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REFLEXIÓN DOMINICAL: DIOS ESTÁ CON LOS HUMILLADOS Y CON LOS HUMILDES

El pasado miércoles un grupo numeroso de sacerdotes, religiosos y laicos manifestaron públicamente en las calles de Murcia (España) y ante diferentes entidades bancarias una petición de cese de los desahucios en la región. Es una plataforma contra los desahucios que ha conseguido impedir más de doscientos desahucios. Y lo hicieron “en nombre de Dios” y a favor de los empobrecidos, de este sector de empobrecidos que en los últimos tiempos de la crisis se va haciendo cada vez más grande, el de los que no pueden pagar la hipoteca de sus viviendas, debido a la escasez de recursos en la que sobreviven atrapados en un sistema económico que se sirve de la banca para oprimir y explotar a los insolventes incapaces de amortizar los préstamos obtenidos y los intereses acumulativos de los mismos.

Los amenazados de desahucio son como los que el Antiguo Testamento denomina pobres, huérfanos y viudas. Los que hoy vayan a Misa oirán un mensaje contundente del libro del Eclesiástico (Eclo 35,15-22): “El Señor no es parcial contra el pobre, escucha las súplicas del oprimido”. Los curas que estuvieron en aquella manifestación ya habían leído este texto y estaban preparando su homilía dominical desde la vida. Por eso actuaron en nombre del Dios en el que creen y del que predican.

Y es que los textos bíblicos de este domingo nos dan otra lección magistral de Jesús acerca de la oración, como relación viva del hombre con Dios en la verdad. Jesús se dirige hacia Jerusalén e instruye a sus discípulos y al mundo con un mensaje sobre la oración cuya síntesis se encuentra en la sentencia final del evangelio: “todo el que se enaltece será humillado y el que se humilla será enaltecido” (Lc 18,14b). Esta sentencia aparece otras dos veces en los evangelios (Lc 14,11; Mt 23,12) y con una variante aplicada a los niños en Mt 18,4. La frase se ha convertido en proverbio gracias a su perfecta composición literaria, pues se trata de un paralelismo antitético en forma quiástica, cuyo centro de atención lo ocupan los humildes. Ante Dios y ante los demás no valen las apariencias, ni las comparaciones con los otros, sino la más profunda verdad de cada uno. La humildad es caminar en la verdad, decía la santa de Ávila. El que se humilla puede hacer referencia tanto al estado de humillación y explotación en que se encuentran muchas personas como a la virtud de la humildad en cuanto comportamiento adecuado a la voluntad de Dios en la vida religiosa y social.

Tanto los unos como los otros son escuchados por Dios en la oración para ser rehabilitados por él, que es un Dios justo y en su justicia no es parcial contra el pobre ni contra el humilde. De la oración de los pobres se ocupa el texto del Eclesiástico revelando que las súplicas de los oprimidos y los gritos de los pobres alcanzan a Dios, el cual no desoye los gritos del huérfano ni de la viuda, mostrando así su justicia (cfr. Eclo 35,15-22). La Iglesia toma especial conciencia de su identidad misionera en este mes de Octubre para comunicar al mundo entero que el Dios de la salvación y de la justicia es el Dios que se enfrenta a los malhechores, que está cerca de los atribulados y salva a los abatidos (Sal 33) y que en Jesús de Nazaret nos ha demostrado su prioridad indiscutible por los pobres y humildes de nuestra tierra. Por eso los últimos de nuestra sociedad, los humildes y los humillados, los que se abajan y los abajados, pueden encontrar en él consuelo y esperanza. Jesús, humilde y humillado hasta la cruz, hizo visible en la historia la cercanía amorosa y misericordiosa de Dios hacia los pobres.

Por su parte la parábola evangélica del fariseo y el publicano (Lc 18,9-14) trata la cuestión de la humildad y con la parábola se ilustra de modo formidable el aforismo final, de modo que antes de llegar a la conclusión ya se percibe el mensaje de Jesús: el que se humilla será enaltecido. Ante Dios y ante los demás no valen las apariencias, ni las comparaciones con los otros, sino la más profunda verdad de cada uno. Y ahí es precisamente donde el publicano, a pesar de su mala conducta, como estafador, corrupto o ladrón, se encuentra personalmente pidiendo misericordia y perdón. Por eso su oración le valió la rehabilitación de parte de Dios y también su oración fue escuchada en virtud de su humildad. Esta lección es válida para todos, pues ante Dios hasta el más rico sigue siendo una criatura necesitada de Dios y de su salvación. El paso necesario que debe dar todo ser humano para ser escuchado por Dios es el de la humildad. El publicano era una persona pública, que se enriquecía aprovechándose del dinero de los demás, en un sistema económico y político que se lo permitía. Su redención empieza al tomar conciencia ante Dios de su miseria moral y de su conducta injusta y corrupta. Ahí empieza su salvación, y el elogio de su conducta no es por lo que había hecho antes, sino por lo que a partir de este momento nuevo ha empezado a hacer: pedir perdón.

Predicar este Evangelio es dar la posibilidad a todos de encontrar el camino de la salvación. Lo que hicieron los curas de Murcia, al presentarse pidiendo en nombre de Dios a los banqueros que frenen el mecanismo diabólico del sistema que acaba desahuciando a los insolventes, facilita que los banqueros de Murcia (España) y los enriquecidos de toda la tierra tomen conciencia ante Dios de la injusticia que se está cometiendo contra los pobres. Si los enriquecidos toman conciencia de su miseria moral y piden perdón como el publicano del Evangelio, empezará para ellos el camino de la redención que les conducirá a ser coherentes con la justicia de Dios que escucha siempre a los pobres, a los oprimidos y a los humillados.

José Cervantes Gabarrón, sacerdote misionero y profesor de Sagrada Escritura