Santa Cruz

Homilía de Monseñor Sergio Gualberti, 03-03-2013

Hermanos y hermanas, en estos días en todas las Iglesias del mundo se han elevado oraciones de agradecimiento a Dios por el Papa. También nosotros nos unimos con nuestra acción de gracias sincera y profunda a Dios, por el don de Benedicto XVI, un Papa que se une la larga lista de sus grandes predecesores que han marcado profunda y favorablemente a la vida de la Iglesia durante varios siglos, y que ha cumplido con solicitud la vocación de ser el “visible y perpetuo fundamento de la unidad de la fe y de comunión” (LG 18).

Son muchos los motivos para agradecer a Dios por el papa Benedicto, me limito esta mañana a recalcar sólo algunos aspectos de su persona y pontificado, reflejados en las palabras de estos últimos días, suficientes para apreciar la figura de este gran Pontífice.

En cuanto a su persona en primer lugar quiero resaltar su fe inquebrantable en la presencia providente de Dios en nuestra vida y en la de la Iglesia: “Tengo una gran confianza porque se, sabemos todos, que la Palabra de verdad del Evangelio es la fuerza de la Iglesia, su vida.” En estos ocho años “puedo decir que el Señor realmente me ha guiado, he podido percibir cotidianamente su presencia.” La centralidad de la fe en Dios a lo largo de su vida y ministerio lo ha motivado a proclamar el “Año de la Fe” que estamos viviendo en toda la Iglesia Católica.

Su vida de fe ha sido alimentada por la oración constante: “Por lo que a mi concierne, también en el futuro, quisiera servir de todo corazón a la Santa Iglesia de Dios con una vida dedicada a la oración. El Señor me llama a “subir a la montaña”, dedicarme aún más a la oración y a la meditación”.

Esta vida de intimidad con Dios se ha reflejado en su actitud de hombre sencillo, humilde, sincero y de conciencia recta. Así decía al inicio de su pontificado: “Soy un simple y humilde trabajador de la viña del Señor.” Y al terminar: “Después de haber examinado ante Dios reiteradamente mi conciencia, he llegado a la certeza de que, por la edad avanzada, ya no tengo fuerzas para ejercer adecuadamente el ministerio cetrino”. Y en el encuentro con los Cardenales después de su renuncia ha “prometido su incondicionada reverencia y obediencia al nuevo Papa”.

Esa humildad, sin embargo ha estado unida a una gran valentía en tomar la decisión histórica de renunciar, pero también en impulsar el necesario proceso de transparencia y purificación en la Iglesia, así como en tomar las debidas medidas disciplinares ante los casos de pedofilia y otros abusos. “He dado este paso con plena conciencia de su importancia y también de su novedad, pero con una profunda serenidad de ánimo. Amar a la Iglesia significa también tener el valor de tomar decisiones difíciles, sufridas, teniendo siempre delante el bien de la Iglesia y no de uno mismo… No abandono la cruz, sino que quedo de una nueva manera junto al del Señor crucificado”.

El Papa ha tenido un amor incondicional a la Iglesia, entregándole lo mejor de si mismo: “El misterio de la Iglesia, constituye para nosotros la razón y la pasión de la vida”. Y para la Iglesia y la humanidad toda ha puesto al servicio los grandes dones de su mente penetrante y prodigiosa, como gran intelectual que ha sabido transmitir las verdades más profunda con lenguaje comprensible a todos.

Con la preocupación de cumplir con el mandato del Señor:”Que todos sean uno, para que el mundo crea”, ha seguido los pasos de los últimos Papas impulsando la comunión y el diálogo ecuménico con las Iglesia y confesiones cristianas, y al mismo tiempo el diálogo interreligioso con las demás religiones, para promover juntos el bien común y la paz para la humanidad.

Su mirada no se ha quedado encerrada en el ámbito de la Iglesia, por el contrario, movido por su anhelo evangelizador, a lo largo de estos años ha ido al encuentro del hombre de hoy, ha sabido prestar una atenta escucha del mundo moderno y sus problemáticas, entablando un fructuoso diálogo con el mundo de la cultura, de la ciencia. Se ha abierto a los grandes cambios vehiculados por la globalización, y no ha dudado en recurrir también a los modernos MCS como twitter para que los usuarios pudieran “experimentar siempre el gozo de poner a Cristo al centro de sus vidas”.

