Santa Cruz

Arzobispo de Santa Cruz: “La cercanía de Dios no se mide por el poder, sino por la acogida de los pobres, la ayuda a los débiles y la atención a las heridas de los humillados”

 Desde la Catedral el domingo 19 de septiembre el Arzobispo de Santa Cruz, Mons. Sergio Gualberti afirmó que la cercanía de Dios no se mide por el metro del poder, la investidura o el cargo, sino por él de la acogida de los pobres, la ayuda a los débiles, la solidaridad y la atención a las heridas de los humillados.

Así mismo el prelado aseveró que cuando acogemos a uno de los hermanos marginados y lo servimos en nombre de Dios, no estamos haciendo un don, sino que recibimos a Jesucristo mismo, el don más grande.

También Mons. Sergio aseguró que el Señor nos llama a acoger a los hermanos y hermanas indígenas, mayores, niños, mujeres y ancianos, que desde varios días están marchando hacia nuestra ciudad. Qué encuentren nuestros corazones abiertos y manos solidarias, que no les falte una ayuda humanitaria y sanitaria y que sean escuchados por las autoridades en sus justas demandas en defensa de su tierra y territorio, su identidad cultural y sus formas de organización y normativa propia.

 Jesús nos ha puesto hoy ante el gran desafío de dar testimonio de una nueva manera de realizarnos como personas, sobresaliendo en el servicio a los demás, a la comunidad y en particular a los que la sociedad considera los últimos. Es un reto muy grande que no podemos lograr con nuestras solas fuerzas, por eso, pidamos a Dios que venga en nuestro socorro y nos confirme en nuestro propósito, confiados en lo que nos dice el salmo de hoy, “el Señor es nuestra ayuda y nuestro apoyo verdadero”, dijo el  Arzobispo de Santa Cruz.

 

Homilía de Mons. Sergio Gualberti, Arzobispo de Santa Cruz/19/09/2021

Evangelio de hoy nos presenta a Jesús que, mientras está caminando por la región de Galilea acompañado solo por sus discípulos, hace, por segunda vez, el anuncio de la pasión, muerte y resurrección que le espera en Jerusalén. Su propósito es prepararlos para enfrentar esa triste y dura experiencia y para que, después de su ascensión al Padre, ellos continúen su misión.

Jesús está hablando muy claro y sin tapujos sobre su suerte violenta ya próxima, pero “los discípulos no comprenden” y, lo peor es que no tienen la confianza suficiente para hacerle preguntas. A pesar de que ellos, por largo tiempo, hayan sido testigos presenciales del poder de Jesús sobre las fuerzas del mal, de su entrega generosa en favor de los últimos y marginados de la sociedad y que hayan escuchado sus enseñanzas, sin embargo siguen encerrados en la visión de un Mesías político y militar, por eso no pueden entender ni aceptar que Jesús se presente como el Mesías servidor y sufriente.

Jesús no quiere dejar dudas, por eso, una vez llegados a la casa en Cafarnaúm, pregunta a sus discípulos «¿De qué hablaban en el camino?». Seguramente Él se había dado cuenta del argumento de su conversación, pero ahora quiere que se manifiesten abiertamente. A pesar de su insistencia, “ellos callaban, porque habían estado discutiendo sobre quién era el más grande”.

El contraste entre ellos es muy claro; mientras Jesús está empeñado a anunciar su próxima pasión y muerte, los discípulos están discutiendo para ver quién, entre ellos, tiene la primacía. Su miedo de hablar, indica que ellos no tienen el valor de sincerarse y de preguntarse lo que en verdad están buscando; además se están dando cuenta que sus aspiraciones no están en sintonía con el plan de Dios. Jesús nuevamente toma la iniciativa, “se sienta y llama a los Doce”. El sentarse, es una actitud propia del maestro en el acto de enseñar, por eso él convoca a los discípulos y les dice:  «Él que quiere ser el primero, debe hacerse el último de todos y el servidor de todos». Esta enseñanza de Jesús deja bien en claro cuál es la verdadera grandeza en la comunidad de los discípulos y cuál es el sentido evangélico de la autoridad; ser el primero implica hacerse el último, el servidor de todos, siguiendo el ejemplo de Él que, a pesar de ser el Hijo de Dios, se despojó de su condición divina para asumir la condición humana y ponerse al servicio de todos.

Jesús no condena el legítimo deseo de desarrollo y progreso humano, sino que presenta una vía nueva para hacerlo realidad, una manera muy distinta de la mentalidad del mundo. Si alguien quiere sobresalir, no debe hacerlo a costa de los demás, sino a favor y en bien de los demás y con una actitud concreta de servicio, disponibilidad, entrega y gratuidad.

