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Reflexión dominical: Orar y cantar pidiendo justicia

Casi todos nos hemos sorprendido esta semana al saber que a Bob Dylan le concedían el premio Nobel… ¡de Literatura! Algunos han reaccionado diciendo que Bob Dylan es un gran músico estadounidense, pero que la música no es literatura. A mí me ha dado una gran alegría pues pienso que se trata de un buen poeta que ha sabido musicalizar su obra para hacerla llegar al mundo entero. Y lo ha hecho interpelando a la gente con garra, mirando la vida y los problemas sociales de nuestro tiempo con gran profundidad. En una de sus bellísimas canciones, Blowing in the wind (1963) lanza nueve preguntas al mejor estilo retórico para reclamar la dignidad de los seres humanos y la paz: “Cuántas veces deben volar las balas de cañón, antes de ser prohibidas para siempre”. Asimismo reivindica la mística, la libertad, la solidaridad, la compasión y, sobre todo, la justicia:“Cuántas orejas debe tener un hombre, antes de poder oír a la gente llorar. Cuántas muertes serán necesarias, antes de que él se de cuenta de que ha muerto demasiada gente”. En todo caso el estribillo reza: La respuesta, amigo mío, está flotando en el viento.

Con estos y otros interrogantes de fondo el día 17 de Octubre se celebra en la sociedad civil el Día internacional para la erradicación de la pobreza, instituido por la ONU en 1992. Los objetivos del milenio se proponían reducir la pobreza del mundo a la mitad en el 2015. Con los efectos de la gran crisis económica en la que estamos inmersos en los últimos años, los datos de la pobreza siguen siendo escalofriantes y constituyen el clamor más profundo de esta humanidad en crisis. A eso hemos de añadir esta semana el sufrimiento del país más pobre de América, Haití, golpeado duramente de nuevo por un huracán devastador. En este lado del mundo seguimos viendo cómo miles de africanos intentan atravesar el Mediterráneo y el 90% se quedan en el intento y a los que lo consiguen les aguarda una acogida poco halagüeña, sobre todo si terminan en los CIEs. Unos mil millones viven con menos de un euro al día; la desigualdad aumenta en el mundo, pues el 20% de la población mundial ostenta el 90% de las riquezas de la tierra; y el terrible dato de cada día, omitido en casi todos los medios de comunicación, sigue siendo que 30000 niños menores de cinco años mueren de hambre y de enfermedades que se podrían haber evitado. “Cuántas orejas debe tener un hombre, antes de poder oír a la gente llorar. Cuántas muertes serán necesarias, antes de que él se de cuenta de que ha muerto demasiada gente”. Y la canción por la justicia a favor de los pobres continúa.

Al hablar de la pobreza del mundo hay que considerar tanto la pobreza absoluta como la relativa, pero, sin entrar en estos matices, se podría decir que la pobreza es la carencia de recursos necesarios para satisfacer las necesidades de una población o de un grupo de personas, que dependen de otros para sobrevivir. Esto se manifiesta en la falta de salud, de vivienda, de ingresos, de empleo, de agricultura estable, de nutrición, de tecnología y de educación. Con este día se pretende que la comunidad internacional tome conciencia y actúe ante el clamor de los hombres, mujeres y niños que padecen el terrible acoso del hambre y las enfermedades.

El milagro del pan partido, celebrado constantemente en la Eucaristía, es la gran palabra que los cristianos hemos de proclamar ante el mundo… y seguro que habrá de sobra cuando compartamos. Y la respuesta a aquellos y otros interrogantes ya no flotará titubeando en el viento sino en la palabra de la sabiduría que es el Evangelio.

En este contexto de sensibilización y de toma de conciencia comprometida de las personas, de las instituciones y de los estados por la transformación de este mundo injusta, la Iglesia celebra el próximo domingo, día 23, el día del Domund, el día de la propagación de la fe, que se nutre del Evangelio para fundamentar los criterios básicos de su aportación al cambio de la situación social del mundo en que vivimos.

A instancias del apóstol Pablo, la Iglesia debe acudir, como Timoteo, a la Sagrada Escritura para obtener la sabiduría que conduce a la salvación (2 Tim 3,14-4,2) y, a través de ella, enseñar, reprender, corregir y educar, a tiempo y a destiempo, por los senderos de la justicia. El evangelio de este domingo (Lc 18,1-8) habla también de la justicia social. Una viuda, paradigma bíblico, junto a los huérfanos e inmigrantes, de los sectores sociales marginados, reclamaba con insistencia la justicia a la que tenía derecho ante un juez frívolo, descreído e injusto. Éste accedió a su petición aunque sólo fuera por perderla de vista. ¿Cuánto más Dios hará justicia con sus elegidos, que son todas las víctimas de la tierra, los que claman a él día y noche en cualquier lugar del mundo? Desde la perspectiva de la viuda la parábola es una apología de la reivindicación no violenta de la justicia. La reivindicación de la justicia exige motivación, insistencia y convicción profunda. La viuda acudía con perseverancia, con firmeza y tenacidad. La viuda pedía que se hiciera justicia, no reclamaba venganza alguna.

El Evangelio de Lucas es, por antonomasia, el Evangelio de la oración. La enseñanza en el día de hoy es que la oración cristiana consiste en vivir pidiendo justicia, clamando día y noche desde los oprimidos, con todas las víctimas y por todos los marginados. El padrenuestro es la expresión del deseo comprometido de que se implante la justicia de Dios en este mundo. Es la oración de los que creen en el Reino de Dios, de los que trabajan por él y lo buscan incesantemente. Pero ¿ante quién hemos de reivindicar justicia para las víctimas? Sin duda que hemos de hacerlo ante Dios mediante la fe y la oración pero, al mismo tiempo, ante los poderosos de la tierra por medio de la palabra y de la razón, con insistencia y convicción, sabiendo que rezar no es simplemente pedir, sino insistir en buscar el Reino de Dios y su justicia, según la cual los indigentes heredarán la tierra, los que gimen serán consolados y los hambrientos serán saciados. Jesús, el Hijo del Hombre, ha emitido su sentencia a favor de los pobres, solidarizándose con ellos, sus hermanos, hasta identificarse plenamente con ellos.

José Cervantes Gabarrón, sacerdote misionero y profesor de Sagrada Escritura