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Reflexión dominical: Preparando la alegría del pesebre

Las convulsiones del momento presente

 

En esta hora de gran convulsión de la historia los cimientos de la civilización se tambalean con más fuerza y se resquebrajan de diferente manera los edificios de muchos países. Desde Bolivia, la zarandeada por la corrupción y la violencia y a la expectativa de unas nuevas elecciones, que deberían marcarse como objetivo primordial la recuperación y consolidación estructural de la democracia, so pena de recaer en otro caudillismo, desde una España descabezada e ingobernable, cuyo gobierno se las da de ser rotundamente progresista, dependiente toda ella de los caprichos y tropelías independentistas de un catalanismo rancio y trasnochado…, parece que seguimos a la deriva por los abismos de la sinrazón, de la insensatez y del egoísmo de los individuos y de los partidos políticos que han dejado de tener como objetivo el bien común para encaramarse en la conquista del poder a cualquier precio.

 

¡Qué pena de país!

 

¡Qué pena de país! – me decía una persona, trabajadora inmigrante en España-. ¡Un país tan hermoso y lo que están haciendo de él! Realmente es verdad que lo que está sucediendo es muy grave, pues uno de sus síntomas revela la inseguridad y la falta de garantías básicas de la convivencia en un Estado supuestamente avanzado y con democracia arraigada. Un país, donde no se pudo jugar en su día la fiesta de un partido de fútbol como el Barcelona-Madrid, refleja un mal muy profundo, que los políticos de turno no saben ni afrontar ni resolver. Esperemos que el catalanismo sunámico no llegue a amargarnos más la fiesta de uno de los pocos escapes sociales del presente como es el evento deportivo del clásico del fútbol mundial, partido que ya se tuvo que aplazar en su día.

 

La falta de sentido y de esperanza

 

Cada vez se echa más en falta la perspectiva del sentido, que viene marcado por la historia, que nunca se debe olvidar para no caer en los errores del pasado, y que está abierto al futuro como horizonte donde los grandes valores de la justicia, de la igualdad, de la libertad y de la paz permitan vislumbrar una tierra nueva, la casa común de la familia humana, donde las diferencias entre pueblos y personas se vivan como enriquecimiento mutuo en el respeto y en la valoración de lo diferente. Y si falta el sentido se derrumba la esperanza.

 

La Navidad alienta la esperanza y la alegría

 

En esa perspectiva puede ayudarnos mucho a alentar nuestra esperanza la celebración anual de la Navidad, pues en ella celebramos el nacimiento de un hombre que es Dios, Jesús, cuyo camino iniciado en la pobreza de un establo y rematado en la fidelidad a Dios Padre hasta la cruz, nos conduce con su Espíritu a la gran esperanza de una humanidad redimida, como la que nos dibuja de manera formidable el profeta Isaías, el poeta bíblico de la alegría, cuyo canto hoy resuena a gloria bendita en el adviento del Mesías y con él la llegada de una humanidad nueva.

 

La alegría del Belén en la vida cristiana

 

Por eso el papa Francisco nos ha indicado en su última carta apostólica que hagamos el Belén y vayamos al pesebre, llenos de alegría, como los pastores y los magos. “Así nace nuestra tradición: todos alrededor de la gruta y llenos de alegría, sin distancia alguna entre el acontecimiento que se cumple y cuantos participan en el misterio”. Y la alegría en la esperanza es también el mensaje fundamental de este domingo. El papa Francisco decía ya en la Evangelii Gaudium: “Con Jesucristo siempre nace y renace la alegría” (EG 1). Estas palabras son como la seña de identidad del papa que vino de América Latina. Y es que la Iglesia en América, una Iglesia en salida y misionera, ha enarbolado, como bandera de su misión, el Evangelio, siguiendo las pautas del Concilio Vaticano II y la gran renovación que éste supuso como inicio de una transformación profunda de la Iglesia en el mundo contemporáneo, particularmente a partir de los textos de la Constitución Gaudium et Spes y del Decreto Ad Gentes. Esta impronta misionera se ha visto reflejada posteriormente en la doctrina de todos los papas postconciliares, pero ha sido especialmente impulsada con el signo de la alegría del encuentro con Jesucristo por el papa Francisco en sus documentos Evangelii Gaudium (2013), Amoris Laetitia (2016) y Gaudete et Exsultate (2018) tal como sus mismos títulos indican.

 

El domingo de la alegría y en la dicha de la Virgen María

 

Por eso las podemos retomar en este tercer domingo de Adviento, llamado también el domingo “gaudete”. En la fiesta de la Purísima del pasado domingo conmemoramos a la Virgen María como protagonista de la plenitud de la gracia y de la alegría de la dicha en este tiempo del Adviento En ella se manifiesta la alegría que procede de Dios, desde el saludo del ángel (Lc 1,28: “alégrate, llena de gracia”) hasta la visita a Isabel y el canto del Magnificat, donde aparecen la alegría y la dicha correspondiente a la fe (Lc 1, 39-45). En la reacción de Isabel ante la cercanía del nacimiento de Jesús destaca su alegría inmensa. La misma alegría que María canta poco después al iniciar el Magnificat es la que Isabel comunica al decir que la criatura “saltó de alegría” en su vientre. Los labios de Isabel proclaman dichosa a María: “Dichosa tú que has creído que se cumplirá lo que dice el Señor. El Magnificat (Lc 1,46-55) es la exultante manifestación del credo mariano. En él aparecen los términos de la alegría (“se alegra mi espíritu”, Lc 1,47) y de la dicha en el verbo “felicitar” (“me felicitarán todas las generaciones”, o “dichosa me dirán todas generaciones” Lc 1,48). Unirse a María en su canto nos permite identificarnos con ella en el descubrimiento gozoso del Dios de los pobres, del Dios de la misericordia que actúa en la historia suscitando, generación tras generación, la liberación de las personas y de los pueblos a través de los testigos primordiales de su justicia.

