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EDITORIAL: ¿VIVIR BIEN?

Los medios de comunicación debemos contribuir, desde la necesaria y deseada libertad de información, a ser el grito de quienes padecen tanta exclusión, tanta precariedad, tanto sinsentido en sus vidas

Una mirada, incluso superficial, a los medios de comunicación que cada día abordan nuestra atención, nos hace pensar en el talante combativo en que está inmersa la realidad nacional.

No hay jornada que no nos regale la crónica del enjuiciamiento a algún opositor político, las declaraciones de cierto sector social que planea la correspondiente marcha o bloqueo para conseguir sus reivindicaciones, la interminable retahíla de declaraciones que quieren descalificar las ideas o palabras del adversario de turno, la grosera delincuencia callejera que se cobra una vida por un celular, el dramático accidente de alguna flota que lleva el luto a más de una familia… ¿Qué decir del narcotráfico o la corrupción que son invitados obstinados en nuestros almuerzos y tertulias?

Y no menos pensamos respecto de la realidad internacional. Ya no sólo es el miedo al temido terremoto que puede abrir la tierra en cualquier punto del planeta, sino que el lacerante terrorismo -político o religioso- nos pone un nudo en la garganta, difícil de digerir.

La abundancia de tanta noticia conflictiva, y con titulares en mayúsculas, esconde, disimula, esas otras reseñas cuyos protagonistas humildes son personas de carne y hueso, con su pequeña o gran tragedia a cuestas. Nuestro país andino y valluno, colla y camba, quechua y guaraní, guarda celosamente un sinfín de historias que, en verdad, son las que debieran marcar los ritmos de acción de nuestros gobernantes, de los opositores, de la policía, de los intelectuales, del ejército… de la Iglesia también.

Así, por ejemplo, diversos medios -entre ellos INFODECOM- se hicieron eco esta semana de un niño sucrense que con cuatro años sufrió la mordedura de un perro callejero mientras disputaba con el animal comida desechada. Internado en un hospital de la capital, su mamá no tiene mejor suerte: enferma, sin trabajo y sin entender el estado clínico de su hijo y el de ella misma.

Podríamos llenar diariamente páginas y páginas, impresas o digitales, con noticias parecidas. Sus protagonistas: niños trabajadores sin apenas escolarización, abuelitos que piden una limosnita en las esquinas de nuestras plazas, mamás que se quedaron sin esposo por el reclamo de un mejor trabajo en el extranjero, niños de la calle expuestos a mil peligros inimaginables. Y lo peor: esa especie de ambiente de desamor que va carcomiendo las ilusiones y bondades de muchos corazones.

Y todo ello en este paraíso del “vivir bien”, cliché proclamado a los cuatro vientos, sin recato y sin rubor.

Nuestros Obispos en su última Carta Pastoral –Los católicos en la Bolivia de hoy: presencia de esperanza y compromiso– son claros. En el número 63 señalan: Seguimos viendo fuertes desigualdades económicas en nuestra población, entre ricos y pobres, entre el campo y la ciudad y entre los grupos sociales. Añaden cómo la escasez de alimentos y el incremento de los precios agravan esta situación.

Da qué pensar su afirmación de que las necesarias políticas sociales, sin la debida sensibilización y concientización, puedan crear un desinterés de las personas y familias por la solidaridad y la comunión… (nº 64). Además ven los Obispos con angustia la falta de sensibilidad y solidaridad de los más pudientes, porque no asumen la responsabilidad de contribuir más al destino nacional y en la solución de los problemas de los más pobres (nº 65).

Para el cristiano no es aceptable una visión reduccionista del “vivir bien” que limite la realización humana sólo a la satisfacción de las necesidades materiales básicas, sean éstas individuales o colectivas, sino que la visión cristiana se fundamenta en la vida plena prometida por Jesús: “Vine para que tengan vida y vida en abundancia” (nº 37).

Los medios de comunicación debemos contribuir, desde la necesaria y deseada libertad de información, a ser el grito de quienes padecen tanta exclusión, tanta precariedad, tanto sinsentido en sus vidas. En medio de la maraña de noticias “importantes”, escribamos las otras historias, las del auténtico pueblo, el que sufre, para denunciar tropelías e injusticias y favorecer así el genuino “vivir bien”.

Desde nuestra página eclesial INFODECOM, empeñada en plasmar la realidad de la Iglesia de Bolivia y del mundo a partir de la visión cercana de sus propios protagonistas, queremos apoyar en este desafiante reto de la propagación del Reino de Dios, que se siembra en esta tierra y que fructifica plenamente en el cielo (Aparecida, 19 y Carta Pastoral, 6).