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Reflexión dominical: La dicha del discipulado radical

Ser discípulo de Jesús

 

Para ser discípulo mío” es la frase que más se repite en el Evangelio de este domingo (Lc 14,25-33) e indica una vez más el objetivo de la radicalidad en la vida verdaderamente cristiana. Aunque a algunos amigos míos les disgusta, creo que la palabra radicalidad habría que recuperarla para nuestro lenguaje, con su sentido más positivo, en el ámbito de la moral personal, social y política, sobre todo cuando ésta nace del espíritu del Evangelio. A lo largo del camino hacia Jerusalén Jesús da instrucciones a sus discípulos mostrándoles los comportamientos, actitudes y valores propios del Reinado de Dios en la vida humana, los cuales fueron encarnados y vividos en primer lugar por el mismo Jesús. Ser discípulos radicales de Jesús es echar las raíces de la vida en Jesús y ésa es la razón de la dicha entusiasta.

 

Un estilo de vida alternativo

 

Posteriormente los cristianos los asumieron y desarrollaron generando un estilo de vida nuevo y un mundo de valores alternativo. La ruptura con las normas familiares como exigencia del seguimiento, la desvinculación de la propia familia y de los bienes desde la radicalidad en el seguimiento de Jesús, la inversión de los valores patente en las bienaventuranzas relativas a la pobreza, al hambre y al sufrimiento, la renuncia a todo tipo de violencia, el amor a los enemigos, así como la vida marginal inherente a la misión, constituyen los aspectos básicos de la conducta de Jesús y de sus seguidores. Todas esas exigencias corresponden a la vivencia de los grandes valores del Reinado de Dios, por ello se requiere radicalidad en la comprensión del Reinado de Dios en la vida humana, es decir, echar raíces en la gracia que lleva consigo el seguimiento de Jesús.

 

Renuncia a la familia y a los bienes

 

En el evangelio de este domingo (Lc 14,25-33) se encuentran los rasgos de identidad propios del discipulado. La renuncia a la familia, la disposición a cargar con la cruz propia y el desprendimiento de los bienes recapitulan las tres condiciones para pertenecer al discipulado de Jesús. La primera de ellas resulta desconcertante: “Quien no odia a su padre y a su madre no puede ser discípulo mío”. El dicho, en esta forma simple, aplicados los criterios de historicidad, puede proceder directamente de los labios de Jesús, pero debe entenderse bien. Esta sentencia no quiere generar ningún tipo de odio hacia los padres, sino que resalta la radicalidad extrema de la fidelidad a Jesús y al Reino de Dios de parte de los discípulos. Una radicalidad que hay que interpretar bien como expresión de la gran libertad que debe caracterizar la entrega de la vida del discípulo en el seguimiento del crucificado.

 

La radicalidad de Lucas en las palabras del seguimiento

 

Lucas recogió este dicho de Jesús (Lc 14,26-27), presente también en Mateo (cf. Mt 10,37-38), y por tanto procedente de la fuente Q de los dichos del Señor, lo colocó en el marco de las exigencias a los discípulos (Lc 14,25-33) y amplió la lista de familiares a los que hay renunciar para ser discípulo, incluyendo entre ellos a la mujer, a los hijos, a los hermanos y a las hermanas, así como la necesidad de desprenderse de todos los bienes (Lc 14,33). La vida del discípulo comporta, pues, un cambio de valores desde las categorías evangélicas y conlleva la capacidad de renuncia y de sacrificio, cargando con la cruz, para luchar con total disponibilidad y libertad por la causa del Reino de Dios y su justicia.

 

Cargar con la cruz, detrás de Jesús

 

No menos llamativa es la renuncia a sí mismo, entendida esta vez como cargar con la “propia cruz”. Este dicho está en la tradición sinóptica, pero Lucas lo personaliza aún más. De igual modo que antes había añadido a la serie de renuncias familiares la de la propia vida, ahora destaca el tema de la propia cruz. Cada cual tiene que asumir las dificultades propias, pero tampoco hay que buscar las cruces de la vida, pues éstas vienen solas y hay que saber afrontarlas. Con todo, lo más importante de este dicho no es sólo el aspecto de cargar con la cruz sino el de seguir “detrás de Jesús”, pues en eso consiste ser discípulo. Ir con Jesús, tras sus huellas y detrás de él es, con mucho, lo mejor de la vida discipular. No vamos a la deriva, sino con él y detrás de él. Ésa es la radicalidad a la que estamos llamados, la del seguimiento de Jesús.

 

Los bienes son para compartirlos con los más pobres

 

Por eso la tercera condición es también radical y deriva de la alegría y del entusiasmo de seguir al Señor. Después de las comparaciones lucanas relativas a la construcción de una torre y a la batalla de un rey, para las cuales se necesita hacer bien los cálculos con tal de no caer en el fracaso, la condición de la renuncia a todos los bienes es propia y exclusiva de Lucas y sella todo lo dicho hasta ahora en el viaje a Jerusalén, también en lo relativo a la relación con la economía y con el uso de los bienes. La prontitud y la libertad del discípulo requieren una concentración tal en el Reinado de Dios que se ha de vivir en la pobreza auténtica, en el desprendimiento de los bienes y en la comprensión de que los bienes son para compartirlos con los más pobres y necesitados.

 

Derribar los muros de la esclavitud y del racismo

 

Pablo, como auténtico discípulo, genera una nueva relación fraterna entre Onésimo y Filemón, superando cristianamente las relaciones sociales existentes en su época entre un amo y su esclavo (Flm 9-17). Lo que hay que construir en nuestro mundo no es ninguna torre espectacular, sino un hogar universal para toda la familia humana, derribando los muros de la esclavitud y del racismo, erradicando la xenofobia, la marginación y todo tipo de discriminación étnica y destruyendo las fronteras que excluyen a los pobres de la tierra de la mesa de los ricos. Lo que hay que descubrir es la fuerza poderosa del amor en el corazón humano, al cual le hacen la guerra los bajos instintos del egoísmo, la codicia y la envidia, que conducen al mundo por los derroteros de la insolidaridad, de la injusticia y de la corrupción.

 

Discípulos libres, alegres y comprometidos

 

Para eso es necesario un movimiento de discípulos verdaderamente libres y apasionadamente comprometidos con la causa de la fraternidad universal y con el Reino de Dios inaugurado con Jesús. Para comprender este mundo de valores es necesario abrirse a la fuerza del Espíritu, que es el único capaz de formarnos en la sabiduría que puede comprender el designio de Dios (Sab 9,13-19) y llevarnos a vivir con radicalidad y alegría el Evangelio y las exigencias de Jesús. Oremos para poder conseguirlo.

 

José Cervantes Gabarrón, sacerdote misionero y profesor de Sagrada Escritura