 

El domingo de la alegría en los textos bíblicos

 

Hacia este tipo de alegría plena apunta también el gozo mesiánico de este domingo tercero de Adviento en que la Iglesia celebra ya la alegría anticipada de la Navidad, pues el que viene es Jesucristo, es Dios que “viene en persona, resarcirá y los salvará” (Is 35,4). Ya cercana la navidad, todos los textos bíblicos (Is 35,1-6.10; Sant 5,7-10; Mt 11,2-11) nos introducen en el gozo de un tiempo nuevo en la historia de la humanidad, el del Mesías.

 

El canto de la alegría en Isaías

 

“El desierto y el yermo se regocijarán, se alegrarán el páramo y la estepa, florecerá como flor de narciso, se alegrará con gozo y alegría” (Is 35,1-6). Así comienza Isaías su canto de alegría en el tiempo de la restauración del pueblo de Judá al final del destierro de Babilonia en el siglo VI a. Cristo, cuando ya se vislumbra el horizonte de la liberación y del retorno a la tierra prometida. Es un momento vivido por el pueblo y por el profeta como tiempo de intervención salvífica de Dios. Cuando se aviva la esperanza del retorno se transfigura la situación dolorosa del destierro en tiempo de expectativa gozosa e inquietante, donde se respira la alegría no en virtud de lo que ha sucedido sino en virtud de lo que está por venir.

 

La alegría por Dios y sólo por Dios

 

La poesía del DeuteroIsaías, tal como se denomina al segundo autor del libro bíblico de Isaías, destila alegría y esperanza, proyectando la inminente transformación de la realidad social y política del pueblo de Dios en imágenes espléndidas de una naturaleza renovada y de una humanidad transfigurada, hasta el punto de que “se despegarán los ojos del ciego y los oídos del sordo se abrirán, saltará como un ciervo el cojo y la lengua del mudo cantará”, porque el sufrimiento y la aflicción se alejarán, para abrir un camino de alegría radiante para la humanidad. Estas palabras de Isaías han sostenido el aliento y la esperanza del pueblo de Israel a lo largo de toda su historia. En este domingo siempre me complace recordar el testimonio del escritor judío y Premio Nobel de la Paz, Elie Wiesel, quien en el colmo de la paradoja, por estar sufriendo el desprecio al pueblo judío, nos dice en qué consiste la más profunda alegría espiritual cuyo origen es solamente Dios: “No hay mérito en danzar cuando todo marcha bien. Cuando las cosas marchan mal y ya no osamos alzar la cabeza, y parece que el enemigo triunfa, entonces, sí, se nos reclama que alabemos al Señor, fuente y culminación de todo éxtasis… Si nos falta la alegría, ¡hemos de crearla, hemos de extraerla de la nada! Que sea la ofrenda que hacemos a Dios: ¡Que sea Su fiesta, si no la nuestra”.

 

Solidaridad con los que sufren la injusticia

 

Cualquier situación humana de opresión y marginación, de explotación y de exclusión, en la que los derechos más elementales del hombre sean conculcados es parecida a la situación de destierro, desprecio o aniquilación que ha vivido el pueblo de Israel. Esta semana hacemos memoria especial de la Declaración Universal de los Derechos Humanos para solidarizarnos con todos aquellos hermanos y hermanas que todavía hoy sufren la injusticia de un mundo inhumano, donde los derechos humanos a la vida, a la libertad y a la dignidad están siendo pisoteados.

 

Dichoso el que vive la auténtica alegría del Reino de Dios en Jesús

 

El Mesías Jesús, cuyo nacimiento histórico celebramos en navidad y cuya venida última esperamos con alegría, se identifica ante Juan mediante sus obras, las cuales realizan lo que anunciaba Isaías: “Los ciegos ven, los cojos andan… y a los pobres se les anuncia la Buena Noticia” (Mt 11,5). El que vino y el que viene no es un Mesías según las expectativas del adversario y recogidas en Mt 4,1-11. Jesús no es el Mesías del éxito fácil, de la espectacularidad, ni del poder, sino aquél cuyas obras y cuya palabra transforman al ser humano y las condiciones sociales de la humanidad, proclamando sobre todo la dicha y la alegría de los más pobres de esta tierra (Mt 5,3) no en razón de su situación presente, sino en virtud de que Dios está de su parte y sin duda cambiará el rumbo de su historia. El Reino de Dios inaugurado por el Mesías, sin embargo, sufre violencia desde el primer momento de su anuncio. Juan, el precursor que lo anunció, está en la cárcel. Jesús pasará por la cruz. Y todos los vinculados a este Mesías, por ser víctimas de la injusticia humana o por la libre aceptación de su seguimiento comprometido, siguen sufriendo la violencia que la llegada del Reino de Dios comporta. Pero ¡Dichoso el que no se escandalice del proyecto mesiánico de Jesús! La esperanza en Él y en su palabra es fuente inagotable de la alegría verdadera. Pero sólo habrá alegría auténtica si a quien esperamos es al que se acerca a los pobres anunciando la Buena Noticia y rehabilitando a los marginados y desheredados de esta tierra. Y que entre los motivos de alegría navideña destaque siempre el Niño Jesús en el Belén de María y José.

 

José Cervantes Gabarrón, sacerdote misionero y profesor de Sagrada Escritura