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Arzobispo de Santa Cruz exhorta a compartir el pan de la vida, tumbar los muros de la indiferencia y las divisiones para construir puentes de unidad

La palabra de Dios hoy nos colma de asombro con los dos relatos del profeta Eliseo y de Jesús que, con unos pocos panes, sacian el hambre de mucha gente.

En el Evangelio encontramos la otra escena similar. Jesús, junto a sus discípulos, está rodeados por “una gran multitud” de gente deseosa de escuchar sus enseñanzas y de presentarle sus enfermos para que los sane. Esas personas encarnan a la “gran multitud” de pobres y necesitados, enfermos y afligidos que reconocen en Jesús el hombre de Dios en quien poner su fe y esperanza.

A pesar de que Jesús está plenamente ocupado a predicar y a sanar enfermos, sin embargo, se da cuenta que esa gente pobre tiene hambre: “Jesús vio”. Su mirada no es superficial, sino siempre muy atenta a todo el ser humano integral, a las dimensiones espiritual, material y social. Luego toma la iniciativa y pregunta al apóstol Felipe:”¿Dónde compraremos pan para darles de comer?” Jesús quiere provocar en él y en los demás apóstoles la toma de conciencia del problema para que colaboren a solucionarlo.

Felipe le contesta que ni siquiera una gran suma de dinero bastaría para dar un pedazo de pan a cada uno. Sus palabras son las de un hombre práctico y expresan el sentimiento de impotencia ante situaciones que nos sobrepasan como la pandemia actual y que sigue causando la muerte de tantas personas.

Pero, el apóstol Andrés, al enterarse del problema, toma otra actitud y va a averigua si hay personas que llevan consigo comida y encuentra a un niño con cinco panes y dos peces.

El milagro de la generosidad del Señor se hace realidad cuando ponemos a su disposición lo poco o lo mucho que tenemos.

Gracias a la disponibilidad de ese niño y de Andrés, Jesús ahora manda a los discípulos hacer sentar a la gente en grupos, como en comunidad y no como multitud informe. Luego, con gestos solemnes, Jesús toma los panes, da gracias a Dios, los parte y los reparte entre todos y comieron “todo lo que quisieron”.. De esta manera, El anticipa las palabras y la bendición de la institución de la Eucaristía en última cena.

Iglesia cuestiona el sistema injusto donde unos pocos poseen más bienes que el resto de la población y donde el ser humano está sometido al dinero, el ídolo que esclaviza y que pide incluso el sacrificio de la vida de tantas personas

Este mandato del Señor choca con la ley del mercado y el consumismo que rige la economía de nuestro mundo y que provoca al escándalo de cantidades enormes de alimentos que se despilfarran a costa de la desnutrición y el hambre de millones de personas y pueblos enteros.

Aprendamos a “ver” las necesidades de los demás y a ser solidarios con ellos

Siguiendo el testimonio de Jesús, aprendamos a “ver” las necesidades de los demás y a ser solidarios con ellos: “Dénselo a la gente para que coman…”,

Tenemos que poner los talentos que Dios nos ha dado, al servicio del Evangelio y del prójimo.

La tentación de apoderarnos de Jesús, porque nos soluciona los problemas, está presente también en nuestra vida; para vencerla, tenemos que acoger la invitación de Samuel y de Jesús y poner los talentos que Dios nos ha dado, al servicio del Evangelio y del prójimo, para que el Señor los vuelva un don compartido con los demás y un camino de liberación, solidaridad y fraternidad.

Hoy se celebra la primera Jornada Mundial de los Abuelos y Ancianos querida por el Papa Francisco.

Él nos invita a unir nuestras voces a la suya y a la de varones y mujeres de los distintos continentes, lejanos físicamente pero cercano en la fe y en la oración, para invocar el fin de la pandemia y de las guerras y agradecer por el don de una larga vida hecha de gozos y dificultades, pero nunca desprovista de la presencia confortadora de Dios.

Nosotros nos unimos a sus oraciones con un profundo sentido de gratitud, en particular, por los ancianos de nuestro país, por los abuelos y abuelas y por los que están solos o abandonados. Que Dios les pague por todo el bien que han hecho y que no les falte nunca un sustento justo y digno y una mano solidaria y amiga que los acompañe y ayude en el ocaso sereno y digno de su existencia.

Pidamos con toda confianza al Señor que haga realidad en su vida y en la de todos nosotros la invocación del estribillo del salmo que hemos cantado: Abre tus manos Señor y cólmanos a todos con tus bienes.

 

Homilía de Mons. Sergio Gualberti. Arzobispo de Santa Cruz

25/07/2021

La palabra de Dios hoy nos colma de asombro con los dos relatos del profeta Eliseo y de Jesús que, con unos pocos panes, sacian el hambre de mucha gente. El primer episodio nos habla de Eliseo que, habiendo recibido en donación veinte panes, ordena que se los repartan a una multitud reunida a su alrededor. Y ante la objeción de su servidor por la desproporción entre los panes disponibles y la cantidad de personas hambrientas, el profeta insiste:” Dáselo… porque así habla el Señor – Comerán y sobrará-”. Y así fue, todos comieron en abundancia y hubo sobras.

En el Evangelio encontramos la otra escena similar. Jesús, junto a sus discípulos, está rodeados por “una gran multitud” de gente deseosa de escuchar sus enseñanzas y de presentarle sus enfermos para que los sane. Esas personas encarnan a la “gran multitud” de pobres y necesitados, enfermos y afligidos que reconocen en Jesús el hombre de Dios en quien poner su fe y esperanza.

