Santa Cruz

Después de la visita del Papa Francisco a Palmasola

Habla un condenado a 20 años por delitos relacionados con el narcotráfico: “Nada ha cambiado. La maldad siempre está. Usted tiene que entender que esto es una cárcel que está fuera de control, que aquí sobrevive el que tiene y el que sabe manejar la política de estar preso.

Es obvio que el Gobierno hará algunos aumentos al prediario, pero esto seguirá igual, sin ninguna asistencia en ninguna de las áreas importantes, en las que de verdad harían que las cosas cambien. Con la venida del papa a Palmasola hubo adormecimiento lógico, pero nada más”, dice la voz suave y calmada de este hombre que conjugará el verbo adormecer varias veces más antes de colgar el teléfono y pedir que lo vayan a visitar.

Después de la visita del papa a Palmasola, todo volvió a la normalidad en un día, el tiempo que la organización de la visita tardó en llevarse las sillas y en desarmar las tarimas.

En el penal más violento del país volvió la música y el fútbol, dos de las terapias de adormecimiento más efectivas que relata el hombre condenado por narcotráfico, pero que poco hacen para redimir a los asilados en ese purgatorio del sur de la ciudad.

Jimmy Condori, subregente del PC4, la zona que visitó Francisco, sí ve cambio. Observa todo más tranquilo y cree que la visita del pontífice sirvió de desahogo para muchos reclusos. Cree que con solo la visita de Francisco ya muchos están más aptos para volver a la sociedad y ahora espera que el Gobierno haga su parte para ayudarlos a abandonar la delincuencia.

Esa calma, la serenidad, es lo que ha percibido Leandro da Silva, el sacerdote de la Pastoral Penitenciaria que acompaña a los reos del penal todos los días. Cree que ha quedado gozo y alegría dentro de los muros tras la visita de Francisco, pero hasta ahora no ha habido ninguna reunión entre instituciones para mejorar la vida de los presos sin necesidad de hacer grandes inversiones. Eso está aún pendiente.

Los cambios posibles
María Inés Galvis, representante de la Asamblea Permanente de Derechos Humanos en Santa Cruz ve mucho entusiasmo y cree que hay que aprovecharlo, pero sabe que si no hay acciones rápidas, el entusiasmo puede convertirse en frustración.

“Todos quieren estudiar. Los que están sentenciados quieren hacer terapia ocupacional, que les den trabajo, incorporarse a algún oficio que les permita vivir una vez fuera de la cárcel. Incluso se han comprometido a cambiar de conducta, a mejorar la conducta, pero hasta ahora las autoridades no han hecho nada”, explica.

Da Silva tiene más fe. Cree que hay rutas y señales para establecer una nueva agenda de trabajo, para realizar la coordinación institucional que permita mejorar la calidad de vida de los presos, para que los saque la exclusión dentro de la reclusión que vio Francisco.

El sacerdote explica que se necesitan recursos económicos y humanos para propiciar un cambio que se note en Palmasola, mejorar los salones, las aulas de terapia ocupacional, ampliar los pabellones para reducir el hacinamiento.

Estas, aún, son palabras mayores. Un sueño lejano desde la mirada de Galvis, que se frustra al recordar las veces que ha pedido a la Gobernación que mande médicos y compre medicamentos para atender a los presos, las veces que ha llamado a Saguapac para que arreglen el sistema de agua potable o los ruegos que ha hecho a la Alcaldía para que tapien las goteras o arreglen los techos de los pabellones. “Dicen: ‘Ya mandamos’, pero cuando vuelvo a ir a la cárcel no han hecho nada o lo que hicieron no es suficiente.

Eso es exclusión. Si esas cosas no hay, qué se puede esperar que puedan hacer lo que dijo el papa. Tienen que darse cuenta que los que están ahí adentro son seres humanos que necesitan atención, no hay que hacerse los ciegos, los sordos ni los mudos”, reclamó Galvis.

Por eso, Jimmy Condori, cree que es mejor ir paso a paso, solucionar lo pequeño primero para luego pensar en cosas más grandes. Por ejemplo, ya han dado plazo hasta el 10 de agosto para que el prediario, el dinero que da el Estado para la alimentación de cada preso, pase de Bs 6,60 por día a por lo menos Bs 8.

Explica que este es un acuerdo al que han llegado los regentes de las cárceles de los nueve departamentos y que incluso se ha hablado de negociar por cifras cercanas a los Bs 10. Ese es el costo del almuerzo más barato en las pensiones al interior de Palmasola.

“Los únicos que se benefician con el prediario son los que tienen la concesión de Palmasola y la granja de Espejo. Son los únicos que lucran con eso, porque no alcanza para nada y a veces se acaba en los pabellones de adelante. Aquí hay que pagar por todo”, rezonga el condenado por la Ley 1.008.

Condori añade otro punto del pliego petitorio: beneficios para los condenados a 30 años sin derecho a indulto (asesinato), como la posibilidad de redención, extramuro y trabajos de procuraduría. Para ello han puesto plazo para elaborar un proyecto de ley hasta el 1 de septiembre. Más abajo y con menos fuerza está la creación de microempresas carcelarias y educación especial a través de programas de las universidades públicas.

“Estamos mal representados. Los discursos ante el papa fueron mediocres. Piden todo para los que ya somos condenados, pero no se dan cuenta que aquí, la gran mayoría, son presos preventivos”, dice el hombre condenado por narcotráfico.

Reclama que el pliego petitorio leído ante el papa por los presos no hizo foco en el mayor problema que ellos viven: la retardación de justicia, que hace que ocho de cada diez reos de Palmasola no tenga sentencia.
“Falta la presencia de otras instituciones”, admite el padre Da Silva.

La Pastoral trabaja dentro del penal en asesoramiento jurídico, educación formal, asistencia social a los niños y familias de reos, terapia ocupacional y espiritual, pero Da Silva es consciente de que se necesita más presencia del Estado en la cárcel.

Habla otra vez el preso condenado por narcotráfico: “Aquí todo lo hacemos nosotros. El Estado no pone ni un cacahuate. Si no hiciéramos la limpieza viviríamos en un muladar. Aquí nosotros nos encargamos de la conducta y en mi pabellón tenemos controlados a 2.300 procesados.

El Gobierno solo se preocupa por darnos una comida mala y por pagar el agua y la luz. Todo el resto, lo ponemos nosotros”. Eso, aún con las oraciones de Francisco, será difícil de cambiar.