Análisis

Jorge J. Fernández Sangrador: “La Misa, una celebración universal”

(Propuesta para que la Misa sea inscrita por la Unesco en la lista de bienes del Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad)

En la entrevista que le hizo La Nueva España y que ésta publicó a mediados del mes de enero, el Director general de Cultura y Patrimonio del Gobierno del Principado de Asturias, Pablo León Gasalla, declaró, a propósito de la catedral de Oviedo, lo siguiente: «Queremos apostar por la recuperación del patrimonio inmaterial: las ceremonias, la liturgia, el patrimonio musical, mejorar el archivo».

Al expresarse en estos términos, el Director general de Cultura y Patrimonio de Asturias muestra que posee la amplitud de visión de la Unesco, que reconoce las realidades espirituales, rituales y religiosas como incuestionables bienes de la humanidad.

Sirvan como ejemplo, entre las muchas, de esas características, que el alto organismo internacional ha incorporado a la lista del Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad, éstas: peregrinación al monasterio de san Tadeo, en Irán y Armenia; el Perdón celestiniano, en Italia; fiesta del Señor Jesús del Gran Poder, en Bolivia; la Epifanía y el hallazgo de la Vera Santa Cruz de Cristo, en Etiopía; procesiones de Semana Santa de Mendrisio, en Suiza; fiesta del icono de Nuestra Señora de Budslau, en Bielorrusia; la Llevada de la Virgen, en Méjico; fiesta de la Virgen de la Candelaria de Puno, en Perú; fiesta de los Cuarenta Santos Mártires de Stip, en Macedonia; la Pasión de Skofja Loka, en Eslovenia; las ostensiones septenales lemosinas, en Francia; procesiones de la Semana Santa de Popayán, en Colombia; o la creación y el simbolismo de las cruces, en Lituania.

Es preciso decir, sin embargo, que éstas, al igual que las demás manifestaciones devocionales y culturales que han brotado en el fértil mantillo del cristianismo, tienen su origen y centro en el misterio pascual de Jesucristo, que, actualizándose en la Misa, es el que las sustenta y revitaliza.

Desde la primera mitad del siglo I de nuestra era, la Cena que compartió Jesús con sus discípulos en una casa de Jerusalén, antes de su Pasión, no ha dejado de repetirse, como memorial de su encarnación, muerte y resurrección, y prenda de su segunda venida, hasta el presente. Y no hay un solo instante, durante las veinticuatro horas del día, en el que no se celebre la Misa sobre la faz de la tierra. Al ritmo de la rotación del planeta. Ininterrumpidamente.

Al principio, los cristianos se reunieron para la fracción del pan eucarístico en los domicilios de miembros de la comunidad; luego, también en lugares descampados, grutas, barcos o catacumbas; después, en los edificios que fueron construyendo para colocar en ellos el altar y para custodia de las sagradas especies, y para que los bautizados saboreasen, anticipadamente, en la hermosura de la Casa de Dios, las delicias del banquete del cielo.

Los estilos de las iglesias han sido según el gusto de las regiones o el del siglo: bizantino, normando, visigótico, escandinavo, eslavo, románico, gótico, renacentista, barroco o neoclásico. Las revistieron con retablos, imágenes, vidrieras, tapices, cuadros, órganos, lámparas y rejerías. Con las mejores gemas, los materiales más nobles y los más primorosos recamados, y para su uso en la Misa, se hicieron cálices, patenas, crucifijos, vinajeras, incensarios, navetas, candelabros, aguamaniles, atriles, casullas, dalmáticas, lienzos de altar, arquetas-relicarios, sacras y antipendios.

Renombradas personalidades de la música le dedicaron inspiradísimas y universalmente admiradas, por su excelencia, sean cuales sean las creencias de quienes las escuchan, composiciones. Ahí están las Misas de Palestrina, Tomás Luis de Victoria, Monteverdi, Allegri, Scarlatti, Charpentier, Cherubini, Pergolesi, Bach, Haydn, Mozart, Beethoven, Rossini, Schubert, Schumann, Liszt, Gounod, Bruckner, Poulenc, Britten, Stravinsky, Bernstein, Kodály o Morricone. Y las de muchos más. Las hay también que, por el ritmo, el instrumental, el lugar o el contexto cultural en el que se originaron, gozan de gran popularidad.

¿Y qué decir de las Misas en gregoriano? Durante siglos, en todas las iglesias del mundo, urbanas y rurales, de rito latino, se ha sabido y cantado la “De Angelis”. Imagino que, en las orientales, habrá sucedido algo parecido con sus tradicionales y antiquísimas melodías. Las que entonan las polifónicas voces bizantinas frente a las celestiales representaciones del iconostasio logran transportar a quienes participan en la Divina Liturgia hasta el mismísimo umbral de la gloria eterna.

La Misa forma parte, pues, de la cultura universal. Si no fuese por ella, no habrían surgido las magníficas e innumerables obras que, en los dos últimos milenios, han realizado un sinfín de literatos, pintores, filósofos, escultores, arquitectos y músicos. Y es por ello por lo que la Unesco debería, en justicia, inscribir la Misa, de la que también han nacido la organización Cáritas y otras muchas que desarrollan importantes labores de ayuda y promoción social en todo el mundo, en el catálogo de aquellos bienes que constituyen el Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad.

La Nueva España, domingo 7 de febrero de 2021, p. 26
Foto: El Universal de Colombia