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“Ningún hecho de la vida humana escapa del ámbito de la fe” Mons. Sergio Gualberti

Antes de comenzar su Homilía, Mons. Sergio Gualberti saludó a los miembros de CARITAS departamental y parroquial que celebran el Jubileo de la Misericordia y les agradeció porque ofrecen su tiempo y capacidades al servicio de los hermanos pobres, necesitados, enfermos y marginados.

Asimismo saludó a los jóvenes universitarios que participan del encuentro “La identidad misionera del Universitario” y agradeció por el aporte de las universidades a la labor evangelizadora del continente, a la defensa de la dignidad de los indígenas y el valor de sus culturas.

Mons. Gualberti en su Homilía, abordó la temática de la fe. Comenzó cuestionándose porqué ante un mundo de injusticia, violencia, terrorismo y guerras, nos preguntamos: ¿Por qué Dios no interviene ante estos males que siembran dolor y muerte en el mundo?. Algunos se resienten y optan por dejar de creer en el Señor, otros aceptan serenamente el dolor como un camino de humanización y elevación moral.

En ese contexto Mons. Gualberti dijo que la Fe es la condición esencial para entender que el Reino de Dios se abre paso en la humanidad aún en medio de tantas contradicciones. Mons. Gualberti indicó que la fe es muy débil, por ello debemos salir de nuestra razón y por poner en el Señor nuestra Fe. Sólo desde esa mirada podremos comprender que Jesús ha hecho cercano el Reino del Señor.

Mons. Sergio indicó que la Fe es la perla preciosa que Dios a puesto en nuestro corazón como un tesoro que debemos cuidar con esmero, escuchando la palabra del Señor y dejándolo que guie nuestras vidas en cada momento con la ayuda del Espíritu Santo que no es un Espíritu de temor y miedo sino que es un Espíritu de Fortaleza, amor y sobriedad.

Homilía de Mons. Sergio Gualberti
Pronunciada en la Catedral de Santa Cruz
Domingo 2 de octubre de 2016

En esta Eucaristía están entre nosotros representantes de las Caritas Parroquiales y los integrantes de la Comisión Arquidiocesana de Pastoral Social Caritas que celebran el Jubileo de la Misericordia. Son hermanas y hermanos, que quieren sentir en su propia vida la mano misericordiosa de Dios que perdona, acompaña y anima. Esta experiencia de gratuidad y gracia seguramente les llena de alegría y los fortalece y reaviva en su compromiso de ser el rostro visible del Padre misericordioso en nuestra Iglesia poniendo a disposición su tiempo y capacidades al servicio de los hermanos pobres, necesitados, enfermos y marginados.

También están con nosotros jóvenes universitarios de distintos ateneos que han participado de un encuentro para tomar conciencia de la “la identidad misionera del universitario”, intercambiar experiencias y colaborar al compromiso misionero de nuestra Iglesia. Entre otros temas han recorrido la historia del aporte de las universidades a la labor evangelizadora de nuestro continente, en particular acerca de la defensa de la dignidad de los indígenas y el valor de sus culturas. Al terminar hoy su encuentro recibirán el envío misionero para ser testigos del Dios de la vida en el mundo universitario y en la sociedad.

El compromiso de todos estos jóvenes universitarios y de los integrantes de las Caritas hacia las múltiples necesidades del mundo de hoy, seguramente es una manera de responder a los desafíos que nos plantea la palabra de Dios de este domingo.

¿Hasta cuándo, Señor, pediré auxilio sin que tu escuches, clamaré hacia ti: “Violencia”, sin que Tú salves? ¿Por qué me hacer ver el mal y te quedas mirando la opresión?” Es el grito del profeta Habacuc angustiado por la irradiación del mal en el pueblo de Israel.

Ante un mundo donde la injusticia, la violencia, el terrorismo y las guerras se van extendiendo día a día, también nosotros, como el profeta Habacuc, podemos compartir en lo profundo de nuestro corazón esas interrogantes angustiosas. ¿Por qué Dios no intervienes ante estos males provocados por sistemas inicuos y el fanatismo que siembran dolor y muerte en el mundo?
Algunos, ante estas contradicciones y aparente ausencia de Dios en la historia, se escandalizan, se resienten y optan por alejarse y dejan de creer en el Señor. Otros consideran que no hay que cuestionar a Dios por no resolver los problemas causados por la maldad del hombre, sino a nosotros mismos a quienes Dios ha confiado la responsabilidad de construir un mundo justo y en paz. Otras personas estiman que la aceptación serena del dolor y de la desgracia, aunque difícil y sufrida, es un camino de humanización y elevación moral.

La palabra de Dios de este domingo nos indica que para poder dar una respuesta certera a estas preguntas, inquietudes y búsquedas hace hace falta recurrir a la luz de la fe y no sólo a la investigación y esfuerzos de la razón. La fe es la condición esencial para entender que el Reino de Dios que es vida y amor, se abre paso en la historia de la humanidad, aún en medio de tantas contradicciones y males.

