Análisis Sucre

Editorial -Correo del Sur-: “Religión y folclore”

El Gran Poder

Los habitantes de las ciudades con grandes entradas folclóricas estamos acostumbrados a vincular esas manifestaciones culturales con la fe o, específicamente, con la religión católica. Quizás por eso, es muy común que los integrantes de las fraternidades digan públicamente que bailan, o participan en las entradas, por devoción al señor de tal o a la virgencita de cual.

Pero, por lo que se puede recoger de las palabras de los bailarines, esa fe o fervor religioso sólo se expresa a través del baile y sus derivados; es decir, los ensayos, el lucimiento de ropa –que está directamente vinculado a la apariencia– y, lamentablemente, el consumo de bebidas alcohólicas. No obstante, cuando se les pregunta por el motivo de su fe; es decir, el señor de tal o la virgencita de cual, sólo atinan a responder generalidades. En otras palabras, son muy pocos quienes tienen información sobre las advocaciones para las cuales bailan.

Todavía no se ha determinado con precisión en qué momento de nuestra historia surgieron las danzas folclóricas como una forma de expresar devoción a imágenes del culto católico. Todas las festividades que son motivo para entradas folclóricas tienen orígenes ciertos en el periodo colonial ya que están dedicadas a advocaciones específicas que llegaron con los españoles.

Así, la fiesta de Jesús del Gran Poder se remonta a 1663, año de la fundación del convento de las madres concepcionistas en La Paz, mientras que el Carnaval de Oruro tiene su antecedente cierto en 1789, cuando se entroniza en Oruro la imagen de la Virgen de la Candelaria. En Quillacollo, donde se rinde devoción a la Virgen de Urkupiña, se ubica cronológicamente la leyenda a fines de 1700. En lo que a esta región concierne, la devoción por la Virgen de Guadalupe, en Sucre, se remonta a 1601 mientras que la de San Bartolomé, en Potosí, arranca con la entronización de la imagen del apóstol, en 1589.

No existen referencias ciertas de que, al momento de surgir, las devociones hayan estado acompañadas de por lo menos antecedentes de las danzas folclóricas. Quienes estudian la festividad del Gran Poder afirman que las primeras danzas surgieron en 1923 pero el libro sobre la Villa Imperial de Potosí publicado por Julio Lucas Jaimes en 1901 incluye una fotografía de aparentes bailarines de tobas precisamente en la tradición que habla de San Bartolomé y el Ch’utillo.

Lo cierto es que, en los tiempos actuales, las entradas o desfiles folclóricos adquirieron una popularidad que hizo que se sobrepusieran incluso al motivo de su celebración; es decir, a la devoción al patrono o patrona.

Hoy en día son más importantes las entradas que la fiesta misma. El consumo de bebidas alcohólicas es un denominador común que, como puede confirmar cualquier sacerdote, no tiene nada que ver con los cultos católicos en los que, por el contrario, se exige abstinencia, ayuno y recogimiento.

Con mucha o poca fe, los bailarines se dedican más a la parte lúdica de su fraternidad y no permiten que nada la empañe, ni siquiera la muerte. Pasó en el carnaval de Oruro, cuando el desplome de un puente provocó víctimas, y pasó recién en el convite de Guadalupe, cuando un fraterno falleció mientras participaba en la promesa de fe. En ninguno de los casos se suspendió la entrada. El baile se sobrepuso al respeto a la vida.

Los investigadores han encontrado que cada una de estas fiestas tiene antecedentes prehispánicos e inclusive preincaicos. Así, se pretende explicar el baile, y el consumo de bebidas alcohólicas, con el taki unquy de los pueblos andinos pero nada, ni siquiera una explicación histórica o sociológica, justifica la falta de respeto antes referida.

En los tiempos actuales, las entradas o desfiles folclóricos adquirieron una popularidad que hizo que se sobrepusieran incluso al motivo de su celebración; es decir, a la devoción al patrono o patrona, y hay hechos recientes que lo confirman.

 

[Fuente: Correo del Sur (11-09-18)]

[Imagen: entradasfolkloricas.com]