Santa Cruz

“Se ha desterrado la ética y la moral en las relaciones personales y sociales” Mons. Sergio Gualberti

Homilía de Mons. Sergio Gualberti, Arzobispo de Santa Cruz, pronunciada en ocasión de la Celebración de la Solemnidad de los Apóstoles San Pedro y San Pablo.

Celebramos hoy con mucha alegría la solemnidad de los dos Apóstoles más grandes: Pedro y Pablo, ambos elegidos por el Señor, en momentos y modalidades muy diferentes. Pedro escogido para ser la piedra sobre la que Jesús edificará su Iglesia, y Pablo, elegido para ser misionero de la Buena Nueva de la salvación entre los paganos, más allá de las fronteras de Israel. Pedro y Pablo dos hombres, con personalidades, culturas, vidas y caracteres bien distintos, pero unidos por la misma pasión y el mismo amor: Jesucristo y su causa, el Reino de Dios.

Pedro, pescador en el lago de Galilea, llamado por Jesús a ser su discípulo desde el primer momento de su actividad pública. Él estuvo siempre a lado del maestro, y fue testigo privilegiado en los acontecimientos más importantes de su vida: la Transfiguración, la última Cena, la oración en la huerta de los Olivos y la Resurrección. En su seguimiento a Jesús demostró un gran entusiasmo y generosidad, el primero en responder a sus llamados y, sobre todo, aquel que lo reconoció como Hijo de Dios: “Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo”. En razón de esta profesión de fe, Jesús lo llamó a ser la cabeza visible de su Iglesia: “Tu eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia”. Con el amor del Señor y la fuerza del Espíritu llevará adelante esta misión con todas sus fuerzas, venciendo los momentos duros de la persecución y la cárcel gracias a la “Iglesia que no cesaba de orar a Dios por él”, como nos relata la primera lectura. Pedro sellará con el martirio su fe en Jesús como Hijo de Dios y su fidelidad a la misión.

Pablo no conoció a Jesús durante su vida terrenal y no formó parte del grupo de los Doce Apóstoles. Nacido en Asia Menor, ciudadano romano, de religión judía y fariseo convencido, enemigo de la Iglesia fue persecutor de los primeros cristianos. Fue en el camino a Damasco, donde iba con el propósito de llevar a la cárcel a los cristianos, que Jesús Resucitado se le apareció y lo llamó a ser su apóstol.

El encuentro con el Resucitado y su palabra lo transformaron por completo, y a partir de ese momento dedicó toda su vida al anuncio de Jesús, el Hijo de Dios y único Salvador de toda la humanidad, se volvió el gran misionero que en varias regiones y países del imperio romano. Nada ni nadie detendrá su anhelo misionero, ni cansancio, hambre, naufragios, cárcel, flagelaciones, apedreamientos. Esta entrega y dedicación total al Señor lo llevará, al igual que Pedro, a sufrir el martirio en Roma.

Ante los ejemplos tan grandes de estos dos apóstoles, auténticos discípulos misioneros de Jesús, nosotros podríamos sentirnos muy pequeños y acobardados, quedarnos a mirarlos de lejos como modelos inalcanzables. Sin embargo, la Sagrada Escritura nos dice que también ellos, como toda persona humana, han tenido sus debilidades, desánimos y pecados.

Pablo en la 2ª carta a Timoteo, considerada su testamento, compara su seguimiento al Señor a un combate y a una carrera: «He peleado hasta el fin el buen combate, concluí mi carrera, conservé la fe». Lo dice en la proximidad de su martirio, al hacer el balance de toda su vida. Pablo había pedido al Señor que lo liberara de una debilidad que lo hacía sufrir, un problema que como aguijón estaba clavado en su carne, pero el Señor le contestó: ”Te basta mi gracia, porque mi fuerza se muestra perfecta en la debilidad”. El motivo de su esperanza y consuelo, ha sido gracias a que “el Señor estuvo a mi lado, dándome fuerza para que el mensaje fuera proclamado por mi intermedio”. Es por esoque, a pesar de sus dudas, dificultades y peligros encontrados en su ministerio, ha podido conservar la fe, como el don más grande para presentar al Señor.

