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Reflexión Dominical: Llamados a ser hijos de la Resurrección y no hijos de la barbarie

El panorama semanal nos deja en España un dato alarmante: Una niña de doce años murió el pasado martes por consumir tal cantidad de alcohol que le provocó un coma etílico del que ya no pudo salir. Ni los amigos de la pandilla, ni los padres, ni los médicos en el hospital, ni las instituciones públicas de la administración, pudieron salvar su vida en la mejor de las Españas, una vez franqueado por la niña el límite del atrevimiento en la vida. Con esa edad esta niña no es más que una víctima más de la barbarie educativa y social en la que está sumida nuestra sociedad permisiva, libertaria, banal, estúpida, prometeica y letal. Si unos padres han perdido la autoridad para poner los límites adecuados a sus hijos y así lo experimenta la inmensa mayoría de familias de nuestra sociedad, si el desenfreno de una vida nocturna descontrolada se adueña de las mentes de padres avergonzados o timoratos que claudican de sus deberes o delegan a otros entes sociales la formación de sus hijos, esta sociedad sin valores va a la deriva y a la muerte, que se manifiesta de múltiples maneras, pero de vez en cuando nos da una bofetada tan impactante como ésta. Los hijos de la droga, del alcohol, de la violencia, son hijos de la barbarie mental y del caos de valores en que muchas familias han caído en esta sociedad decadente.

Entre otras muchas cosas que hay que pensar, analizar y matizar, creo que hay una que puede merecer la pena resaltar en este domingo: La misión fundamental de los padres es comunicar valores que conduzcan a la vida plena en el amor. Comunicar no es solo transmitir, sino compartir aquí y ahora esos grandes valores que conducen a la plenitud de la vida, entre los cuales hoy quiero resaltar lo que hace la madre de la historia de los macabeos, narrada en la lectura bíblica dominical (2 Mac 7,1-2.9-14), que ahora comentaré, es decir, infundir a sus hijos valor para vivir la fidelidad, el sacrificio, la alegría y la fe. Esos son los valores de la vida plena que se derivan de la fe en que el Señor y dueño de la vida es Dios y sólo Dios, y que, como ésta es un don, culminará también en el otro gran don, el de la resurrección. Veámoslo.

Estamos terminando el año litúrgico y la Palabra de Dios de este domingo se centra en el tema de la resurrección, del cual se abordan dos cuestiones, primero, si hay resurrección y, segundo, de qué manera se producirá. El texto del Antiguo Testamento defiende que vale la pena morir a manos de los hombres cuando se espera que Dios mismo nos resucitará (2 Mac 7,1-2.9-14) y el evangelista Lucas confirma que Dios no es Dios de muertos sino de vivos (Lc 20, 27-38) y por ello los hijos de la resurrección ya no pueden morir.

En el evangelio el partido conservador saduceo plantea a Jesús el problema de la resurrección de los muertos en la que no creen, como si la vida eterna fuera una prolongación sin más de la vida terrena. No está lejos de ese planteamiento a veces nuestra mentalidad acomodada, conservadora y banal cuando pensamos en el más allá y lo imaginamos como la prolongación del bienestar que aquí disfrutamos. Jesús nos descoloca con su respuesta, pues la resurrección marca una ruptura cualitativa y definitiva con esta vida a través de la muerte. El Dios de vivos, al resucitarnos, nos introducirá en una nueva vida, con nuevas relaciones humanas y con una intimidad transformada, no determinada ya por los vínculos afectivos que mantienen dependencias, sino redimida y liberada para vivir en el amor en todo su esplendor divino. De esta realidad apocalíptica de la vida eterna se deriva la gran esperanza cristiana que nos permite estar muy vivos, como resucitados, incluso en la muerte y en la persecución. Al creer en Dios somos hijos suyos nacidos de la resurrección.

Esta esperanza en la resurrección queda patente en el segundo libro de los Macabeos que nos cuenta una historia ejemplar vivida por una familia judía en el siglo II a. C. (2 Mac 7,1-14). En medio de la persecución contra el judaísmo decretada por Antíoco IV Epifanes aparece la figura relevante de esta familia, una madre con siete hijos, a los cuales fueron castigando, torturando y asesinando por un único motivo: permanecer fieles a su fe en el Dios de la vida. Todos los hijos, uno por uno, y al final la madre, resisten hasta el fin en el cumplimiento personal de los compromisos adquiridos como pueblo de Dios que vive de la Alianza. Ellos entregaron su vida con una valentía insólita, con la libertad que da vivir en la verdad, por fidelidad a su Dios y con la esperanza inquebrantable en la resurrección. En esta historia lo importante no es la ley que prohíbe comer carne de cerdo, ni el desprecio de tal norma por parte del tirano, sino la valoración que esa ley histórica tiene para aquella familia creyente. Para todos sus miembros esa prohibición representa la voluntad de Dios, y a ese Dios es a quien permanecen fieles en su testimonio. Ni el miedo lógico a perder la vida, ni las diversas propuestas de felicidad hechas por el rey al más joven de los siete, prometiéndole la satisfacción de sus necesidades, dinero y poder, lograron apartar a ninguno de ellos de la fidelidad a su Dios, vivida, transmitida y sostenida ejemplarmente también por la madre. La exhortación de ésta a cada uno de sus hijos para que den testimonio se convierte en algo verdaderamente épico. Todos los hijos entregan su vida con la esperanza de la resurrección.