Entre estas dos formas de sobresalir hay mucha diversidad: la voluntad mundana de poder promueve una situación donde uno se impone y los demás sirven, donde uno sólo sale vencedor y los demás son derrotados y donde uno domina y los demás son sometidos. En toda la historia de la humanidad y hasta el tiempo presente, tenemos innumerables ejemplos de las consecuencias nefastas de esta forma equivocada de entender la autoridad: sistemas dictatoriales, divisiones, luchas fratricidas y guerras.

A esta temática se hace eco también el pasaje de la carta de Santiago que acabamos de escuchar. Este autor sagrado, ante las divisiones y pugnas presentes en la comunidad, se cuestiona y busca encontrar las causas de esos problemas: «¿De dónde provienen las luchas y las querellas entre ustedes?…». En su respuesta, él habla también de los dos tipos de pensamiento y maneras de enfrentar la realidad.

El primero es fruto de una mentalidad terrena, sensual y maligna que provoca divisiones, conflictos y, sobre todo, situaciones de tensión en el corazón humano, que lo hacen vivir insatisfecho: «Ustedes ambicionan, y si no consiguen, matan, envidian, y al no alcanzar lo que pretenden, combaten y se hacen la guerra».

En cambio, la segunda manera de pensar y actuar, inspirada en la sabiduría Divina, lleva a la vida verdadera y se manifiesta a través de las virtudes de la tolerancia, la compasión y la sinceridad y produce frutos de justicia y de paz.

Y Jesús nos dice que, como remedio a las pasiones de la codicia y ambición que asechan nuestro corazón, hay que asumir la actitud de servicio hacia los demás. En el servicio, todos nos beneficiamos recíprocamente de las capacidades y talentos de los unos y los otros. Al sobresalir en el servicio, en vez que ensalzarnos por encima y a costa de los demás, nos elevamos y nos hacemos grandes todos juntos.

Es el ejemplo que el mismo Jesús nos ha dejado, viniendo a este mundo no “para ser servido, sino para servir”. Este es el secreto de sobresalir y dar sentido a nuestra vidacumplir la vocación de servicio que nos propone Jesús.

 Luego Jesús corona su enseñanza con un gesto muy ilustrativo: toma a un niño, lo pone en medio de los Doce y les dice: “El que recibe a uno de estos pequeños en mi Nombre, a mí me recibe”Jesús al identificarse con un niño, que en la sociedad hebraica de entonces no tenía derecho alguno, se identifica con todos los privados de derechos, los marginados. Por eso, lo decisivo no es saber quién es el más grande, sino poner en el centro de interés de la comunidad y sociedad a la persona más débil que debe estar al centro de sus atenciones.

Hoy, a través de la palabra y el gesto de Jesús, Dios se nos ha revelado en la eminente dignidad del pequeño y la grandeza del siervo. Esta verdad vuelca la lógica de las prioridades, los roles y los honores de nuestro mundo. La cercanía de Dios no se mide por el metro del poder, la investidura o el cargo, sino por él de la acogida de los pobres, la ayuda a los débiles, la solidaridad y la atención a las heridas de los humillados. Esto significa que cuando acogemos a uno de los hermanos marginados y lo servimos en nombre de Dios, no estamos haciendo un don, sino que recibimos a Jesucristo mismo, el don más grande.

Con este espíritu de servicio el Señor nos llama a acoger a los hermanos y hermanas indígenas, mayores, niños, mujeres y ancianos, que desde varios días están marchando hacia nuestra ciudad. Qué encuentren nuestros corazones abiertos y manos solidarias, que no les falte una ayuda humanitaria y sanitaria y que sean escuchados por las autoridades en sus justas demandas en defensa de su tierra y territorio, su identidad cultural y sus formas de organización y normativa propia.

 Jesús nos ha puesto hoy ante el gran desafío de dar testimonio de una nueva manera de realizarnos como personassobresaliendo en el servicio a los demás, a la comunidad y en particular a los que la sociedad considera los últimos. Es un reto muy grande que no podemos lograr con nuestras solas fuerzas, por eso, pidamos a Dios que venga en nuestro socorro y nos confirme en nuestro propósito, confiados en lo que nos dice el salmo de hoy, “el Señor es nuestra ayuda y nuestro apoyo verdadero”. Amén

Fuente: Campanas – Iglesia Santa Cruz