Pedro, a pesar de generosidad y entusiasmo por Jesús, también tenía sus limitaciones y cobardías. Jesús llegó a llamarlo “Satanás – tentador” y a pedirle que se pusiera detrás de él y no le entorpeciera en su camino a Jerusalén, donde tenía que dar cumplimiento al plan de Dios. Esos límites llevaron a Pedro al extremo de negar a Jesús tres veces en la noche de la pasión. Esas debilidades de Pedro y Pablo no les han impedido de servir al Señor, de ser sus discípulos y apóstoles, y cumplir con la misión que el Señor les había confiado.

Como para ellos, también para nosotros seguir a Jesús es arduo y comprometedor, y podemos avalar nuestra debilidad, nuestra condición de pecadores, nuestras incapacidades y tantas otras motivaciones, también reales, como motivos o escusas para poner resistencia al llamado del Señor.

El ambiente hostil para Pedro y Pablo era por un lado la terquedad y prejuicios de los judíos, y por el otro el culto de los dioses paganos dominantes en el imperio Romano. En la actualidad nosotros estamos llamados a vivir nuestro bautismo y a dar nuestro testimonio de fe con nuevos obstáculos. Estamos ante una sociedad marcada por el mercantilismo, el consumismo y el hedonismo, donde el hombre es sometido a las utilidades y a los dictados de la economía, un mundo con una visión secularizada, donde Dios no tiene cabida, donde más y más se desconoce a la dimensión religiosa y donde se ha desterrado la ética y la moral en las relaciones personales y sociales. Como los dos apóstoles, también nosotros sufrimos frustraciones y desalientos porque experimentamos nuestras limitaciones y debilidades que nos hacen sentir incapaces ante el poderío de estas corrientes que utilizan todos los medios para imponer sus ideologías y proyectos.

En este escenario, dar testimonio de nuestra fe cristiana, exige valentía, coraje y coherencia de vida, que no podemos lograr solo con nuestras fuerzas. Por eso, es indispensable contar con la presencia y asistencia del Señor en nuestra vida y en la de la Iglesia, para experimentar la liberación de los miedos y dudas, y proclamar como Pedro, liberado de la cárcel por la intervención del Señor:

Ahora sé que realmente el Señor envió a su Ángel y me libró de la mano de Herodes”. Nosotros, al igual que Pedro, no tenemos que poner toda nuestra confianza en nuestras fuerzas, ni en los poderes económicos, sociales o políticos, sino profesando nuestra fe en Jesús: “Tu eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo”, el único salvador, que nos guía y nos da el valor para ser fieles y valientes misioneros del Evangelio, superando las distintas dificultades, incomprensiones y pruebas. La fe es el don más grande de Dios, por eso no debemos cansarnos en orar y pedirle que nos confirme en nuestra plena y total confianza en la presencia del Señor en nuestra vida cristiana.  

Antes de terminar, quiero invitarles a orar de manera especial esta mañana por el Papa Francisco, actual sucesor de Pedro, llamado a dar testimonio de su fe en Jesús, Hijo de Dios y a ser piedra visible y fundamental de la Iglesia de Cristo, Pastor y servidor del pueblo de Dios. Como la primera comunidad cristiana acompañó a Pedro con su plegaria, también nosotros tenemos que acompañar, con nuestro cariño y oración, al Papa Francisco en su difícil y delicada misión, atendiendo además su constante pedido.

Jesucristo, el Hijo de Dios, que nos ha confiado el Evangelio para comunicarlo a todo el mundo, nos acompaña en esta misión y nos da la entereza por cumplirla, así como lo hizo con Pedro y Pablo, nuestros hermanos mayores en la fe. Ellos nos impulsan a seguir generosamente a Jesús, a vivir nuestra fe en fidelidad al Señor y a su Iglesia, jugándonos generosamente nuestra vida por él y el Reino de Dios. Con Jesús a nuestro lado no podemos tener miedo y ojalá un día cada uno de nosotros pueda decir como San Pablo: «He peleado hasta el fin el buen combate, concluí mi carrera, conservé la fe».

Amén