Santa Cruz

Iglesia pide imparcialidad en investigaciones del caso Apolo

El monseñor Sergio Gualberti en su homilía dominical pidió a las autoridades judiciales encargadas de investigar los hechos luctuosos en Apolo, provincia Franz Tamayo de La Paz, a mantener la imparcialidad para dar con los responsables de las muertes de un médico, un policía y dos militares el pasado 19 de octubre cuando un contingente de la Fuerza de Tarea Conjunta (FTC) fue víctima de una emboscada.  

El arzobispo de Santa Cruz, también pidió que en este proceso de investigación intervengan las instituciones para defender los derechos humanos de las personas y no se cometan ilegalidades en las detenciones de campesinos del lugar y se los sindique de crímenes que no cometieron.  

“Lo que se pide a las autoridades y en especial a la justicia es que actúen con imparcialidad sin dejarse condicionar por ningún tipo de presiones para que no sea un delito más que queda sin responsables, que queda en la impunidad, ni que tampoco se le cargue a personas inocentes como chivos expiatorios”, sostuvo el representante de la Iglesia Católica.  

El sábado pasado el juez Instructor Mixto de Apolo, Daniel Guarachi determinó la reclusión de forma preventiva en el penal de Patacamaya de la provincia Aroma de La Paz para ocho comunarios que fueron involucrados en los hechos de Apolo.    

Con la detención preventiva de estas ocho personas los sindicados por los delitos de asesinato, asociación delictuosa, lesiones graves y gravísimas entre otras, la cifra total se extiende a 17 recluidos en Patacamaya toda vez que en la audiencia cautelar del pasado 22 de octubre se 

Homilía de Monseñor Sergio Gualberti, Arzobispo de Santa Cruz

Basílica Menor de San Lorenzo Mártir. Domingo 27 de octubre de 201

Fuente: Oficina de Prensa de la Arquidiócesis de Santa Cruz

El evangelio de este domingo nos presenta a Jesús que se dirige a unos destinatarios bien identificados: “unos que se tenían por justos y despreciaban a los demás”, hecho que se da con frecuencia también hoy. Jesús lo hace con un “relato ejemplar”, donde dos personajes representan respectivamente a dos categorías muy distintas de creyentes: – Un fariseo, miembro de un grupo de judíos observantes estrictos de la ley de Moisés, aunque a menudo se trataba de una observancia exterior y legalista, grupo que gozaba de mucha estima en la sociedad. En general esa gente era muy presumida, se consideraban los mejores, los piadosos que podían dar lecciones a los demás.

Un publicano, este ejercía una de las ocupaciones consideradas malditas por el pueblo de Israel, porque se  encargaban de cobrar los impuestos en favor del imperio romano y eran corruptos, por tanto, eran tachados de impuros a causa de su contacto con los paganos y también ladrones.

Los dos van al templo para orar: El fariseo, va delante del altar, ora en posición erguida, se siente seguro de sí mismo y bendice y alaba a Dios porque no es como los demás hombres que son “ladrones, injustos, adúlteros”. Él, en cambio, se cree en regla con Dios porque cumple todos los preceptos del decálogo, incluso va más allá, pues ayuna dos veces por semana y paga el diezmo de todo lo que posee. Además es muy engreído, da gracias a Dios por no ser como “ese” publicano que está detrás suyo.

El ha subido al templo a orar, en realidad sus palabras no son una oración, son exactamente el contrario. Él no alaba a Dios sino a si mismo, él no habla a Dios, sus palabras son un monólogo a través del cual expresa todo su orgullo y su autosuficiencia, llegando al extremo de juzgar y despreciar a los demás. Esgrime ante Dios sus títulos, su supuesta perfección y reivindica derechos ante Dios.

El publicano, por su parte, “se mantiene a distancia y no se atreve siquiera a levantar los ojos al cielo, sino que se golpeaba el pecho”.

Sus actitudes revelan la interioridad y las intenciones de este hombre: se queda lejos pues se siente lejos de Dios a causa de su oficio, no alza los ojos al cielo pues no se siente digno de dirigirse a Dios y se golpea el pecho expresando su sentido de culpa y de pecado. Su oración es más breve que la del fariseo, no necesita muchas palabras: “Dios mío, ten piedad de mí, que soy un pecador”. Sabe que no tiene nada de qué gloriarse ante Dios y se fía únicamente de su misericordia.

El comentario final de Jesús es lapidario y invierte totalmente la mentalidad común según la cual el fariseo, como observante de la ley, merecía la salvación, en cambio, el publicano pecador no la merecía: “Les digo que el publicano bajó a su casa justificado con Dios, y el fariseo no. Porque el que se engrandece será humillado, y el que se humilla será enaltecido” (v. 14).

