InicioArchivoEs posible lograr un mañana mejor para las víctimas de la injusticia:...

Es posible lograr un mañana mejor para las víctimas de la injusticia: Mons. Sergio Gualberti

Es tiempo de dejar a un lado los criterios mundanos del poder, riquezas y la fama
  

 

Jesús exige un cambio radical en nuestra manera de vivir, pensar y actuar

 

 

La vida cristiana no es el paraíso ya alcanzado sino la meta por alcanzar

 

Homilía de Mons. Sergio Gualberti
Arzobispo de Santa Cruz
Marzo 13 de 2022

El último viaje de Jesús a Jerusalén

En este 2do. Domingo de Cuaresma, el Evangelio nos presenta un hecho trascendental en la vida de Jesús durante su último viaje a Jerusalén, donde le espera la pasión, muerte y resurrección, sucesos que Él había anunciado a sus discípulos con anterioridad. Jesús sube al monte Tabor para hacer oración en comunicación filial con el Padre. Lo acompañan Pedro, Juan y Santiago, los apóstoles testigos de los hechos más decisivos de su misión y que estarán también a su lado en la huerta del Getsemaní.

La transfiguración de Jesús, signo de gloria como hijo de Dios

Mientras está en oración, el rostro y toda la persona de Jesús se transfiguran y se vuelven muy resplandecientes, signo de su gloria como Hijo de Dios. A su lado aparecen Moisés y Elías, testigos y representantes de la ley y los profetas del Antiguo Testamento, en señal de su aprobación a la misión que Jesús está llevando a cabo.

Con Jesús, la nueva Alianza ya no es en base a una ley sino al amor

De pronto una nube envuelve a los tres pero, Moisés y Elías desaparecen; su presencia ya no es necesaria. Ahora Jesús es el profeta definitivo que va a encabezar el nuevo éxodo, el legislador que sanciona la nueva Alianza no en base a una ley sino al amor, el hijo de Dios que libera a la humanidad del pecado y la muerte, que trae vida nueva y que cumple a plenitud el plan de salvación.

Jesús al elegir libremente el camino del sufrimiento recibe el respaldo del Padre

De pronto de la nube sale una voz: “¡Este es mi hijo, el Elegido. Escúchenlo!”. Con estas solemnes palabras, las mismas que resonaron en ocasión del bautismo de Jesús en el río Jordán, Dios Padre revela a los tres discípulos el corazón del misterio de Jesús:Este es mi Hijo”. El hecho que el mismo Dios testimonie que Jesús de Nazaret es en verdad su Hijo, para la fe de los discípulos es más decisivo que su experiencia de vida junto a Él. Ahora ellos están en condición de comprender la comunión única y total que existe entre el Padre y el Hijo y que Jesús, al elegir libremente el camino del sufrimiento, recibe el respaldo del Padre y la ratificación de su misión.

A Jesús le toca cumplir el plan de salvación que pasa por la cruz

A continuación la voz de Dios hace seguir un llamado: “Escúchenlo”. Jesús es la nueva ley, la Palabra llena de amor y definitiva del Padre, por eso hay que acogerla y hacerla norma de vida. “Cuando se oyó la voz, Jesús estaba solo”. ¡Sí! Él “está solo”, porque a Él solo le toca subir a Jerusalén y cumplir el plan de salvación que pasa por la cruz. Es su hora y de nadie más.

Después de la cruz, la Gloria del Padre

La escena de la transfiguración de Jesús, llena de luz y de misterio, representa con anticipo lo que le espera después de su crucifixión: la dicha plena de la Gloria del Padre y el señorío eterno sobre la humanidad y el universo entero.

No se puede atrapar la gloria de Cristo para siempre sin pasar por la cruz

Los tres discípulos están felices porque están disfrutando de la gloria del Resucitado. Es tanta la dicha y la intensidad de esa experiencia que Pedro busca anticipar los tiempos atrapando para siempre la gloria de Cristo sin pasar por la cruz: “Maestro, que bien estamos aquí! Hagamos tres carpas, una para ti, otra para Moisés y otra para Elías”.

