Análisis

Javier Gómez: El dinero no resucita

El dinero no resucita

El cine norteamericano demostró que, a lo único que el dinero resucita es a los personajes que dan taquilla, en especial los espantos. Si una saga de miedo se hace popular, no hay elemento religioso que logre matarlo, solo lo mata el hartazgo de un público que nunca sabe lo que quiere hasta que lo ve y luego se aburre, o una mala decisión de una compañía que decide usar algo popular para adaptarlo a una ideología de turno (como la de género) y crear un intragable guión que mata la saga. Casos como la muñeca Anabel y Terminator, por mencionar algunos, aunque hay cientos, lo prueban. El caso más reciente, la última entrega de los Ángeles de Charlie, a la que nada se le salva.

Para el resto de los mortales, es decir nosotros, ser avaros, aparte de ser esclavizante, no nos sirve ni nos ayuda. El dinero, que es para muchos una religión, con más fe en el valor de un papel que en cualquier otro poder ultraterreno, es incapaz de resucitar a alguien.

Aunque actualmente haya, historias, leyendas, sagas y películas que alimenten la fantasía de que se pueden hacer grandes travesías, viajes fantásticos y conseguir objetos que pueden devolver de la muerte a alguien, ella sigue siendo inevitable, y de los principales elementos que, si lo tomásemos en serio, le darían sentido verdadero a la vida.

Los faraones fueron enterrados con sus riquezas, esclavos y demás; las pirámides fueron concebidas como especies de “naves de transporte” hacia el otro mundo, para que el faraón pudiese ir sin pasar incomodidad alguna hacia el más allá. Se sabe hoy que la mayoría de esos tesoros fueron aprovechados en su mayoría por profanadores de tumbas y el resto, lo poquito que se salva, por museos donde, si no fuera por el dato histórico, serían enormes monumentos a una estúpida creencia, que, al menos no lo fue tanto en cuanto a que sí había conciencia de la muerte y le daba propósito a ese estilo de vida.

Si bien es cierto que la expectativa de vida es mayor que en años anteriores, incluso en los países de peor calidad de vida, no se ha logrado ni se logrará, créeme, la inmortalidad. Hasta ahora el transhumanismo es una fantasía, y cada avance que anuncia es un paso que deshumaniza, pero que no logra su cometido.

Piensa en esta última ironía: dejar algo “en herencia”, corrobora que quien lo deja lo hace porque no se lo puede llevar. Compartir algo acumulado, por la cercanía de la muerte, nunca será tan meritorio como compartilo de corazón y porque te nace. Pablo de Tarso ya lo dijo, ¡hace más de dos mil años!: Si reparto entre los pobres todo lo que poseo, y si entrego mi cuerpo para que lo consuman las llamas, pero no tengo amor, nada gano con eso (1Cor 13,3).

No acumules dinero, ¡ama! Y aprende a ser feliz con lo que Dios te ha dado. Quien se abandona en Dios tiene a Dios, y esa será siempre la mayor riqueza, porque es en sí mismo el Amor mayor, y es un Padre providente que nunca abandona. Dios te bendiga.

Autor: Diác. Javier Gómez Graterol, SSP