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REFLEXIÓN DOMINICAL: EN LA PLENITUD DEL TIEMPO, DIOS ENVIÓ A SU HIJO, NACIDO DE MUJER

En el primer día del año, la Iglesia celebra la solemnidad de Santa María, Madre de Dios. Es una fiesta entrañable que permite profundizar el misterio de la Navidad desde la contemplación de la Virgen María.

 “Cuando se cumplió la plenitud del tiempo, Dios envió a su Hijo, nacido de mujer” (Gál 4,4). Pablo resalta con una expresión solemne la importancia del momento al que alude. Es el tiempo que viene y el que se ha cumplido de parte de Dios. Y es que Dios ha enviado a su Hijo. No se trata de un hombre adoptado por Dios como hijo, sino del que ya existía. Y además de enviar al Hijo nos envía su Espíritu, el Espíritu del Hijo, para que los humanos seamos también hijos adoptados por Dios, y por ser tales, vivamos con la certeza de que somos herederos de las promesas y del favor de Dios y no sometidos a la ley, de que somos libres y no esclavos de ninguna ley.

Pero el envío del Hijo no tiene aspecto glorioso sino humilde, y su humildad se refleja en dos rasgos esenciales, nacido de mujer y nacido bajo la ley. “Nacido de mujer” muestra la enorme fragilidad de este hijo, pues como todo mortal es corto de días, harto de inquietudes,  como flor se abre y se marchita…” (Job 14,1). Y además, como culmen de su abajamiento, está sometido a una ley externa. Paradójicamente este Hijo consigue resultados sumamente valiosos, pues rescata a los nacidos bajo la ley y convierte en Hijos de Dios a los nacidos de mujer. El rescate de la ley al sufrir por nosotros la pena de muerte injusta le llevó hasta la cruz, pero Jesús llevó a cabo esta liberación de modo que la muerte suya propició una vida nueva. Ese modo consistió en aceptar la muerte como entrega de la vida por amor (cf. Gál 2,20). Y desde entonces el amor es generador de una nueva vida. Para conseguir esto el Hijo de Dios nace de una mujer y no sólo rescata a los humanos sino que obtiene para todos la categoría de la filiación divina por adopción. La razón de todo es que Jesús fue concebido por obra del Espíritu Santo en el seno de la Virgen María (Mt 1,18; Lc 1,27.35) y por eso es Hijo de Dios e Hijo de una Mujer, María. Al darnos la adopción como hijos, cambia también nuestro corazón humano en todos nosotros, pues Dios interviene con su Espíritu comunicando nueva vida y haciéndonos partícipes de la vida nueva del Hijo Resucitado. Este Espíritu nos capacita para establecer una relación filial con Dios como la del Hijo, por el cual podemos llamar a Dios “Padre”. Ésta es la nueva identidad de los humanos que ya podemos vivir este gran misterio.

La Iglesia hace coincidir la celebración de estos misterios con el comienzo del año probablemente para destacar que cada año nuevo es una señal de la plenitud del tiempo que supuso el nacimiento de este Jesús, el Mesías de la Pascua e Hijo de Dios y de María, y de la repercusión que para la humanidad tiene tal misterio al transmitir a los seres humanos su Hijo mismo Espíritu de Hijo de Dios.

En la noche de fin de año, de un modo u otro, muchos celebramos las doce campanadas que inauguran el nuevo año. Cada pueblo tiene su propio ritual. Pero lo más importante para los cristianos es comprender el sentido profundo del rito. Si nos emocionamos sólo con gustar las uvas y saborear el vino, con oír las campanas y con besar a otras personas, entonces es que los sentidos transmiten algo más y son como un rumor de ángeles, que nos anuncia la presencia de algo grandioso y estremecedor en el corazón humano, permitiéndonos vislumbrar la alegría última y hacer fiesta por ella. Si en el monótono resonar de las horas marcando el paso inexorable del tiempo somos capaces de captar más bien por qué y por quién tañen las campanas, experimentaremos realmente la trascendencia del tiempo y su valor para el ser humano. Pero lejos de divinizar el tiempo y de concederle la potestad de marcar nuestro destino y nuestra suerte, hemos de valorarlo en su justa medida, conscientes de que su importancia radica en ofrecernos la posibilidad de crecer como personas con dignidad y en libertad, desarrollando nuestras potencialidades en la construcción de un mundo más justo y en paz, pero sabiendo que el Señor del tiempo no es el hombre sino Dios, y que el Espíritu de su hijo, nacido de mujer, nacido de la Virgen María, nos transmite su misma fuerza y su misma vida para que seamos Hijos e Hijas en el Hijo y experimentemos la grandeza del Padre al que ya tenemos un acceso irrevocable por el Hijo unigénito, el gran regalo de la Madre de Dios y del Padre por el Espíritu.

En Mc 6,3 Jesús es denominado de manera insólita «el hijo de María», con artículo determinado. Lo significativo de este evangelio no es tanto que falten relatos del origen de Jesús, presentes en Mateo y Lucas, como que la concentración del mensaje cristiano en sus líneas esenciales e irrenunciables contiene a  María, unida indisolublemente al centro que es el Mesías e Hijo de Dios. En el evangelio de Marcos se deja entrever, a través del silencio sobre María, una comunicación profunda sobre el origen último del Hijo de Dios y su aparición sobre la tierra a través de una mujer hebrea: María. La maternidad de María es una referencia histórica que identifica a Jesús. Y dado que este Evangelio cuida hasta el final, al pie de la cruz, el reconocimiento humano de Jesús como Hijo de Dios, centro clave de su teología, podría decirse que la expresión «el Hijo de María» apunta, dándole la vuelta, hacia este otro, que hoy celebramos en la Iglesia: «la Madre de Dios». Como afirma y representa la teóloga M.D. Ruíz, “ambos  son como las dos caras de una única medalla”:      

el Hijo de María   
        X
la Madre de Dios

De todo corazón os deseo un feliz año 2012 en el que vivamos como hijos e hijas de Dios, pues para eso hemos sido llamados. Y aquel Espíritu del Hijo enviado por Dios al corazón se activa de forma singular al escuchar la Palabra, que es también Espíritu que lo actualiza haciéndolo presente. La misión de la Iglesia es anunciarla para que todos la acojan y la celebren. Por eso yo también quiero que “el Señor te bendiga y te proteja, ilumine su rostro sobre ti y te conceda su favor: El Señor se fije en ti y te conceda la paz” (Num 6,22-27).

José Cervantes Gabarrón, sacerdote misionero y profesor de Sagrada Escritura