Análisis

Antonio Spadar: Conversación de Francisco con los Jesuitas de Canadá

29 de julio. Último día del viaje apostólico del Papa Francisco a Canadá. Se termina la etapa en Quebec e inicia la de Iqaluit, en el norte, donde se ha programado un encuentro con los Inuit. La conversación con los jesuitas está prevista para las 9 de la mañana, pero el Papa ingresa en la sala del edificio del Arzobispado un cuarto de hora antes. Lo esperan 15 jesuitas de la Provincia canadiense, que incluye el territorio de ese país y Haití. Está en curso la Congregación provincial, planeada desde hace tiempo, lo que explica la ausencia del Padre provincial. Tras los primeros saludos espontáneos luego del ingreso del Papa, el padre Marc Rizzetto, de la comunidad de Quebec, dirige a Francisco una cordial bienvenida de parte de los presentes y de los más de 200 jesuitas de la Provincia. Menciona especialmente a los 45 miembros de la Congregación provincial, reunidos en Midland, y a los hermanos ancianos de las enfermerías provinciales de Richelieu y Pickering.

«En este País, que es además una de las provincias más grandes de la Compañía de Jesús, trabajamos con alegría y esperanza, a imagen de San Jean de Brébeuf y sus compañeros[1], los Santos Mártires canadienses», empieza el padre Marc. «Presentes entre los frágiles, audaces a pesar de nuestra fragilidad, conscientes de la grandeza de cada persona y siempre deseosos de compartir los tesoros de nuestra vida interior, estamos llamados a ser, también hoy, hombres para y con los demás, peregrinos». Y concluye: «estamos con usted en la barca, remando junto a usted, valorando la dirección que le está dando a la Iglesia, y rezando por usted. Gracias por haber contribuido a la obra de reconciliación con la población indígena».

Luego, ofrece al Papa un regalo: el cuadro de una mariposa, que el Papa admira, haciendo incluso una broma: «viendo esta foto tan bonita me viene una duda. Es tan bonita que podría ser una trampa jesuita. ¡No sé si es una mariposa o un murciélago!». Y provoca la risa de los presentes. Después de los agradecimientos, prosigue rememorando sus viajes anteriores al país.

Es la tercera vez que vengo a Canadá. La primera vez fue en los años 70. Debía hacer la tercera probación en España, pero como ya había sido nombrado Maestro de novicios, visité algunos noviciados. Fui a Colombia y a México. En Canadá no había novicios, en realidad, pero el Padre General me pidió que viniera a visitar al P. Michel Ledrus[2]. Así que fui a verle a Saint Jérôme. El padre Ledrus fue un verdadero gran maestro espiritual. Ese fue el primer viaje a Canadá para mí. La segunda vez fue en junio de 2008, para el Congreso Eucarístico Internacional, que tuvo lugar aquí, en Quebec. Participé con una reflexión sobre el tema «La Eucaristía edifica la Iglesia, sacramento de salvación». Este es mi tercer viaje a su país. Muchas gracias por la bienvenida.

Me llamó la atención una palabra que dijiste, Marc: «fragilidad». Tantas veces oímos que los jesuitas son la armada de la Iglesia, un ejército poderoso… ¡pura fantasía! Nunca debemos pensar en nuestra propia autosuficiencia. Creo que la verdadera fuerza de un jesuita es, desde el principio, la conciencia de la propia fragilidad. Es el Señor quien nos da la fuerza.

Bueno, y ahora, como en el fútbol, ¡pelota al medio y a jugar con las preguntas!

Santo Padre, estamos en un proceso de reconciliación que no ha terminado. Estamos en camino. ¿Cuáles son los consuelos de su peregrinaje?

Hace cinco años recibí al Primer Ministro de su país, que es también el actual. En esa reunión me pidió que hiciera algo relacionado con los indígenas y los internados. Los obispos también me habían hablado de ello. La opinión de todos era que había que hacer algo, pero también que había que prepararlo bien. Y así los obispos prepararon bien, durante años, una acción que llegó a hacer posible esta visita mía. Pasamos de una fase en la que parecía que la cosa dependía básicamente de los obispos de las zonas afectadas, a la plena adhesión del episcopado.

Como ven, lo más importante es precisamente el hecho de que el episcopado estuvo de acuerdo, aceptó el reto y siguió adelante. Este de Canadá fue un ejemplo de episcopado unido. Y cuando un episcopado está unido, puede afrontar bien los retos. Soy testigo de lo que he visto. Por lo tanto, quiero subrayar esto: si todo va bien, no es por mi visita. Yo sólo soy la guinda de la torta. Son los obispos los que hicieron todo con su unidad. Además, es bueno señalar con humildad que la parte indígena es realmente capaz de tratar bien el tema, y es capaz de comprometerse. En resumen, estos son los milagros que pueden ocurrir cuando la Iglesia está unida. Y he visto familiaridad entre los obispos y los indígenas. Por supuesto, no tiene sentido ocultarlo, hay algunos que trabajan contra la sanación y la reconciliación, tanto en la sociedad como en la Iglesia. Incluso esta noche he visto a un pequeño grupo tradicionalista protestando, y diciendo que la iglesia es otra cosa… Pero eso es parte de las cosas.

