Internacional

Paz, justicia, evangelio: siembra del Papa Francisco en Ecuador, Bolivia y Paraguay (Editorial Ecclesia)

(Madrid-ESPAÑA)

Francisco rubricó, del 5 al 12 de julio, en Ecuador, Bolivia y Paraguay otro extraordinario viaje apostólico, ya el noveno internacional. El Papa regresó a América Latina, más en concreto a su América hispana natal, a poner de relieve y a reavivar la gran riqueza de esta Iglesia, con sus grandes potencialidades humanas y espirituales, con sus valores cristianos hondamente arraigados y también con graves problemas y contradicciones sociales y económicas, para cuya solución la Iglesia –afirmó Francisco en la alocución previa al ángelus del domingo 19 de julio- “la Iglesia está comprometida en la movilización de las fuerzas espirituales y morales de sus comunidades, colaborando con todos los componentes de la sociedad”.

El viaje de Francisco a los tres países más pobres y olvidados de América del Sur fue una renovada visibilización –escribíamos ya en nuestro comentario Editorial anterior- de su opción preferencial por las periferias, a ir y a estar en ellas y a evangelizar en ellas y desde ellas. América del Sur es una Iglesia joven y lozana –declaró en la rueda de prensa en el avión de regreso a Roma-, a la que no hay que tener miedo, sino todo lo contrario, pues es Iglesia de la esperanza, ya realidad presente en tantos aspectos.

En Ecuador, Bolivia y Paraguay, Francisco volvió a mostrarse, en multitud de gestos y de acciones y en medio de una multitudinaria y calidísima acogida de los fieles, de la opinión pública y de las autoridades, como un Papa popular, cercano, sencillo, abierto, un Papa del pueblo y para el pueblo. Y al respecto, nada tiene de extraño, pues, y siempre desde la guía no de las ideologías políticas y mundanas, sino desde el Evangelio, su participación, apoyo e iluminación del II Encuentro Mundial de los Movimiento Populares (ver páginas 48 a 52 de este número de ecclesia). No en vano, el primero de estos encuentros tuvo lugar en Roma, en otoño pasado, con la intervención y el aliento asimismo del Santo Padre.

El viaje a Ecuador, Bolivia y Paraguay hay que leerlo también desde una de las claves más presentes y más reiteradas en el ministerio y magisterio de Francisco: su rechazo a la vigente cultura del descarte, a la economía sin rostro humano, a la injusticia social, a la explotación, al colonialismo del sesgo que sea, al abuso de la madre tierra. Francisco apostó, una vez más, en estos tres países hispanoamericanos, por la cultura del encuentro, por la inclusión, la integración, por unir fuerzas, voluntades y conciencias en pro de una nueva economía más justa, más social y más humana, que, no solo es posible, sino que, desde el Evangelio, es obligatoria e inaplazable.

Y para ello, es necesaria una apertura, una búsqueda constante, de la intercolaboración con la entera sociedad civil, con las legítimas y democráticas autoridades, sean del signo que sean y sin apriorismos excluyentes, y, de manera muy particular, con y para los excluidos y los pobres.

Además, esta insistencia en el primado por la cultura del encuentro conlleva resonancias y exigencias intraeclesiales. Y en este sentido, no cabe ninguna duda de que el viaje del Papa a Ecuador, Bolivia y Paraguay ha buscado y apuntalado la comunión y la reconciliación y ha servido de bálsamo para sanar y contribuir a cerrar heridas abiertas en décadas atrás en el seno de estas mismas comunidades eclesiales, zarandeadas e influenciadas igualmente por las distintas ideologías, poderes y presiones de este mundo.

Francisco -lo sabemos bien- no quiere una Iglesia de cristianos a la carta, de apariencias y de salón. El Papa no quiere cristianos de “dos velocidades”…, separados por el abismo de la desigualdad económica, social y cultural. Quiere cristianos coherentes, auténticos, solidarios, fieles al culto y a tradiciones, sí, y también a la caridad y a la misión. Sus homilías en las principales misas de las tres etapas de este viaje certifican estas ideas.

Ecuador, Bolivia y Paraguay, como toda América Latina e Hispana, es tierra de María Santísima y de honda y vigorosa piedad popular. A la purificación, respeto y potenciación de la piedad popular ha contribuido también este nuevo periplo apostólico: un viaje a las periferias que llama a toda la comunidad eclesial a ir a ellas y desde ellas testimoniar y servir la fuerza transformadora y la alegría expansiva del Evangelio.