En este sentido el profeta Habacuc, con vehemencia, exhorta al pueblo de Israel a escuchar la voz del Señor, a descubrir su presencia en las circunstancias difíciles por las que está pasando el pueblo de Israel y a esperar con confianza el momento establecido para la intervención salvadora de Dios, porque “Él vendrá seguramente y no tardará”.

En el Evangelio, Jesús, en respuesta al pedido de los apóstoles: “Auméntanos la fe”, les pone ante el desafío de dar un paso trascendental, para fortalecer su fe demasiado débil y exigua: “Si tuvieran fe del tamaño de un granito de mostaza…”. Sería suficiente una “nada”, como una menuda semillita de mostaza, para hacer “todo, para cambiar la vida y la historia.
A igual que los apóstoles, también nuestra fe es muy débil, necesitamos crecer, salir de nuestra cerrazón y nuestro yo, y poner en el Señor toda nuestra confianza y seguridades. Sólo desde la mirada de fe podemos comprender que Jesús es el enviado del Padre, que nos ha hecho visible su rostro misericordioso y que ha hecho cercano su Reino, asumiendo sobre sí nuestras debilidades y limitaciones, y liberándonos de la esclavitud del mal y del pecado.

La fe es un don de Dios, la perla preciosa y el tesoro que él ha puesto en nosotros como en una vasija de barro, tesoro que necesita ser acogido libre y responsablemente. Por eso, hay que cuidar y reavivar la fe con esmero, adhiriendo con gozo al Señor y dejando que Él guie cada momento nuestra vida para que demos frutos abundantes de esperanza y caridad. Es en el día a día que manifestamos ser personas de fe, y no porque celebramos algunas fiestas religiosas o porque nos recordamos del Señor en ciertas circunstancias de nuestra vida, como en las desgracias o dificultades.

Por eso San Pablo insta a Timoteo: “Reaviva el don de Dios… con la ayuda del Espíritu Santo… que no es un espíritu de temor, sino de fortaleza, de amor y sobriedad”. Urgidos a reavivar la fe con la ayuda y fortaleza del Espíritu del Señor, como la gracia que Dios concede a quien la pide y la acoge. La fe, la esperanza y la caridad puestas en Dios son las virtudes que nos colman de la vida de Dios: “El justo vive por la fe”.

Sin embargo no hay que olvidar que la fe es un don gratuito de Dios que no tiene precio, al que hay que corresponder con todo el bien que podamos hacer, con espíritu de gratitud y gratuidad. No podemos esgrimir nuestra buena conducta y nuestra práctica religiosa como argumentos para que el Señor nos conceda la fe. Por el contrario, al final de cada día, de cada tarea cumplida, de cada obra buena, de cada pequeño milagro y gesto de caridad, nuestra profesión, delante del Señor y de los demás, tiene que ser sin bombos y platillos, como la del criado del evangelio: “Somos simples servidores, no hemos hecho más que cumplir con nuestro deber”.

Nuestro testimonio de fe tiene que darse en nuestra familia, en el vecindario, en el trabajo, en la comunidad eclesial y en la sociedad. Un testimonio hecho de gestos concretos de amor, de misericordia, de perdón y de compromiso por la justicia, la verdad y la libertad, los valores del Reino. Ningún hecho de la vida humana escapa del ámbito de la fe, el pensar que la fe vale sólo para algún momento o hecho de nuestra vida, estaríamos cayendo en el grave error de separar la fe de la vida.

Volvamos ahora a acercarnos nuevamente a las interrogantes iniciales respecto a la supuesta ausencia de Dios ante el mal del mundo. Nos acercamos con humildad, conscientes de que nuestra razón es un instrumento limitado, incapaz por si sola de descubrir los misterios de la vida y del plan de Dios sobre la creación y la historia. Necesitamos de la fe para entrar en la óptica de Dios y mirar con sus ojos de Padre, que por amor nos ha dotado a todo ser humano de dignidad y de libertad, y nos respeta aún cuando se tergiversa el sentido mismo de libertad, volviéndola libertinaje y se cae en la esclavitud del mal y el pecado. Con los ojos de la fe, podemos entender que todo lo que acontece está en el corazón y la mente de Dios, aunque nosotros no lo comprendamos, y es esta certeza que nos ayuda también a ver que detrás de tantos males, se va gestando un mundo nuevo hacia la plenitud del Reinado de Dios.

Jesús es él que nos ha ayudado a dar el paso decisivo y definitivo en la comprensión de ese cuestionamiento y lo ha hecho experimentando en carne propia el sin sentido del mal a través de su pasión y muerte en cruz. Y es justamente porque Jesucristo ha vencido al mal y a la muerte que nos ofrece la gracia de asociar misteriosamente nuestros sufrimientos, nuestros males y nuestra muerte a su muerte redentora, volviéndose semillas que dan frutos abundantes de vida. “Si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda él solo; pero si muere, da mucho fruto”. Llenos de esperanza y confianza, junto a los apóstoles, pidamos al Señor esta mañana: “Auméntanos la fe”, para que cada uno de nosotros reciba la gracia de ser “el justo que vive por su fidelidad”. Amén