Santa Cruz

Agasaja a los niños el Día de Reyes desde hace 30 años

La casa de doña Martha Soliz Suárez (79) se llena de niños que acuden para agasajar al Niño Jesús cada 6 de enero. Días antes de esa fecha, en la reja de la casa, ubicada en la calle Guayaramerín, del barrio San José Obrero, un letrero invita a los niños que deseen asistir a la celebración del Día de los Reyes Magos. 

“La idea nos nació hace 30 años junto con mi hija Ana, al ver a tantos niños en el barrio, para incentivarlos a que alaben al Niño Jesús y a Dios”, señala la mujer, nacida en San Matías y que vivió desde sus tres años cerca de Buen Retiro, antes de venir a Santa Cruz, hace 47 años.  “Soy criada con maíz”, dice, para explicar su buena salud y la de su esposo, Jaime Soruco (85).

El festejo del Día de Reyes consiste en una celebración con música, bailes, cantos de villancicos, alabanzas, además de refrigerio y una canasta “tipo cumpleañitos”, explica. En promedio asisten unos 40 niños de la zona. 
“Es un orgullo y un ejemplo de mujer, la viejita amada”, dice su nieta Liliana. 

Comparte lo poco que tiene
Lo que impulsa a doña Martha a agasajar a los niños no es solo la época navideña o de Reyes. Desde hace tres décadas los niños y niñas del hogar San Lorenzo, que este año son 38, pasan por su casa cuando regresan de misa en la iglesia San José Obrero. “Los hacemos formar y reciben su sodita con galleta o masita”, dice la mujer, feliz porque algunos de esos niños la llaman “mami” o “abuelita”. 

Tampoco es que disponga de muchos recursos. “No es que la señora sea ‘de mucho tener’, simplemente le gusta ayudar y dar cariño a los niños”, dice su vecino Reynaldo Gandarillas. 
No es que dé lo que le sobra, sino que comparte lo que tiene. En el frontis de su casa hay una pequeña venta que “da para la comida”, dice doña Martha, que vive con su hija Ana, dos nietos y su esposo, quien trabajó como administrador en la zafra cañera, mientras ella ha tenido entre sus oficios cocinar para dar pensión a los zafreros y cuando se vino a Santa Cruz se dedicó a hacer pan casero y a atender su pulpería. 

Acostumbrada a los niños
Además de criar a sus nueve hijos, disfruta de 45 nietos y 33 bisnietos. ¿De dónde surge ese espíritu solidario? “Siempre fui una mujer humanitaria. Cuando era jovencita vivía en una hacienda y la gente del campo iba a buscarme porque sabía que de alguna forma les ayudaría”, comenta.

También participó de la junta de padres de familia que “ladrillo a ladrillo” construyó las primeras aulas del colegio Mariscal Sucre, que luego fue administrado por Fe y Alegría