InicioAnálisisHomilía para el XX domingo del Tiempo Ordinario C

Homilía para el XX domingo del Tiempo Ordinario C

Homilía para el XX domingo del Tiempo Ordinario C

 

17 de agosto 2025

 

Este domingo tenemos que hablar del fuego y sus significados en la Palabra de Dios.

 

El fuego es un elemento que aparece en momentos claves de la Historia de la Salvación, por ejemplo, cuando Moisés se encuentra con Dios en la montaña y lo ve a través un arbusto ardiente que no se consume, o también en una columna de fuego en el Antiguo Testamento, que nos narra que Dios guía al pueblo de Israel de noche en el desierto. En el Nuevo Testamento el Espíritu Santo se posa sobre los discípulos de Jesús, en forma de lenguas de fuego.

 

El fuego representa la presencia de Dios.

 

Otro significado importante es la purificación, la regeneración, y todos sabemos que estas experiencias también están asociadas al dolor, a la espera, a la metamorfosis y al sufrimiento. Por eso, los cristianos decimos que los momentos de crisis nos fortalecen, porque la palabra crisis es sinónimo de crecimiento.

 

En el Evangelio escuchamos las palabras de Jesús

: “He venido a prender fuego a la tierra, ¡y cuánto deseo que ya esté ardiendo!”.

Y es lícito preguntarnos cómo es posible que Jesús, el príncipe de la paz, aparentemente, esté promoviendo la división y el fuego.

 

Estos años, todos vemos en las noticias las consecuencias del fuego de la guerra, vemos la destrucción de los pueblos y sobre todo de vidas inocentes. Tendrán que pasarán muchos años para sanar las heridas históricas en Ucrania, en Gaza y tantas otras naciones de las que los grandes medios de comunicación no hablan.

 

¿Pero entonces, por qué Jesús nos habla de esta manera si el mundo ya está tan dividido y hay tantas guerras?

 

No debemos confundirnos. El fuego de Dios, el fuego del Espíritu Santo es el fuego de la zarza que arde sin quemarse. Es una llama que arde, pero no destruye, sino que ardiendo hace emerger la mejor parte del ser humano, su parte más verdadera, como en una fusión hace emerger su forma interior, su vocación a la verdad y al amor. Es como el fuego que purifica el oro, el metal precioso, con el que estamos hechos

 

Por eso, un buen cristiano muy a seguido incomoda. Cuando nos bautizan -y nos entregan la luz de Cristo en forma de fuego-,  el celebrante nos recuerda que tenemos la dignidad de sacerdote, profeta y rey.

 

Justamente, la vocación profética que tenemos nos hace promotores de justicia, nos impulsa -o debería impulsarnos- a denunciar las injusticias, los atentados a la vida y a la dignidad humana.

 

Cuando vivimos esa misión coherentemente, entonces corremos la suerte de los profetas del Antiguo Testamento. Jeremías fue lanzado en un pozo de lodo.

 

En la historia de la Iglesia tenemos muchos santos que fueron tratados así, hombres y mujeres que fueron incluso encarcelados por sus propios hermanos de comunidad pero que ahora son santos.

 

Por eso, este domingo Jesús nos está pidiendo coherencia, una vivencia profunda y honesta de nuestra fe, y no tenemos que confundirnos con los caprichos y la violencia del mundo.

 

Pidamos al Señor, que su FUEGO purifique todo lo que nos corrompe y alejan de Él y de nuestros hermanos.

 

Amén.

POR ARIEL BERAMENDI

Infodecom
Infodecomhttp://www.infodecom.net
Información de la Comunidad infodecom@gmail.com desde el 2006 informando y formando
ARTÍCULOS RELACIONADOS
- Publicidad -spot_img
- Publicidad -spot_img

Más de este autor