Sólo sé que uno de los peores enemigos contra la unidad de la Iglesia y de los episcopados es la ideología. Así que sigamos adelante con este proceso en camino. Me gusta el lema del viaje, que lo dice claramente: Marcher ensemble. Caminar, pero juntos. Ya sabes el dicho: «si quieres ir rápido ve solo, si quieres ir seguro ve acompañado».

Usted habla de peregrinación, de reconciliación y de escucha. ¿Todo esto configura su visión sinodal de la Iglesia? ¿Es eso a lo que se refiere?

Mira, me molesta que se utilice el adjetivo «sinodal» como si fuera la receta de última hora de la Iglesia. Cuando se dice «Iglesia sinodal» la expresión es redundante: la Iglesia es sinodal o no es Iglesia. Por eso hemos llegado a un Sínodo sobre la sinodalidad, para reafirmarlo. Claro, podemos decir que la Iglesia de Occidente había perdido su tradición sinodal. La Iglesia de Oriente la ha conservado. Podemos discutir las formas de vivir la sinodalidad, ciertamente. Pablo VI creó la Secretaría del Sínodo de los Obispos porque quería avanzar en esta cuestión. Sínodo tras sínodo se ha ido avanzando, tímidamente, mejorando, comprendiendo mejor, madurando.

En 2001 participé del Sínodo de los Obispos. Reemplacé al cardenal Egan que, por la tragedia de las Torres Gemelas, tuvo que regresar a su diócesis, en Nueva York. Recuerdo que se recogieron opiniones y se enviaron a la Secretaría General. Yo debía recoger el material y someterlo a votación. El Secretario del Sínodo venía a verme, leía el material y me decía que quitara tal o cual cosa. Había cosas que no consideraba apropiadas y las censuraba. Hubo, en definitiva, una preselección del material. No se había entendido lo que era un Sínodo. Al final del último Sínodo, en la encuesta sobre los temas a tratar en el siguiente, los dos primeros fueron el sacerdocio y la sinodalidad. Me di cuenta de que debíamos reflexionar sobre la teología de la sinodalidad para dar un paso decisivo.

Me parece fundamental reiterar, como hago a menudo, que el sínodo no es una reunión política ni una comisión de decisiones parlamentarias. Es la expresión de la Iglesia, donde el protagonista es el Espíritu Santo. Si no hay Espíritu Santo, tampoco hay sínodo. Puede haber democracia, parlamento, debate, pero no hay «sínodo». Si quieren leer el mejor libro de teología sobre el sínodo, relean los Hechos de los Apóstoles. Ahí se ve claramente que el protagonista es el Espíritu Santo. Esto se experimenta en el sínodo: la acción del Espíritu. Se produce la dinámica del discernimiento. Uno experimenta, por ejemplo, que a veces va rápido con una idea, se pelea, y luego sucede algo que vuelve a unir las cosas, que las armoniza creativamente. Por eso me gusta dejar claro que el sínodo no es una votación, una confrontación dialéctica de una mayoría y una minoría. El riesgo es también el de perder la visión de conjunto, el sentido de las cosas.

Es lo que sucede cuando se reducen los temas del sínodo a una cuestión particular. El sínodo sobre la familia, por ejemplo. Se dice que se organizó para dar la comunión a los divorciados vueltos a casar. Pero en la Exhortación postsinodal sobre este tema sólo hay una nota, porque todo el resto son reflexiones sobre el tema de la familia, como el catecumenado familiar. Por lo tanto, hay mucha riqueza: no podemos encerrarnos en el embudo de un solo tema. Repito: si la Iglesia es tal, entonces es sinodal. Es así desde el principio.

Los comentarios de los periodistas sobre su viaje y sus palabras me parecen esencialmente muy positivos. Sin embargo, una pregunta que se han hecho los periodistas es: ¿por qué el Papa se disculpa en nombre de los cristianos pero no de la Iglesia como institución? ¿Qué podría responder?

Sí, lo he oído. Mira, realmente no entiendo esta dificultad. No hablo en mi nombre ni en el de una ideología o un partido. Soy un obispo y hablo en nombre de la Iglesia, no en mi propio nombre. Hablo en nombre de la Iglesia aunque no lo haga explícito. De hecho, no tengo que explicitarlo porque es obvio que lo hago. Al contrario, diría: debo explicitar que es mi pensamiento personal cuando no hablo en nombre de la Iglesia. En ese momento sí que tengo que decirlo.

Trabajo en los medios de comunicación de la Iglesia. ¿Es importante en este campo colaborar, crear redes, incluso con los obispos?

¡Claro que sí! Sobre todo, es importante que se amplíe el diálogo. El diálogo nunca está de más entre los profesionales de los medios de comunicación y, desde luego, también con los obispos. El intercambio, la confrontación y el diálogo son fundamentales para la comunicación.