Le quitarán la vida y al tercer día resucitará

Él no entiende el sentido de lo que está pasando: “Él no sabía lo que decía”, y ha olvidado incluso la advertencia hecha por Jesús unos días antes: “El Hijo del Hombre tiene que sufrir mucho y ser rechazado por la autoridades… le quitarán la vida y al tercer día resucitará”.

Es difícil asumir la realidad del dolor y de la cruz de Jesús

Como para Pedro, también para nosotros es difícil asumir la realidad del dolor y de la cruz de Jesús, porque pensamos que sería más fácil creer en Él como nuestro Salvador si se manifestara triunfante y glorioso. Pero Jesús nos indica sin reservas cuales son los pasos para ser sus discípulos: “Si alguno quiere seguirme, que se niegue a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga”.

Jesús exige un cambio radical en nuestra manera de vivir, pensar y actuar

La propuesta de Jesús exige hacer un cambio radical en nuestra manera de vivir, pensar y actuar, como se nos ha pedido al inicio de la cuaresma al recibir las cenizas sobre nuestras cabezas: “Conviértete y cree en el Evangelio”.

Sólo poniendo nuestra confianza en Jesús, podremos seguirlo

Convertirnos es hacer converger todos los aspectos de nuestra vida en el centro unificador que es Jesús y su Evangelio, el faro siempre encendido que ilumina todo nuestro caminar. Solos no podemos dar este paso. Hace falta que el Señor purifique nuestro corazón y mirada interior y nos fortalezca en la fe para descubrirlo presente en nuestra vida e historia cotidiana. Solo poniendo nuestra confianza en Jesús, podremos seguirlo al igual que los tres discípulos que, al bajar del monte, lo acompañaron en el camino hacia la muerte y resurrección en Jerusalén.

Al final de nuestra peregrinación por el mundo nos espera la gloria de la vida nueva en Dios

Lo que nos espera al final de nuestra peregrinación en este mundo, donde no faltan sufrimientos, desengaños y pruebas, no es la nada de la muerte sino la gloria de la vida nueva en Dios, transfigurada y feliz, como dice San Pablo a los cristianos de Corinto: el Señor “transformará nuestro pobre cuerpo mortal, haciéndolo semejante a su cuerpo glorioso”. Por eso, hay que emprender el camino de la conversión con la certeza de que es posible transfigurarnos en imagen de Dios, no por nuestra obra sino abriendo nuestro corazón a la acción santificante del Espíritu Santo.

Es tiempo de dejar a un lado los criterios mundanos del poder, riquezas y la fama

La cuaresma es el tiempo propicio para subir al monte Tabor, hacer esa experiencia maravillosa junto a los tres discípulos, poner nuestra mirada y confianza en él, elevarnos sobre el mal, el odio y la mezquindad, dejar a un lado los criterios mundanos del poder, las riquezas, la fama y tantos otros ídolos, y desinstalarnos de la mediocridad, la superficialidad y la indiferencia ante tantos hermanos y hermanas sufridos y necesitados.

El encuentro con Jesús nos abre las puertas de la eternidad

El encuentro con Jesús transfigurado, nos da la fortaleza para superar las dudas y temores, transfigurar nuestra mente, nuestro corazón y nuestro obrar, y, sobre todo, nos abre las puertas de la eternidad y participar de su “gloria”.

La vida cristiana no es el paraíso ya alcanzado sino la meta por alcanzar

Jesús transfigurado es nuestra esperanza, el Señor que nos impulsa a caminar con perseverancia y firmeza junto a él para que nos transfiguremos en hombres nuevos. Su cercanía hace más ligero el camino, aunque crucemos por percances y sufrimientos, porque la vida cristiana no es el paraíso ya alcanzado sino la meta por alcanzar.

Es posible lograr un mañana mejor para las víctimas de la injusticia

La palabra de Dios de este domingo nos dice que es posible transformarnos y transformar al mundo desfigurado, atemorizado y desorientado por tanto odios, violencias, guerras y por el vacío de un horizonte certero de paz y lograr un mañana mejor para las víctimas de la injusticia, los oprimidos y decaídos, solo si no perdemos la esperanza y seguimos firmes en nuestro camino junto al Señor hasta llegar a “ser ciudadanos del cielo”, nuestra meta dichosa y definitiva. Amén

ARTÍCULOS RELACIONADOS
- Publicidad -spot_img
- Publicidad -spot_img

Más de este autor