A pesar de que Jesús está plenamente ocupado a predicar y a sanar enfermos, sin embargo, se da cuenta que esa gente pobre tiene hambre: “Jesús vio”. Su mirada no es superficial, sino siempre muy atenta a todo el ser humano integral, a las dimensiones espiritual, material y social. Luego toma la iniciativa y pregunta al apóstol Felipe:”¿Dónde compraremos pan para darles de comer?” Jesús quiere provocar en él y en los demás apóstoles la toma de conciencia del problema para que colaboren a solucionarlo.

Felipe le contesta que ni siquiera una gran suma de dinero bastaría para dar un pedazo de pan a cada uno. Sus palabras son las de un hombre práctico y expresan el sentimiento de impotencia ante situaciones que nos sobrepasan como la pandemia actual y que sigue causando la muerte de tantas personas.

Pero, el apóstol Andrés, al enterarse del problema, toma otra actitud y va a averigua si hay personas que llevan consigo comida y encuentra a un niño con cinco panes y dos peces. Aun sabiendo que esos alimentos son insuficientes para saciar a tanta gente, él se los presenta a Jesús. Su ejemplo nos indica que, ante los problemas, no debemos amilanarnos, sino estar dispuestos a compartir lo que somos y lo que tenemos para encontrar juntos una solución.

Gracias a la disponibilidad de ese niño y de Andrés, Jesús ahora manda a los discípulos hacer sentar a la gente en grupos, como en comunidad y no como multitud informe. Luego, con gestos solemnes, Jesús toma los panes, da gracias a Dios, los parte y los reparte entre todos y comieron “todo lo que quisieron”.. De esta manera, El anticipa las palabras y la bendición de la institución de la Eucaristía en última cena, cuando transformará el pan en su cuerpo y el vino en su sangre y los repartirá a sus discípulos, reunidos en comunidad a su alrededor, como sustento de la fe y alimento de la vida nueva. Este es el milagro de la generosidad que el Señor hace realidad cuando ponemos a su disposición lo poco o lo mucho que tenemos.

A continuación Jesús pide recoger las sobras para que “no se pierda nada”, ya que todo alimento es un don de Dios y fruto del trabajo humano, por eso no se puede desperdiciar nada.

Este mandato del Señor choca con la ley del mercado y el consumismo que rige la economía de nuestro mundo y que provoca al escándalo de cantidades enormes de alimentos que se despilfarran a costa de la desnutrición y el hambre de millones de personas y pueblos enteros. De la misma manera, cuestiona a todo este sistema injusto donde unos pocos poseen más bienes que el restante de la población mundial y donde el ser humano está sometido al dinero, el ídolo que esclaviza y que pide incluso el sacrificio de la vida de tantas personas.

Al respecto Gandhi decía: «En el mundo hay pan suficiente para el hambre de todos, pero insuficiente por la codicia de pocos». Por eso, la acumulación de los bienes en pocas manos es un pecado grave, ya que éstos han sido destinados por Dios para que todos los compartamos en justicia y podamos tener una vida digna.

Siguiendo el testimonio de Jesús, tenemos que aprender a “ver” las necesidades de los demás y a ser solidarios con ellos: “Dénselo a la gente para que coman…”, convencidos que el pan compartido es suficiente para satisfacer a todos. Compartir el pan es también compartir la vida, tumbar los muros de la indiferencia, de la desconfianza y de las divisiones entre personas, culturas y pueblos para construir puentes de unidad, fraternidad y solidaridad.

La escena del Evangelio termina con unas palabras de asombro y profesión de fe de esa gente: “Este verdaderamente es el profeta que debe venir al mundo”. Sin embargo, esa motivación no es auténtica ya que “querían apoderarse de Él para hacerlo rey” y así asegurarse la solución de sus problemas. Pero Jesús rechaza ese intento y se retira en la montaña, a orar y dialogar a solas con el Padre. La tentación de apoderarnos de Jesús, porque nos soluciona los problemas, está presente también en nuestra vida; para vencerla, tenemos que acoger la invitación de Samuel y de Jesús y poner los talentos que Dios nos ha dado, al servicio del Evangelio y del prójimo, para que el Señor los vuelva un don compartido con los demás y un camino de liberación, solidaridad y fraternidad.

En este espíritu de Cristo que nos hermana en la gran familia humana, me complace comunicarles que hoy se celebra la primera Jornada Mundial de los Abuelos y Ancianos querida por el Papa Francisco. Él nos invita a unir nuestras voces a la suya y a la de varones y mujeres de los distintos continentes, lejanos físicamente pero cercano en la fe y en la oración, para invocar el fin de la pandemia y de las guerras y agradecer por el don de una larga vida hecha de gozos y dificultades, pero nunca desprovista de la presencia confortadora de Dios.

Nosotros nos unimos a sus oraciones con un profundo sentido de gratitud, en particular, por los ancianos de nuestro país, por los abuelos y abuelas y por los que están solos o abandonados. Que Dios les pague por todo el bien que han hecho y que no les falte nunca un sustento justo y digno y una mano solidaria y amiga que los acompañe y ayude en el ocaso sereno y digno de su existencia.

Pidamos con toda confianza al Señor que haga realidad en su vida y en la de todos nosotros la invocación del estribillo del salmo que hemos cantado: “Abre tus manos Señor y cólmanos a todos con tus bienes. Amén

Fuente: Campanas – Iglesia Santa Cruz