Análisis

LAS (E)LECCIONES DE LA MUERTE

No se trata de ser “profeta de calamidades” como se denunciaba en el Antiguo Testamento de la Biblia, frente aquellos que sólo preconizaban el horror de la muerte, la cercanía de la destrucción, la inminencia de un día de juicio. Sería abusivo tratar de reflejar nuestra realidad sólo desde el prisma de la diversidad de problemáticas como si nada bueno se pudiese hallar en nuestro mundo. Sin embrago, tampoco se trata de ocultar el sol con un dedo con la cínica afirmación de que “todo va bien”, pues cuando se afirma que “todo va bien” sin el debido análisis crítico, a lo mejor algo anda mal.

No se asuste el lector con la siguiente lista de situaciones fatídicas: cerca a un centenar de feminicidios  reportados en el país, en lo que va del año; cientos de denuncias de violencia contra mujeres y menores -la mayoría de las cuales se retiran con algún “arreglo” que no soluciona nada; abusos sexuales a menores en el seno familiar que incluso les causa la muerte, accidentes en carreteras normalmente con resultados fatales así como el reciente accidente aéreo en Riberalta, violencia armada en la erradicación de cocales y en el flujo del contrabando… sería abrumador continuar, más aún, desesperanzador sentir que estos hecho suceden cotidianamente.

Pero es necesario ser críticos frente a esta realidad y no tragárnosla desde el sensacionalismo de la crónica roja o desde la indiferencia de quien pretende evadirla o justificarla. !Nos estamos volviendo ciegos y sordos a los clamores de la vida! Como decía Luis Espinal, SJ “tenemos la costumbre de acostumbrarnos a todo, aún lo más hiriente se nos oxida”. Vivimos como si todo lo antes dicho fuese normal, nos duele poco el dolor ajeno, preferimos vivir sedados o adormecidos con los efectos complacientes de una sociedad de consumo. Vemos violencia diaria sin criticarla y si nos atrevemos a hacerlo muchas veces no nos complica la existencia, nos deja bien instalados en la posición de quien ve de palco la vida.

Las lecciones que deberíamos haber aprendido ya sobre lo que la tragedia de la muerte significa en muchos casos no llegan a encarnarse en nuestra sensibilidad. Queremos remediar la violencia contra la mujer con leyes y acciones punitivas únicamente, cuando tenemos enquistado en nuestro corazón un machismo ferviente, una mente colonizada por un patriarcalismo abusivo e indolente (¿qué enseñamos en las familias y la escuela?).

Aspiramos a hacer justicia con los delincuentes cuando al interior de muchos hogares se respira un clima enrarecido de violencia, dominio y explotación (!que lo digan las víctimas que durante años silentes han quedado marcadas por la figura de verdugos más que padres!). Hacemos propaganda de medidas de control de tránsito y en carreteras para salir en la prensa, ser fotografiados, filmados o entrevistados que sólo duran un rato cuando antecede un accidente fatal, después unos pesos aquilatan nuestra conciencia.

Sencillo sería establecer responsabilidades sólo en las autoridades cuya misión es atender las necesidades de la sociedad. No equivoquemos el rumbo. Algunos políticos habrá que sólo se preocupan por asegurar bien el puesto frente a futuros electores erogando gastos superfluos en vez de invertir más abundantemente en reales carencias; pero cómplice sería confiar en que sólo ellos tienen responsabilidad. Lo que de bueno y de malo sucede en nuestro mundo es tarea de todos y todas.

 Las muertes que suceden con causas remediables nos dejan profundas lecciones de por dónde se mueve nuestra humanidad. Las víctimas no eligen la forma de morir pero sí podríamos elegir entre todos la manera de vivir.