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REFLEXIÓN DOMINICAL: LA TRANSFORMACIÓN DE LA MENTALIDAD

Pablo exhorta a los cristianos de la comunidad de Roma a no amoldarse a los criterios de este mundo sino a transformar la vida con la renovación de nuestra mente, por la entrega de la vida, como único sacrificio agradable a Dios (Rom 12,2).

En otro lugar el apóstol de los gentiles dice que los creyentes nos vamos transfigurando en imagen de Dios por obra del Espíritu (2 Cor 3,18). Pablo utiliza siempre el mismo verbo: “transfigurar”. El verbo griego correspondiente es el utilizado también en los dos primeros evangelios al relatar la escena extraordinaria de la transfiguración del Señor.  Lo que ocurre es que la experiencia de la transfiguración no es exclusiva de Jesús. Por eso Pablo invita a realizar una auténtica metamorfosis de la vida en virtud del encuentro con Cristo.

El comienzo de la segunda parte del evangelio de Mateo (Mt 16,21-27) introduce asimismo el mensaje clave para la transfiguración de la mente de los apóstoles, un mensaje totalmente nuevo en la predicación de Jesús. Se trata del primer anuncio de la pasión, mediante el cual se reorienta el contenido de la predicación y de la actuación del Señor. Ahora se desvela de qué modo Jesús entiende su mesianismo. El primer anuncio de su muerte en la cruz como destino ineludible de su actuación mesiánica no cabe en las expectativas de Pedro ni de los discípulos. Éstos han reconocido al Mesías pero no han percibido las consecuencias y las exigencias de un mesianismo que acabará en la cruz por anteponer el Reino de Dios y su justicia al templo y al sistema del culto y por colocar al ser humano necesitado en el centro de atención de la vida religiosa. El tema dominante a partir de ahora en el evangelio gira en torno a su destino personal, un destino marcado por el sufrimiento, vivido como entrega de la vida hasta su ejecución en la cruz y orientado a la resurrección. Una vez más reaparece la incomprensión de Pedro de este destino paradójico del Hijo de Dios. Por eso Jesús no duda en llamar “Satanás” al intrépido fanfarrón cuando éste se desvía de los planes de Dios.

La llamada siguiente del evangelio a “tomar la cruz y seguir a Jesús” no son dos cosas sino una sola, porque la una implica la otra. El verbo “seguir” es típico de los evangelios  y significa mantener una relación de cercanía a alguien, gracias a una actividad de movimiento, subordinado al de esa persona. Tomar la cruz es la consecuencia vinculada directamente al seguimiento radical: “Si uno quiere venir en pos de mí, que se niegue a sí mismo y tome su cruz y me siga” (Mt 16,24) y ha sido ejemplificada particularmente en la escena del Cirineo que “tomó la cruz de Jesús” (cf. Mc 14,21; Mt 27,32) y lo siguió. Tomar la Cruz implica un cambio de vida continuo de renuncia a uno mismo para entregarse a la persona de Jesús y seguir sus huellas en una trayectoria de vida, marcada por los pasos que él nos ha trazado para anunciarnos el Reino de Dios, hasta dar la vida por su causa. Con todo, la referencia personal a Jesús acompaña a los dos verbos. No se trata de ir a la deriva por el mundo sino con Él y detrás de Él, siguiendo sus pasos, sus enseñanzas, su evangelio y con Su cruz. No nos inventemos más cruces ni sacrificios, pues bastantes cruces hay ya en nuestro mundo. Sólo debemos abrir los ojos para percibirlas y allí actuar como Cirineos. Tanto la cruz como el seguimiento radical no se pueden entender bien si no van acompañados de un profundo amor a Jesús. Por amor a Jesús, a quien seguimos con su cruz, hemos de mirar a los que entre nosotros llevan la cruz: los enfermos y ancianos, los inmigrantes y marginados, los pobres y indigentes, los condenados a una muerte lenta por carencia de medios de vida en un planeta que podría alimentar a otra humanidad más que hubiera, los niños abandonados, explotados y maltratados, los eliminados antes de nacer, las mujeres maltratadas o golpeadas. Tomemos estas cruces como nuestras por amor a Jesús para que nuestra fe se avive y nuestro seguimiento como discípulos y discípulas sea más fiel.

A partir de estos textos se puede decir que ser discípulo de Jesús conlleva la comunión de vida y de destino con Jesús. Negarse a sí mismo es renunciar a todo tipo de ambición y anhelo personal, es dejarse transformar por la renovación de la mente, no amoldándose ni acomodándose a los criterios de este mundo, para entregarse por entero a ser testigos del amor sin medida de Dios. Ser discípulo de Jesús es elegir el camino de la pobreza por amor a los pobres, es resistir en la fidelidad aguantando los sufrimientos, las persecuciones y los desprecios que normalmente conlleva el anuncio del Reino de Dios en la forma en que lo encarnó Jesús.

El Evangelio es el más vivo instrumento de transfiguración de la vida de los discípulos. Y el sufrimiento por el Evangelio se convierte en una seña de identidad de los cristianos. En la celebración eucarística, en cuanto conmemoración de la muerte y resurrección de Cristo, se realiza para nosotros la transfiguración propia del Cuerpo de Cristo. En ella, y por el mismo Espíritu, los creyentes somos transformados y transfigurados a través de la Pasión, como el mismo Cristo. Pero no hay transfiguración posible del discípulo si no hay una configuración personal con Cristo, si no nos dejamos alentar por su Espíritu, especialmente a través del amor a los rostros más desfigurados del mundo y a los dolientes de esta tierra injusta. Con las palabras del salmo podemos invocar ese Espíritu diciendo: “Renuévame por dentro con Espíritu firme” y “afiánzame con espíritu generoso”, para que en nosotros se realice la transfiguración de nuestra mente y de nuestro interior. Así será posible también la transformación de este mundo en un mundo más generoso, solidario y justo.

José Cervantes Gabarrón, sacerdote misionero y profesor de Sagrada Escritura