El valor testimonial de la vida en la fidelidad a los compromisos adquiridos tiene toda la fuerza de la autenticidad y de la coherencia. Es una fuerza espiritual capaz de enfrentarse y sobreponerse a toda adversidad. Más allá del fracaso aparente de aquellos jóvenes torturados hasta la muerte queda su testimonio inquebrantable, que trasciende la muerte. Son testigos del Dios de la vida. Para quien ha entregado su vida con un sentido testimonial el sacrificio no es un fracaso. Para el que no triunfa en este mundo pero se ha jugado la vida en una causa digna y libremente asumida queda la grandeza del testimonio. Pero además aquella familia creía en la resurrección. Y esa fe convertía su testimonio en un canto a la vida, cuyo ritmo iba marcándose con la muerte de cada uno de ellos.

En los evangelios sinópticos los saduceos plantean burlonamente a Jesús la cuestión de la resurrección (Lc 20,27-38) y recurren a un hecho ficticio, basado en una ley del Antiguo Testamento, la ley del levirato. Esta ley antigua prescribe que la viuda de un hombre fallecido sin tener hijos se case con su cuñado, el hermano del difunto, de modo que éste pueda tener descendencia a través de su hermano, garantizando así la continuidad del apellido familiar. En el caso planteado siete hermanos van muriendo sin hijos cumpliendo la ley del levirato. La pregunta final es ¿de quién será esposa esta mujer en la resurrección, si ha estado casada con los siete?

Jesús afirma abiertamente la resurrección de los muertos gracias a la intervención del Dios de la vida, que quiere la vida de todos los seres humanos y reprueba la muerte injusta de las víctimas inocentes de la historia. En su respuesta Jesús sostiene que el Dios de vivos, al resucitar al ser humano, lo introducirá en una nueva vida en la que se romperán las coordenadas del tiempo y del espacio y se verán transformadas rotundamente las relaciones humanas, incluidas la intimidad y la afectividad.

Por ello de la fe firme en la resurrección emanan nuevas formas de vida, a veces incomprensibles e inimaginables en nuestros contextos sociales de vida confortable y acomodada. Así por ejemplo, la audacia de los mártires de la justicia, la entrega generosa a los últimos de este mundo en todos los voluntariados altruistas, el celibato profético libremente elegido por causa del evangelio y del servicio a los más necesitados, la solidaridad con los que más sufren, la dedicación gratuita a los enfermos, la honradez de los justos, la fidelidad de los que resisten y la fortaleza de los que se enfrentan al mal apostando siempre por la vida son señales más que evidentes de la potencia, no sobrehumana, pero sí espiritual, que conlleva la fe en la resurrección, que Lucas destaca diciendo que los que son dignos de la resurrección son cuasiángeles, hijos de Dios y de la resurrección.

Este talante humano, admirable en cualquiera de sus manifestaciones y propio de la fe auténtica, no es, sin embargo, patrimonio exclusivo de nadie, es un don del Dios de la vida a todo ser humano que, independientemente de su confesión religiosa, sienta en su interior el anhelo de una sociedad más justa e igualitaria, luche abiertamente contra quienes generan y aceleran la muerte de seres humanos inocentes, y trabaje incansablemente por la vida digna y libre de toda persona humana. Pero además de esa capacidad humana la fe en la resurrección se convierte en el hontanar sin fondo del que brota la regeneración permanente de la esperanza viva. No estamos llamados a ser hijos de la barbarie, sino hijos de la Resurrección para vivir una vida en plenitud, también en el tiempo presente.

Cuando estoy para terminar esta reflexión me llega la noticia de la muerte de un gran amigo sacerdote, Antonio Fernández Marín, que ha entregado su vida por la causa de Jesús y del Evangelio, dejándonos un gran testimonio de fe y de amor. Con él tuve la gracia de compartir mis primeros años de cura en Molina de Segura y de ahí mi gran amistad con él. Todo lo que he dicho anteriormente de los hijos de la Resurrección se cumple en él cabalmente y por eso le doy gracias a Dios por él, por su vida y por su ministerio sacerdotal. Permítanme dedicarle este artículo de hoy a él. Que Dios lo corone con la gloria que no se marchita, la vida eterna en el Señor Resucitado, en la que firmemente él tenía puesta su esperanza y en la que nosotros también creemos.

José Cervantes Gabarrón, sacerdote misionero y profesor de Sagrada Escritura