verdadera.

“Ven ya, Padre de los pobres”, luz que penetra las almas, dador de todos los dones.

Que expresión más hermosa: el Espíritu Santo “Padre de los pobres”. En verdad es así, porque el Espíritu Santo es amor y caridad, en su grado más alto, entre las personas de la Santísima Trinidad. Ese amor sin límites rebosa abundantemente sobre todo ser humano, creado a imagen de de Dios Trinidad, amor que privilegia en particular a los sufridos, los pobres y los desamparados. Conscientes del regalo recibido, tenemos la gran responsabilidad de asumirlo y vivirlo, produciendo obras y estructuras de amor, solidaridad y justicia. Todo gesto y acción de amor al prójimo es fruto del Espíritu, que hace crecer la comunión entre los creyentes, pero también hace posible la instauración de la justicia y la paz en la sociedad.

“Fuente de todo consuelo, amable huésped el alma, paz en las horas de duelo”.

Desde la antigüedad uno de los nombres atribuidos al Espíritu Santo es el de “Confortador”, aquel que conforta, consuela y nos da la fortaleza a los creyentes para anunciar la palabra de Dios y para hacer frente a la tentación de los ídolos del mundo que acechan también a los seguidores de Jesús.

En el evangelio hemos escuchado que Jesús hace un gran regalo a sus discípulos: “La paz esté con ustedes”… y también “Reciban al Espíritu Santo’. El Papa Francisco al respecto nos dice que la paz es la persona del Espíritu Santo: “La paz de Jesús: es una Persona, es un regalo grande… Y cuando el Espíritu Santo está en nuestro corazón, nadie puede arrebatarnos la paz ¡nadie!”. Es el encuentro con la persona del Espíritu Santo que transforma nuestro corazón. Él es el huésped amable de nuestro corazón que trae paz, sosiego y fortaleza en toda circunstancia adversa de la vida, en las situaciones de dolor y duelo, de desánimo y tristeza, de desamparo y soledad. La estrofa siguiente de la secuencia muestra esta actuación del Espíritu con imágenes tan cautivantes que no necesitan ser comentadas:

“Eres descanso en el trabajo, brisa en un clima de fuego; consuelo en medio del llanto”.

Ante una presencia tan propicia y beneficiosa, ¿cómo no pedirle que Él entre en lo más íntimo de nuestro ser?

“Ven, luz santificadora y entra hasta el fondo del alma de todos los que te adoran”.

Es el Espíritu de Santidad que nos hace santos, es su misión. Él entra hasta lo más profundo de nuestra existencia cristiana para que seamos “Santos como Dios es Santo”, haciéndonos participar de los misterios de la vida misma de Dios.

“¡Qué vacío hay en la persona, que dominio de culpa, sin tu soplo!”

Sin el soplo del Espíritu, sin su aliento de vida, sin su fuerza y su gracia nos sentimos vacíos y aburridos, agobiados por el peso de nuestras culpas y errores, fracasados e indignos de ser discípulos de Jesús. Por eso le pedimos que él actúe en nuestra vida:

“Lava nuestras inmundicias, fecunda nuestros desiertos y cura nuestras heridas. Doblega nuestra soberbia, calienta nuestra frialdad, endereza nuestras sendas”.

Hagamos nuestra esta invocación al Espíritu Santo para que, tanto a nivel personal como social, nos ayude a lavar nuestras suciedades morales y espirituales, para que desterremos nuestras soberbias y rencores, luchemos por la unidad y el entendimiento entre todos, para que tengamos la valentía de reconciliarnos y perdonar, para que logremos sanar las heridas abiertas y, unidos por Él, podamos gozar de armonía y paz.

“Concédenos a aquellos que ponen en Ti su fe y su confianza tus sagrados siete dones y carismas. Danos virtudes y méritos, danos una buena muerte y contigo el gozo eterno”.

Seguimos con nuestro pedido al Espíritu Santo, él que es dador de dones, que nos conceda los dones necesarios para nuestra salvación. Él nos los pone a disposición mediante el sacramento de la confirmación: la sabiduría, entendimiento, concejo, fortaleza, ciencia, piedad y temor de Dios. Colmados con su gracia podemos caminar confiados, fortalecidos y alegres por las sendas de esta vida hacia el gozo de la morada eterna que Jesús resucitado nos ha preparado.

De manera especial queremos pedir al Espíritu Santo hoy, al finalizar la Semana de Oración por la unidad de los cristianos, el don de la unidad entre cristianos. En estos días hermanos de distintas Iglesia y denominaciones cristianas, hemos orado y reflexionado a la luz del pedido de Jesús a la mujer Samaritana a: “Dame de beber”, aunque quien tiene sed de vida eterna es ella. Con Jesús, las Iglesias hacemos nuestra la sed de Dios del mundo de hoy, y queremos anunciar y testimoniar a Jesucristo, fuente del agua de vida eterna. Pedimos de todo corazón al Espíritu Santo que nos ayude a cumplir esta misión conforme al mandato de Jesús “Que todos sean uno para que el mundo crea”, como primer testimonio y servicio al Evangelio.

Amén