Análisis

Abel Maldonado: “El hombre hijo de “Dios”, ser social y solidario con los hombres”

En el libro de Génesis se dice que el hombre fue creado a imagen y semejanza de Dios y es la criatura suprema que rige sobre el resto de la creación. La “Imago Dei”, íntimamente relacionada con la posibilidad que el hombre tiene de diálogo con Dios, transforma al hombre en la criatura responsable de conducir la creación hasta Dios, y así darle su sentido último. Según la teología neotestamentaria, los hombres fueron elegidos de antemano para ser hijos adoptivos de Dios en Jesucristo, para alabanza de la gloria de su gracia (Ef 1,5 6.14).

Santo Tomás dice que la ordenación del hombre a Dios no es la de un medio a un fin, sino de un fin a otro fin superior (S. c. Gen., III, 112). Dios creó al hombre con un valor en sí y el resto de la creación como medio para que el hombre pueda glorificar a su creador. Es por esta relación a Dios que el hombre no tiene el carácter de medio como el resto de las criaturas, en vistas de la gloria de Dios. En su ser para Dios se ubica la raíz de la personalidad del hombre y el secreto de su inviolable dignidad.

El Concilio Vaticano I dice que Dios en su infinita bondad, ordenó al hombre a un fin sobrenatural, es decir, a participar de bienes divinos que sobrepujan totalmente la inteligencia de la mente humana (1Co 2,9). Vaticano II afirma que “Dios llamó y llama al hombre para que se adhiera a Él con la totalidad de su naturaleza, en la perpetua comunión de la incorruptible vida divina. Y esa victoria la consagró Cristo resucitado a la vida y liberando al hombre de la muerte con su propia muerte” (GS 18).

Es de ahí, que el Concilio Vaticano II al referirse al relato de la creación, que “Dios no creó al hombre en solitario, se afirma que los hizo varón y mujer”. Esta sociedad de varón y mujer refleja el carácter comunitario de la vida intratrinitaria de Dios. El concilio considera que el progreso de la humanidad se da en el diálogo fraterno de los hombres, especialmente en la comunicación de personas, donde la revelación cristiana aporta una inmensa ayuda (GS 23). El hombre es, en efecto, por su íntima naturaleza, un ser social y no puede vivir ni desplegar sus cualidades sin relacionarse con los demás.

En la Escritura se constata que la historia de salvación del hombre se identifica con la historia de la salvación de la comunidad (Dt 26,5 10; Sal 105,1 5). El NT trae la novedad de que no sólo el hombre es un ser comunitario sino también Dios mismo. El hombre es salvado, es el que ha sido bautizado en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo (Mt 28,19). De allí que el ser social del hombre es un nuevo aspecto de su imagen de Dios, que profundiza Gn 1,26 27. De la sociabilidad del hombre se deduce la obligación de una efectiva solidaridad en vistas de: la promoción del bien común (GS 26); el respeto a la persona humana (GS 27); la justicia social (GS 29), y especialmente, la necesidad para el creyente de superar una ética individualista en la responsabilidad y participación (GS 30 31). “Dios creó al hombre no para vivir aisladamente, sino para formar sociedad” (GS 32). 

Por lo tanto, el hombre se muestra, en cuanto “imagen de Dios”, en la triple dimensión: con, entre y para los otros. Dice el Vaticano II, que Jesús encargó claramente a los hijos de Dios “que se comportasen entre sí como hermanos” enviando a sus discípulos para que “el género humano se convirtiera en familia de Dios en la que la plenitud de la ley fuera el amor” (GS 32).