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Editorial: El drama de Venezuela es un drama de fe

Lo que sucede en Venezuela es algo que de una u otra forma ha sido noticia en todo el mundo: su actual crisis política y económica habla de una situación cada vez más insostenible que genera escenas que hacen cierto aquel dicho: “a veces la realidad supera a la ficción”. En este caso nos referimos a la escena comprobada, y que luego han intentado desmentir, de los niños durmiendo en cajas de cartón en uno de sus hospitales.

Podemos mencionar muchas causas para el origen de todos sus problemas, pero una de las más importantes, que como creyentes debemos resaltar, es que desde hace tiempo este pueblo, la mayoría de la población, se ha alejado del Dios vivo y verdadero. Y la mayor prueba de esta afirmación está en la gran facilidad con que penetró la santería (satanismo disfrazado) y el gran bazar religioso que a diario se ve con el inmenso crecimiento de sectas y denominaciones “cristianas”, y de todo tipo, que a veces tienen congregaciones del tamaño de estadios.

Tal síntoma sigue diciéndonos que su gente tiene fe, que sigue siendo gente dispuesta a creer aunque lo esté haciendo a través de la vía fácil y cortoplacista: la de una fe con un Dios a la medida y en la que aquella frase enseñada por Jesús en el padrenuestro –hágase tu voluntad así en la tierra como en el cielo– sea orada mecánicamente y sin encontrarle el verdadero sentido.

A lo largo de toda la Biblia se nos enseña que nuestro primer deber es seguir a Dios en un total abandono en Él y con fe en el cumplimiento de sus promesas. Los profetas bíblicos denunciaron hasta el cansancio el alejamiento de su pueblo de Dios, queriendo vivir la fe en medio de un bazar de dioses y materialismos. La religión se estaba convirtiendo en un mero formalismo vacío. Este sendero les llevó a varios períodos de crisis que les hicieron colapsar como pueblo y nación, y en los que muchos murieron, otros fueron desterrados y los que quedaron en su tierra sufrieron indeciblemente.

Para muestra de estos incontables sufrimientos, un botón: Grande fue el hambre en Samaría; era tal la situación que la cabeza de un burro valía ochenta piezas de plata y un puñado de garbanzos, cinco. Cierta vez que pasaba el rey por la muralla, una mujer le gritó: «¡Sálvame, oh rey mi señor!». Este respondió: «Si Yavé mismo no te salva, ¿qué puedo hacer yo? Luego el rey añadió: «¿Qué te pasa?» Ella respondió: «Esta mujer me dijo: Dame tu hijo para que lo comamos ahora, y mañana comeremos el mío. Pues bien, cocimos a mi hijo y lo comimos, pero cuando al día siguiente le digo: Dame a tu hijo para que lo comamos, lo escondió» (2 Reyes 6,25-29).

También se nos muestra que a Dios no le interesa nunca el tamaño de la crisis, por muy grande que sea. Él nos ofrece su Amor y su intervención portentosa si nos volvemos a Él y seguimos sus caminos, puesto que es capaz de abrir posibilidades donde nosotros, como seres humanos, no las vemos: el proyecto del Señor subsiste siempre, sus planes prosiguen a lo largo de los siglos. Es feliz la nación cuyo Dios es el Señor (del Salmo 33, recomendamos leerlo y orarlo completo).

¿Qué podemos reflexionar nosotros de todo esto?

1. Es deber cristiano orar por nuestras autoridades, porque esto nos garantiza vivir una vida “digna” y hace que ellos se mantengan alejados de la corrupción del poder. Así nos lo asegura la Biblia (1 Timoteo 2,1-3): Ante todo recomiendo que se hagan peticiones, oraciones, súplicas y acciones de gracias por todos, sin distinción de personas; por los reyes y todos los gobernantes, para que podamos llevar una vida tranquila y en paz, con toda piedad y dignidad. Esto es bueno y agrada a Dios, nuestro Salvador, pues él quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad.

Dice “todos”, es decir, por todos los gobernantes del mundo. Desde donde estamos podemos orar siempre por quienes ejercen el poder. Esto se aplica también para las próximas elecciones de Estados Unidos, donde los dos candidatos tienen gran rechazo, una por ser pro-aborto y el otro por xenófobo.

Oremos, y no perdamos la constancia.