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Reflexión dominical: “Misericordeando”

Nos permitimos titular hoy la reflexión con una palabra admirablemente rescatada por el Papa Francisco para mostrar activamente la misericordia de Dios utilizando el verbo misericordear. La curación del leproso por parte de Jesús es un signo revelador de la cercanía del Reino de Dios que él ha anunciado e inaugurado (Mc 1,39-45). La enfermedad maldita de la lepra era motivo de exclusión de la comunidad israelita por razones de impureza y de prevención de su transmisión. Así aparece legislada la actuación con los enfermos de lepra en el libro bíblico del Levítico (Lv 13) y así fue desarrollada posteriormente en las legislaciones rabínicas de la Misná. El leproso era, de hecho, como un muerto en vida. En ese contexto social y religioso de exclusión de los enfermos de lepra por razones de seguridad y de prevención, interviene Jesús de manera provocadora: “Misericordeando”.

Un leproso no podía acercarse a nadie y todo lo que tocaba quedaba impuro. Por eso tenía que vivir fuera de los poblados y advertir de su presencia por dondequiera que pasaba. En cambio para Jesús el leproso es, sobre todo, un marginado y excluido de la comunidad que necesita ayuda. El amor de Jesús hacia el leproso le conmociona profundamente, le remueve sus entrañas de misericordia. Entonces extiende su mano, lo toca y le devuelve la salud. Sin embargo más importante incluso que la recuperación de la salud fue la recuperación de la dignidad como persona liberada de la marginación a la que estaba sometido por la legislación vigente. El que había sido leproso quedó limpio y reincorporado a la sociedad.

Jesús desobedeció la ley y quebrantó todas las medidas preventivas. La reacción de Jesús merece gran atención. En vez de temer al contagio y a contaminarse con la impureza del leproso, él sintió una gran convulsión interior al ver el sufrimiento cruel del enfermo marginado. En lugar de velar por su propia seguridad y de protegerse ante la presencia de una supuesta amenaza a la salud pública y al control social de la misma, Jesús se mueve en otro sentido y tiende su mano al excluido. Había visto en el leproso al ser humano sufriente, indigente y necesitado de ayuda, maltratado y oprimido por la ley. La intervención de Jesús es digna de admiración en toda su extensión. Tan admirable como el efecto de la curación es la acción sorprendente y extraordinaria de tocar al leproso. El prodigio de Jesús ha consistido en romper con una ley de exclusión y marginación del ser humano y saltarse las medidas preventivas de seguridad para poner al necesitado en el centro de mira de su amor. Tal actuación de Jesús es una señal inequívoca de la cercanía del Reino de Dios a este mundo. Por aquí va el cambio de mentalidad que el evangelio reclama.

Esa nueva mentalidad es la que deriva de la misericordia entrañable y compasiva de Jesús, que como tantas veces en los evangelios, va desvelando el amor de Dios en él y su concentración en los últimos de la sociedad, en los marginados y en los pobres. El Evangelio expresa ese amor con un término específico como primera reacción de Jesús ante un marginado: Conmocionarse. En algunas traducciones se pueden perder algunos matices, pues no sólo se trata sólo de la emoción pasajera de conmoverse, ni de un mero sentimiento de lástima o pena, ni sólo de una actitud interior de compasión hacia otro, sino de todo un movimiento espiritual personal, interior y físico que impulsa desde el amor más profundo y desde la indignación por el mal que aniquila a la persona a la acción curativa de la enfermedad y liberadora de la marginación. Splanjnizomai es un verbo griego que implica un movimiento intenso, corporal, íntimo, desde las entrañas, como cuando decimos “me da un vuelco el corazón”. Este verbo se podría traducir ya, siguiendo al papa Francisco en su sabiduría y en su testimonio, como “misericordear”. Es un amor apasionado, profundamente espiritual, que conmociona las vísceras, afecta a toda la persona y la pone en movimiento hacia la persona amada. Es un amor que atiende con la fuerza del espíritu la miseria humana presente en el prójimo y se verifica en múltiples acciones que nacen del corazón.

Ese tipo de amor rompe todas las barreras con tal de atender a la persona sumida en la miseria. Tocar al leproso es romper con la barrera de lo puro y lo impuro. El mismo verbo “misericordear” lo encontramos también en las parábolas del hijo pródigo, donde el padre viejo rompe la barrera de la limitación física hasta salir corriendo hacia su hijo, y también en la del prójimo samaritano, donde éste rompe las barreras de las diferencias étnicas, nacionales y religiosas. Lo mismo ocurre en la reacción de Jesús ante la multitud hambrienta y ante la multitud abandonada como ovejas sin pastor, cuando Jesús desborda lo imaginable superando por amor las leyes de la naturaleza y capacitando a los suyos para llevar a cabo el milagro sorprendente y maravilloso del pan compartido que sacia a todos. Ese mismo amor es el protagonista en el corazón de Jesús, que muestra la misericordia entrañable y liberadora de Dios, curando y restableciendo a la vida y a la sociedad al leproso marginado.

Hagamos nosotros lo mismo que Jesús ante cualquier tipo de marginación de nuestros hermanos y seamos capaces de romper todo tipo de barreras, también las de las ideas, para poder afrontar la situación crítica de un mundo en el que los marginados, sumidos en las miserias de la desigualdad y de la injusticia, del hambre y de tantas otras barbaries, constituyen la inmensa mayoría de los seres humanos. Seamos capaces de misericordear, no sólo incluyendo a los excluidos, sino reconciliándonos con ellos.

José Cervantes Gabarrón, sacerdote misionero y profesor de Sagrada Escritura