Análisis

Alexander Terrazas: Los zapatos negros, un Milagro en la Misa del Papa Francisco

El gran día había llegado y Mariela Flores estaba vestida con un impecable traje oscuro para verlo al papa Francisco en El Cristo.

Ella calzaba un par de zapatos que los había cuidado con delicadeza porque no tenía tiempo para ir a su casa a cambiarlos, tampoco para comprarse otros nuevos. “Quería comprarme unos zapatos negros con detalles dorados, pero no pude por ocuparme del voluntariado”, cuenta Mariela que formaba parte del equipo de voluntariado que atendía a los músicos de los coros y orquesta que estaban hospedados en la Universidad Autónoma Gabriel René Moreno.

Antes de salir de la universidad a la misa, la encargada del equipo de voluntariado le pidió a Mariela cerrar todas las puertas de las instalaciones; mientras caminaba por las habitaciones tuvo que atravesar por una gran cantidad de agua acumulada en el piso. Pese al esfuerzo que hizo para no pisar el agua, sus tenis terminaron completamente mojados y sucios. Mariela se quedó sin zapatos, no sabía qué hacer, se había entregado a tiempo completo al voluntariado y creía que era injusto lo que le estaba pasando. Estaba a punto de perderse el encuentro más importante de su vida. “Me molesté bastante porque no deseaba estar así en la misa, nos habían recomendado estar elegantes”, dice.

Pero Mariela no se dio por vencida, sacudió sus zapatos, se los volvió a poner, terminó de cerrar las puertas y se fue sola hasta El Cristo. Se sentía incómoda con los zapatos mojados y con mal olor, al no encontrar ninguna solución se puso a orar al Señor. En ese momento una gran avalancha de personas sobrepasó las barreras colocadas y a los policías apostados detrás de las sillas del altar del Papa. El tiempo se detuvo para Mariela cuando en medio de la multitud unos largos brazos sostenían un par de zapatos negros. “Esto queda entre vos y Dios eh”, le gritó un hombre alto de aspecto argentino. Al escucharlo, un gran emoción invadió a Mariela, no tenía dudas que Dios había escuchado su oración. “Lo que no olvido fue como el hombre de entre la multitud me mira, se intenta acercar y me pasa los zapatos…”, recuerda emocionada Mariela.

Antes de probarse los zapatos, los sostuvo entre sus brazos en lo alto por si alguien los hubiera extraviado; sin embargo, nadie lo reclamo y cuando se los puso eran justo los de su talla, eran cómodos, negros y con detalles dorados en las puntas como los que deseaba comprarse.

Bendecida, Mariela se quedó escuchando la misa del Papa Francisco y ahora ella dice que Dios no se olvida de atener a los suyos cuando uno se ocupa primero de Él.