Santa Cruz

Homilía que el obispo de San Ignacio, Roberto Flock, ha pronunciado el domingo 15 de septiembre 2019: Invitados al banquete

Presentamos la homilía que el obispo de San Ignacio, monseñor Roberto Flock, ha pronunciado el domingo 15 de septiembre 2019,  24 del Tiempo Ordinario 

Invitados al banquete

Queridos hermanos.

Me acuerdo una experiencia de Hijo Pródigo en mi propia familia. Resulta que mi hermano mayor, cuando tenía unos veinte años, salió una noche con sus amigos, y por borracho, perdió el control de su auto en una curva, y chocó la barranca. Gracias a Dios nadie murió, pero mi hermano y sus compañeros tenían muchas cortaduras en sus rostros, quedando costurados como Frankenstein, y el costo para arreglar el auto era mayor que su valor, entonces una pérdida total. Los demás hermanos estuvimos muy indignados por este hecho y especialmente por su borrachera, que no fue la primera vez, ni su primer accidente. Pasaron algunas semanas, y a mi padre le toco comprar una vagoneta, cero kilómetro, para el negocio. Toda la familia (somos 11 hermanos) fuimos a recoger la movilidad. Pensamos que mi padre lo traería y que nuestra madre conduciría el auto, pero al momento de volver a casa, mi padre entregó las llaves de la vagoneta nueva a mi hermano mayor, sorprendiéndolo a él y a todos nosotros. Con este gesto, le restauró su confianza para manejar y su estatus como hijo mayor. De lo que yo sé, mi hermano mayor jamás tuvo otro accidente por manejar borracho. Me acuerdo haber reflexionado que mi padre había sido muy sabio, y que había actuado como el Padre de la parábola del Hijo Pródigo.

Resulta que unos 25 años después, este mismo hermano, con su mujer, se dirigían a una reunión por los 35 años de bachillerato de su mujer. Al querer adelantar a un grupo de motociclistas, perdió el control del auto, salió de la carretera y chocó de frente una barranca. No había nada de bebida alcohólica; creemos que fue demasiado a la izquierda para pasarlos, y saliendo la rueda de la calzada, reaccionó, compensando demasiado, y salió por la derecha. Mi hermano sufrió graves heridas en uno de sus pies que le causa problemas hasta ahora, pero su mujer falleció al instante. Dos o tres días antes yo había llegado de vacaciones, y me acuerdo haber ido con mis padres para ver a mi hermano en el hospital, que en este momento está, en camilla en el hospital, a lado de su mujer ya muerta. Me acuerdo como al entrar donde ellos, mi padre no pudo contener sus lágrimas. Fue la única vez en mi vida que lo vi llorar. Un año más tarde falleció mi padre, producto de un cáncer del pulmón. Como sacerdote, me tocó presidir la misa de exequias para mi padre. En la homilía, entre otros incidentes, recordé a estos, porque para mí son experiencias que no solamente revelaba el corazón y alma de mi papa, sino también los sentimientos de nuestro Padre celestial.

La parábola del Hijo Pródigo,

que cuenta Jesús, va en la misma línea. Los detalles del hijo menor que hizo estupideces, y del hijo mayor resentido, ponen de relieve la actitud del padre, que los ama a ambos, y que se estremece por ambos.

¿Cómo no va a regocijar cuando el extraviado vuelve, sano y salvo? ¿Cómo no va a rogar al otro al verlo también perdido, por su indignación y rencor, que es otra manera de perder a un hijo? La verdad es que Dios sigue de cerca la vida de cada uno de nosotros, queriendo en todo momento que encontremos el camino de felicidad. Aunque nos dé los diez mandamientos, y comparte su sabiduría a través de la santa Biblia, y más que todo en las enseñanzas del mismo Jesús, nos entrega las llaves de nuestra propia vida, esperando que sepamos conducirla con prudencia, para llegar a nuestro destino sano y salvo.

Lamentablemente, no todos llegan sanos y salvos. Cometemos errores que provocan sufrimientos propios y ajenos, aunque sobre todo a las personas más cercanas y queridas. Tenemos complejos, vicios, terquedades, cegueras, ambiciones y codicias de manera que llevar una vida sin pecado nos resulta casi imposible. A veces somos muy duros de corazón, como para reconocer un error y corregirnos. Milagro que Dios no hecha la toalla para semejante causa perdida.

San Pablo, el gran Apóstol, reflexionando sobre su propia experiencia, observa: “Es doctrina cierta y digna de fe que Jesucristo vino al mundo para salvar a los pecadores, y yo soy el peor de ellos. Si encontré misericordia, fue para que Jesucristo demostrara en mí toda su paciencia, poniéndome como ejemplo de los que van a creer en Él para alcanzar la Vida eterna.”

Acaso esto no es el caso para todos nosotros.

A veces somos como el hijo mejor de la parábola de Jesús, queriendo nuestra parte de la herencia, es decir, de la vida, sin saber administrarla sabiamente. Otras veces somos como el hijo mayor, enojado y resentido, creyendo que somos víctimas de toda clase de injusticia, incapaces de percibir el amor de Dios, incapaces de amar al hermano.

Pero Dios, no hecha la toalla, no se rinde.

Es un Padre lleno de amor. Espera nuestro retorno, aunque sea de lejos, y celebra cada gota de arrepentimiento, y mientras tanto sigue rogando con esperanza que los resentidos también cambien de actitud.

Cómo último esfuerzo, nos envió otro Hijo,

uno semejante a nosotros en todos menos el pecado. Uno que llora frente a la tumba de Lázaro, y frente a la tragedia de Jerusalén, uno que se alegra frente a los pequeños y sencillos, uno que comparte la vida de manera apasionada, y al mismo tiempo es capaz de renunciar lo que normalmente apasiona a todos para asumir otra pasión, aquella de la cruz, donde comunicará la eterna misericordia del Padre con su último respiro. El se ofrece como el ternero engordado de la Parábola, sacrificado para la fiesta de la alegría.

Pero la Parábola quedó inconclusa.

El padre ruega al hijo entrar a la fiesta. ¿Cambió su actitud? No lo dice Jesús, porque la parte final de la parábola depende de cada uno de nosotros.  Dichosos los invitados al banquete del Señor.