Ante la cultura seculariza que se va extendiendo en el mundo, Benedicto XVI ha lanzado, como gran tarea para la Iglesia, la nueva Evangelización, dando prioridad al anuncio de la palabra de Dios. Podemos decir que ha sido el Papa de la Palabra, palabra meditada, orada y vivida. Es incalculable el número de mensajes, discursos, catequesis, el Ángelus de todos los Domingos que ha pronunciado, pero también una gran abundancia de palabra escrita: 3 encíclicas, 4 exhortaciones y muchas cartas apostólicas, una mina de enseñanzas a explorar y que seguirán iluminando el caminar de nuestra Iglesia.

En todo ese ministerio de la Palabra, ha transmitido el Evangelio de Dios buscando de hacerlo accesible y atrayente para el hombre de hoy, en el máximo respeto y fidelidad a la verdad, consciente de que el deposito de la Fe cristiana le fue encomendado, como un legado a custodiar y no como algo del que podía disponer libremente.

También, como gran teólogo, ha tenido una vasta producción, cientos de libros y publicaciones. Su última fatiga y regalo: los tres volúmenes del “Jesús de Nazareth”, textos que nos presentan una cautivante visión de la persona de Jesús de Nazareth, el Hijo de Dios.

En el ejercicio de su Pontificado también ha estado presente la preocupación por los pobres. En su discurso inaugural de Aparecida en el 2007 en Brasil, afirmó: “La opción preferencial por los pobres está implícita en la fe cristológica en aquel Dios que se ha hecho pobre por nosotros, para enriquecernos con su pobreza (cf. 2 Cor 8,9)”.  Por eso, los cristianos como discípulos y misioneros estamos llamados a contemplar, en los rostros sufrientes de nuestros hermanos, el rostro de Cristo que nos llama a servirlo en ellos: “Los rostros sufrientes de los pobres son rostros sufrientes de Cristo”.

En estos años Benedicto XVI ha cumplido su misión como auténtico “siervo de los siervos de Dios” título muy significativo asignado a los Papas. Su renuncia, nos dice: “No significa abandonar a la Iglesia, por el contrario, si Dios me pide esto, es justamente para que yo pueda seguir sirviendo a la Iglesia con la misma dedicación y el mismo amor con él que lo he hecho hasta ahora, pero en un modo más adecuado a mi edad y mis fuerzas”.

Tan sólo mirando a este cuadro resumido de una manera serena, no se pueden entender tantas voces que por ignorancia o por mala conciencia han especulado acerca de los móviles de la renuncia del Papa, con una injustificada desconfianza hacia su palabra. Lo lamentable es que hay varios católicos que con ligereza han prestado atención a esas voces, e incluso no faltan algunos que hablan del Papa y la Iglesia con animosidad como si ellos no fueran parte del mismo Pueblo de Dios.

La Palabra de Dios de la Cuaresma nos llama a tener una mirada de fe sobre los acontecimientos de la vida, personal, comunitaria y social, para descubrir en estos hechos la presencia compasiva y misericordiosa de Dios, que baja del cielo para compartir el sufrimiento de su pueblo y para liberarlo de toda clase de esclavitud.

Esa actuación de Dios es un llamado apremiante y urgente a la conversión, a cambiar nuestra manera de pensar y actuar, a pensar de acuerdo al Evangelio del amor y la misericordia y a ser parte activa de la vida de nuestra Iglesia, nuestra gran familia. Vivamos como pueblo de Dios que ha sido salvado y liberado de tantas esclavitudes, de los ídolos del poder y del tener, dando así testimonio que es posible vivir como hermanos y compartir solidariamente con los más pobres, derribando los muros que nos dividen y desterrando toda clase de injusticia.

Termino con las últimas palabras como Papa pronunciadas en Castel Gandolfo: “Ya no soy más Pontífice sumo de la Iglesia católica…. Soy sencillamente un peregrino que inicia la última etapa de su peregrinación en esta tierra. Pero todavía quisiera con mi corazón, con mi amor, mi oración, mi reflexión, con todas mis fuerzas interiores trabajar por el bien común y el bien de la Iglesia y de la humanidad… Siento que llevo a todos en la oración”.

Nosotros también lo llevamos en nuestro corazón y nuestra oración así como oramos por nuestro querido Cardenal Julio y todos los Cardenales para que el Espíritu Santo los ilumine y guie en la gran responsabilidad que les espera. Amén

Oficina de prensa del Arzobispado de Santa Cruz.