Internacional

El Papa: los laicos no son miembros de segunda en la Iglesia

El Concilio Vaticano II «no ve a los laicos como si fueran miembros de ‘segundo orden’, al servicio de la jerarquía, y simples ejecutores de ‘órdenes’», sino como «discípulos de Cristo», capaces de llevar el Espíritu evangélico al mundo que pertenecen. Lo subrayó Papa Francisco en un mensaje enviado al cardenal Stanislaw Rylko, Presidente del Pontificio Consejo para los Laicos, en ocasión de la jornada de estudio organizada por el dicasterio vaticano, en colaboración con la Pontificia Universidad de la Santa Cruz, sobre el tema «Vocación y misión de los laicos. A cincuenta años del Decreto Apostolicam actuositatem».

«Su congreso -escribió Jorge Mario Bergoglio- se sitúa en el marco del 50 aniversario de la conclusión del Concilio Vaticano II, evento extraordinario de gracia, que, como afirmó el beato Pablo VI, tuvo ‘el carácter de un acto de amor; de un gran y triple acto de amor: hacia Dios, hacia la Iglesia, hacia la humanidad’. Esta renovada actitud de amor que inspiraba a los Padres conciliares también llevó, entre sus múltiples frutos, a una nueva manera de ver la vocación y la misión de los laicos en la Iglesia y en el mundo, que encontró magnífica expresión principalmente en las dos grandes Constituciones conciliares ‘Lumen gentium’ y ‘Gaudium et spes’. Estos documentos fundamentales del Concilio consideran a los fieles laicos dentro de una visión de conjunto del pueblo de Dios, al que pertenecen junto con los miembros de la orden sacra y con los religiosos, y en el que participan, a su manera, de la función sacerdotal, profética y real de Cristo mismo. El Concilio, pues, no ve a los laicos como si fueran miembros de ‘segundo orden’, al servicio de la jerarquía, y simples ejecutores de ‘órdenes desde lo alto’, sino como discípulos de Cristo, que en fuerza de su Bautismo y de su natural inserción ‘en el mundo’, son llamados a animar cualquier ambiente, cualquier actividad, cualquier relación humana según el espíritu evangélico, llevando la luz, la esperanza, la caridad recibida de Cristo a aquellos lugares que de otra manera permanecerían ajenos a la acción de Dios y abandonados a la miseria de la condición humana. Nadie mejor que ellos puede desempeñar la tarea esencial de ‘inscribir la ley divina en la vida de la ciudad terrena’».

En este sentido, el decreto «Apostolicam Actuositatem» sobre el apostolado de los laicos recuerda que «el anuncio del Evangelio no es reservado a algunos profesionistas de la misión, sino que debería ser un anhelo profundo de todos los fieles laicos, llamados -subrayó el Papa- en virtud de su Bautismo, no solo a la animación cristiana de las realidades temporales, sino también a las obras de explicativa evangelización, de anuncio y de santificación de los hombres».

El Concilio Vaticano II, como todo Concilio, «interpela a cada generación de pastores y de laicos, porque es un don inestimable del Espíritu Santo que debe ser acogido con gratitud y sentido de responsabilidad: todo lo que nos ha sido dado por el Espíritu y transmitido por la Madre Iglesia siempre debe ser nuevamente comprendido, asimilado y calado en la realidad», escribió el Papa en el mensaje firmado el pasado 22 de octubre, memoria de San Juan Pablo II, y que fue difundido hoy por la Sala de Prensa vaticana. «Aplicar el Concilio, llevarlo a la vida cotidiana de cada comunidad cristiana: era esta el ansia pastoral que siempre animó a san Juan Pablo II, como obispo y como Papa. Durante el Gran Jubileo del 2000, él dijo: ‘Una nueva estación se abre frente a nuestros ojos: es el tiempo de la profundización de las enseñanzas conciliares, el tiempo de la cosecha de todo lo que los Padres conciliares sembraron y la generación de estos asó ha custodiado y esperado. El Concilio Ecuménico Vaticano II fue una verdadera profecía para la vida de la Iglesia; seguirá siéndolo durante muchos asó del tercer milenio apenas comenzado’». Francisco concluyó expresando el deseo de que este congreso «sea estímulo para que todos (pastores y fieles laicos) tengan en el corazón la misma ansia de vivir y poner en práctica el Concilio, para llevar al mundo la luz de Cristo».