Ser “justificado”, en el lenguaje bíblico, quiere decir “declarado justo ante Dios a través del juicio divino”. Una persona es justificada cuando ha obtenido la remisión de sus pecados, por lo tanto es justa ante los ojos de Dios

En el fariseo y el publicano vemos representadas a dos ideas, imágenes  contrapuestas que se pueden tener acerca de Dios;

– Hay personas que consideran a Dios como alguien que solamente está ahí para confirmar su supuesta bondad y avalar que ellos son buenos y rectos, y que merecen ser salvados por sus propios méritos, esfuerzos y obras. En el fondo estas personas piensan que ellos mismos son los promotores de su propia salvación, Dios sólo está ahí para ratificar.

– para otros, en cambio, Dios es fuente de misericordia, que salva gratuitamente a los pecadores, con tal que reconozcan su pecado y que sinceramente pidan perdón. Esta es la imagen correcta de Dios que la Biblia nos presenta, el Dios de Jesucristo que siempre está dispuesto a perdonarnos y a salvarnos.

Sería importante esta mañana que nos preguntemos: ¿Qué imagen de Dios tenemos?

Porque de esto depende nuestra manera de orar. ¿Oramos al estilo del fariseo o bien oramos al estilo del publicano?

Jesús, con esta parábola deja en claro que la oración cristiana no puede basarse en la justicia del hombre, sino en la justicia misericordiosa y salvadora de Dios. Este principio, como he dicho antes, estaba presente ya en la genuina tradición bíblica como nos testimonia la primera lectura del libro del Eclesiástico: Dios justo juez, “no hace preferencia entre personas“.

Qué distinta la actuación de Dios de nuestra manera de pensar y actuar. En efecto nosotros juzgamos en base a prejuicios y a criterios fortuitos y superficiales. Nos fijamos en la exterioridad de una persona, si tiene dinero y poder, si es de nuestro grupo o fraternidad, de nuestra región, de nuestro sindicato, partido o agrupación política. Esta manera de actuar impregna hasta los  estrados judiciales. A menudo se presume la inocencia o culpabilidad de las personas, se llevan los juicios con rapidez o se los deja estancados, sólo en base a esos criterios sujetivos y aleatorios y a intereses, y no en base a la verdad de los hechos.

Esta semana hemos conocido la noticia del vil y criminal asesinato de un médico y tres militares perpetrado en Apolo. La Conferencia Episcopal al respecto ha pedido: “una investigación profunda e imparcial, a ser posible con la participación de instituciones de la sociedad civil que velan por la defensa de los derechos fundamentales de las personas, para establecer la verdad de los acontecimientos y sus responsables, a fin de asegurar las sanciones adecuadas y que estos acontecimientos no se repitan en el futuro”. Lo que se pide a las autoridades y en especial a la justicia es que actúe con imparcialidad, sin dejarse condicionar por ningún tipo de presiones, para que no sea un delito más que queda en la impunidad, sin responsables, ni que tampoco se le cargue a inocentes como chivos expiatorios.

Hemos escuchado que Dios es el juez justo e imparcial, y si tiene un trato preferencial, es solo en favor de los pobres, los oprimidos y humildes, porque éstos no tienen a nadie que los defienda, como las viudas y los huérfanos en tiempo de Jesús. El Señor siempre está presto a atenderlos: “escucha la súplica del oprimido, no desoye la plegaria del huérfano, ni a las quejas que expone la viuda”. Ésta es su manera particular de ejercer la justicia, y ningún obstáculo puede interponerse: “la súplica del humilde atraviesa las nubes… hasta que el Altísimo interviene para… hacerles justicia”.

A este Dios misericordioso se abandona el apóstol Pablo al final de su vida, encerrado en la cárcel. La 2da lectura nos presenta un texto conmovedor, considerado el testamento de Pablo. El, con tres imágenes, hace una relectura de toda su vida y ministerio:

Su vida es como un sacrificio ofrecido a Dios, ha servido y entregado su existencia a Jesús y el Evangelio, hasta el martirio,

– como un duro combate que está por concluir, combate al servicio del Evangelio de la salvación, la verdad, la vida y el bien,

– como una larga carrera que alcanza la meta, el punto final.

Aún habiendo pasado por tantas dificultades y peripecias, y abandonado por todos: “en mi primera defensa ante las autoridades nadie me acompañó, sino que todos me abandonaron”, Pablo puede afirmar: “He conservado la fe”. Solo la confianza en Dios, le ha dado el valor de luchar y seguir adelante: “Pero el Señor estuvo a mi lado, dándome fuerza…” Y ahora ya está preparada para mi la “corona de justicia, que el Señor, justo juez me dará en ese Día”, podrá ser partícipe de la gloria del Señor. Y añade unas palabras alentadoras para nosotros:Y no solamente a mí, sino a todos los que hayan aguardado con amor su manifestación“.

Que alegría: a nosotros también nos espera la “corona de justicia”. El camino está trazado: es el camino del publicano, no del fariseo, el camino de la humildad que nos hace reconocer nuestra condición débil y pecadora, que nos hace confiar en la justicia de Dios que es misericordia y no en nuestros presuntos méritos. Oremos esta mañana al Señor para que cada uno pueda un día repetir con San Pablo: “He peleado el buen combate y me espera la corona de justicia”.  Amén

Oficina de prensa del Arzobispado de Santa Cruz.