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Que no nos quepa duda alguna: tolerancia cero frente a la pederastia – Editorial Ecclesia

(España-Madrid)

La principal noticia eclesial de la primera semana de febrero ha sido la publicación de una carta abierta del Papa Francisco, dirigida a los presidentes de las conferencias episcopales y a los superiores mayores de los institutos consagrados (página 35). Esta carta se complementó con la primera reunión plenaria de la Pontificia Comisión para la Tutela de los Menores, cuyas conclusiones glosó, en rueda de prensa, su presidente, el cardenal O’Malley, arzobispo de Boston. ¿Cuál es la novedad de la carta papal? ¿Cuáles son las determinaciones y propuesta más significativas de la citada pontificia comisión?

La carta de Francisco se inscribe, en primer lugar en su propio quehacer sobre este particular y en el mismo marco de las iniciativas tomadas por Benedicto XVI, y que los medios de comunicación suelen, solemos, denominar “tolerancia cero” frente a los abusos sexuales a los menores y adultos vulnerables, auténtico flagelo, delito y pecado, ante el que la Iglesia “debe continuar haciendo todo lo posible” por su erradicación, prevención y búsqueda “de caminos de reconciliación y curación para quien ha sufrido abusos”. Esta actitud ha de ser un compromiso inexcusable, ante el cual “no se podrá dar prioridad a ningún otro tipo de consideración, de la naturaleza que sea, como, por ejemplo, el deseo de evitar el escándalo”. Y es que nada es más escandaloso que un solo caso de pederastia perpetrado por cualquiera, menos uno por un eclesiástico.

Por ello, “las familias deben saber que la Iglesia no escamita para proteger a sus hijos y tienen derecho de dirigirse a ella con plena confianza porque es una casa segura”. Y todos -familias, eclesiásticos, laicos, autoridades, opinión pública- han de saber, hemos de saber, que “no hay absolutamente lugar en el ministerio para los que abusan de los menores”.

Igualmente, obispos, conferencias episcopales y superiores mayores, han de implementar, si todavía no lo han hecho, las normativas emanadas, el 3 de mayo de 2011, por la Congregación para la Doctrina de la Fe. Criterios y líneas maestras que se han de revisar y evaluar periódicamente. Al respecto, el Papa llama a la colaboración “plena y atenta” con la Pontificia Comisión para la Tutela de los Menores –esta, según su presidente, está preparando programas de formación destinados a curiales y obispos- y al intercambio mutuo de “praxis virtuosas” y experiencias. Asimismo, la citada comisión pontificia propondrá al Papa nuevos instrumentos y servicios de coordinación y de enlace, con las correspondientes personas designadas al efecto, entre las conferencias episcopales y la Santa Sede.

A las víctimas y a sus familias, que no solo merecen todos los respetos y las reparaciones que en justicia correspondan, es preciso escucharlas, atenderlas, acompañarlas y ofrecerles “programas de atención pastoral que podrán contar con la aportación de servicios psicológicos y espirituales”.

O’Malley, quien también declaró que en los últimos años “los nuevos casos de abusos han caído en picado”, anunció que se estudiará fijar una jornada anual de oración, dedicada y ofrecida a “aquellos que han sufrido daños por abusos sexuales”. Y esta jornada, añadimos nosotros, que ya de por sí tendría un marcado carácter penitencial y de reconocimiento, implícito y explícito de culpa y de responsabilidad, será una ocasión privilegiada para seguir trabajando en concienciar a la comunidad católica acerca de la lacra que suponen los abusos a menores.

Por último, y a tenor de las declaraciones del cardenal O’Malley y de la praxis seguida por Benedicto XVI y por Francisco, se recaba, de nuevo, a obispos y superiores religiosos extremar la diligencia y la colaboración sincera y sin subterfugios con la justicia y con la verdad. El que la hace, en el grado que corresponda, la debe pagar. Sea quien sea. La Iglesia está obligada a ser especialmente ejemplar en este tema y a convertirse en un referente mundial. Lo reclaman los errores del pasado y la sinceridad de los “mea culpa” entonados con auténtico dolor y desgarro del corazón. Y, sobre todo, lo demanda el Evangelio, pues, de lo contrario, se vulneraría la voluntad de su Señor, Jesucristo, quien previno durísimamente contra aquellos que escandalizaran a los pequeños (Mt 18, 6).

Que no le quepa duda a nadie, comenzando por nuestros mismos pastores, ministros, consagrados y laicos, ni tampoco a los menores, a los vulnerables y a sus familias: con el Evangelio no se deber jugar; la pederastia en la Iglesia ha de ser erradicada.