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REFLEXIÓN DOMINICAL: LA CODICIA ES EL ORIGEN DE TODOS LOS MALES

La palabra de Dios de este domingo nos permite analizar nuestra vida en una de las pasiones más importantes de la vida humana, y que constituye un pecado capital, la codicia. Para reflexionar sobre la generosidad de nuestra vida las lecturas bíblicas nos remiten a la experiencia de la vida, de la cual el libro del Qohelet o Eclesiastés, nos dice en su título que todo en la vida es vaciedad, sinsentido o vanidad. Ante la pregunta “¿Qué provecho saca el hombre de todos los afanes que persigue bajo el sol?”, el autor sostiene que todo en la vida es efímero, que todo pasa, que todo es como humo que se esfuma. De ahí la gran sentencia de su comienzo: Todo es vaciedad, es decir, total sinsentido. Un poco más adelante dirá, decepcionado incluso de las riquezas, que lo único “bueno y lo que vale es comer, beber y disfrutar de todo el trabajo que se hace bajo el sol, durante los días que Dios da al hombre, pues esa es su recompensa” (Ecl 5,17), lo cual es como decir vulgarmente “comamos y bebamos, que mañana moriremos…”.

El Evangelio de Lucas nos enseña que la vida no depende de los bienes (Lc 12,13-21). De la sabiduría de la experiencia, como en la primera lectura, se deduce esta verdad. En la búsqueda de la felicidad, propia de los seres humanos, el evangelio aborda el problema de la codicia en tres momentos: Primero, Jesús se niega a dirimir un litigio de herencia (vs. 13-14), después viene un aviso sobre la codicia (v.15) y, finalmente, una parábola (vs. 16-21). La advertencia es lo central “Guárdense de toda clase de codicia”; y la parábola lo ilustra mostrando la insensatez de quien acumula bienes para muchos años, sin contar con que Dios es el Señor de la vida.

La codicia aparece en el Nuevo Testamento como una idolatría (Ef 5,5 y Col 3,5) y el amor al dinero como la raíz de todos los males (1Tim 6,10). La codicia genera alejamiento de los hermanos y de Dios. Por eso los discípulos deben hacerse ricos para Dios, distribuyendo y compartiendo sus bienes, dando limosna a los más necesitados (Lc 12,33) en vez de atesorar para sí mismos, como hace la gente insensata. La parábola es una lección en negativo que deja en ridículo al rico de bienes materiales, por ser necio, torpe e insensato. Además es un individuo solitario, que sólo piensa en sí mismo, y para eso pretende acumular riqueza, aunque no la pueda disfrutar. No habla el evangelio en esta ocasión del modo de obtención de la riqueza (que es otro tema distinto), sino del mero hecho de su uso y acumulación, aunque ésta se haya conseguido lícitamente. 

La pretensión del rico es poner sus bienes en un lugar seguro y conveniente para disfrutarlos luego tranquilamente (v.19). El rico sólo se preocupa de acumular sus bienes y su trigo, prescindiendo en todo caso de los demás, particularmente de los necesitados. Acumular mientras otros pasan necesidad está mal y es pecado. El insensato es el que dice “no hay Dios” (Sal 14,1) y vive como si Dios no existiera. La pregunta última de parte de Dios en el momento final de la vida es ¿Para quién será lo acumulado?

En realidad los bienes acumulados tienen su destino asignado por Dios. El rico no debería haber acumulado para sí mismo, sino para los otros, para los pobres…No se critica la laboriosidad de este rico, sino la orientación individualista y egoísta de sus bienes. A la luz de lo dicho en Lc 12,33: “Vendan sus bienes y den limosna” y del ejemplo del rico frustrado (Cf. Lc 18,22) queda patente que el ideal de la vida no es acumular bienes y posesiones para uno mismo, sino que la abundancia implica responsabilidad a favor de los demás y que la cosecha debe servir para producir un mejor nivel de vida en toda comunidad. El relato lucano de Zaqueo constituye el ejemplo positivo del rico que experimenta la salvación, cambiando la orientación de su riqueza a favor de los demás, particularmente de los más necesitados. El destino común de los bienes se convierte en un principio básico de la orientación de la moral social cristiana en la justicia el Reino de Dios. Esto reclama de todos nosotros una actitud generosa en la vida, que nos haga capaces de compartir con los pobres de la tierra.

Por todo ello la Carta a los Colosenses (Col 3,1-11) llama a los creyentes a poner nuestro corazón en Cristo, vida nuestra, para lo cual hemos de dar muerte a todo lo terreno que hay en nosotros: la fornicación, la impureza, la pasión, la codicia y la avaricia, y todo tipo de engaño. Todo eso es banalidad, sinsentido e insensatez, en definitiva, vanidad de vanidades. En cambio revestirse de la nueva condición humana implica buscar los bienes de lo alto, los bienes de Dios, que trae consigo la muerte y resurrección de Cristo, es decir la generosidad, el compartir y repartir los bienes, el amor, la entrega, el respeto a los otros, la verdad y la justicia del Reino de Dios, bienes que traen la paz, la alegría y la vida de Dios en nosotros.

José Cervantes Gabarrón, sacerdote misionero y profesor de Sagrada Escritura.