A propósito de los medios de comunicación, se me ocurre una cosa. He visto que algunas personas se preguntan por qué no he tenido un encuentro específico con las víctimas de abusos sexuales durante este viaje. A decir verdad, recibí varias cartas al respecto antes del viaje. Respondí a estas cartas y expliqué que había dos tipos de problemas. El primero era de tiempo, de agenda. El segundo, pero para mí importante, era que quería resaltar un tema fuerte en este viaje, el de los indígenas, para que quedara muy claro. Muchas personas me respondieron diciendo que entendían que no era una exclusión en absoluto. En otros contextos, como la visita a Irlanda, los encuentros fueron posibles y el tema surgió claramente.

Hablando de abusos. Trabajo en derecho canónico. Usted ha hecho muchos cambios. Algunos le llaman el Papa de los cambios. Usted también ha realizado cambios a nivel penal, precisamente en relación con los abusos, y han sido beneficiosos para la Iglesia. Me gustaría saber cómo ve la evolución de las cosas hasta ahora y si prevé más cambios en el futuro.

Sí, es cierto. Se comprobó que había que hacer cambios, y se hicieron. La ley no se puede conservar en el frigorífico. La ley acompaña a la vida y la vida continúa. Como la moral: se va perfeccionando. Antes, la esclavitud era legal, ahora ya no lo es. La Iglesia dice hoy que incluso la posesión de armas atómicas es inmoral, no sólo su uso. Antes, esto no se decía. La vida moral progresa en la misma línea orgánica. Es la línea de San Vicente de Lérins: ita étiam christiánae religiónis dogma sequátur has decet proféctuum leges, ut annis scílicet consolidétur, dilatétur témpore, sublimétur aetáte («Incluso el dogma de la religión cristiana debe seguir estas leyes. Progresa, se consolida con los años, se desarrolla con el tiempo, se profundiza con la edad»). San Vicente de Lérins compara el desarrollo biológico del hombre con la transmisión de una época a otra del depositum fidei, que crece y se consolida con el paso del tiempo. La comprensión del hombre cambia con el tiempo, y la conciencia del hombre se profundiza.

La visión de la doctrina de la Iglesia como un monolito que hay que defender sin matices es errónea. Por eso es importante respetar la tradición, la auténtica tradición. Alguien dijo una vez que la tradición es la memoria viva de los creyentes. El tradicionalismo, en cambio, es la vida muerta de nuestros creyentes. La tradición es la vida de los que nos han precedido y eso continúa. El tradicionalismo es su memoria muerta. De la raíz al fruto, en definitiva: ese es el camino. Hay que tomar el origen como referencia, no una experiencia histórica concreta tomada como modelo perpetuo, como si hubiera que detenerse en ella. «Ayer se hizo así» se convierte en «siempre se ha hecho así». ¡Pero esto es paganismo de pensamiento! Y lo que dije también se aplica a los asuntos legales, al derecho.

Soy un jesuita haitiano. Estamos viviendo un proceso de reconciliación nacional, pero se está perdiendo la esperanza. Teniendo en cuenta lo que estamos viviendo en Canadá, ¿qué podemos decir a la Iglesia haitiana para tener esperanza? Y como jesuitas, ¿qué podemos hacer?

Haití vive actualmente una situación crítica, un calvario, como si no se pudiera encontrar el camino correcto. No me parece que las organizaciones internacionales hayan entendido cómo hacerlo. Me siento muy cerca de Haití, también porque estoy constantemente informado de la situación por algunos sacerdotes amigos míos. Temo que caiga en un pozo de desesperación. ¿Cómo podemos ayudar a Haití a crecer en esperanza? Si hay algo que podemos hacer como Iglesia es ciertamente rezar y hacer penitencia… Pero debemos preguntarnos cómo podemos ayudar. Haití es un pueblo noble. En fin, simplemente te puedo decir que soy consciente de lo que está pasando.

Me gustaría hacerle una pregunta sobre la liturgia y la unidad de la Iglesia. Soy estudiante de liturgia y me gustaría saber qué importancia tiene este estudio en la formación. También me refiero a nuestro trabajo pastoral como jesuitas.

Cuando hay conflicto, la liturgia siempre es maltratada. En América Latina, hace treinta años, se produjeron monstruosas deformaciones litúrgicas. Luego cayeron en el lado opuesto con la ebriedad «indietrista» de lo antiguo. Se estableció una división en la Iglesia. Mi actuación en este campo ha pretendido seguir la línea trazada por Juan Pablo II y Benedicto XVI, que habían permitido el rito antiguo y habían pedido una verificación posterior. La última comprobación puso de manifiesto la necesidad de disciplinar la cuestión y, sobre todo, de evitar que se convirtiera en una cuestión, digamos, de «moda» y que siguiera siendo una cuestión pastoral. Ya vendrán los estudios que afinarán la reflexión sobre el tema, que es importante: ¡la liturgia es la alabanza pública del pueblo de Dios!

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Ha transcurrido una hora de conversación y el responsable de la organización del viaje apostólico nos indica discretamente que debemos irnos. El Papa les agradeció el encuentro, el regalo recibido y la cercanía que sintió de los jesuitas. A continuación, invitó a todos a rezar juntos un Ave María, al final del cual impartió una bendición. Para terminar, propuso una foto de todos juntos.

Fuente: © La Civiltà Cattolica 2022