Santa Cruz

Gualberti: No tengamos miedo, pongamos toda nuestra confianza en Jesús

“No tengamos miedo, pongamos toda nuestra confianza en Jesús y con humildad y sencillez aprendamos de él, escuchando su palabra, siguiendo sus pasos y alimentándonos del pan de vida porque, como nos dice el salmo, “el Señor es fiel en todas sus palabras y bondadoso en todas sus acciones”.

 

Homilía del Arzobispo de Santa Cruz, Mons. Sergio Gualberti

Domingo 05/07/2020

Las lecturas de hoy tocan a un aspecto vital del Evangelio: el amor privilegiado de Dios hacia “los pequeños”, es decir los pobres, los débiles y los sencillos, los que no son tomados en cuenta en el mundo de los poderosos y de los ricos.

En la 1ª lectura el profeta Zacarías anuncia un mensaje de esperanza al pequeño “resto” del pueblo judío que, a pesar de las angustias y amenazas, se mantiene fiel al Dios verdadero y se resiste al sistema idolátrico y opresor instaurado en el país. El profeta anuncia un mensaje esperanzador e invita, a esa gente abandonada a si misma, a alegrarse porque pronto llegará el Mesías, restablecerá la verdadera fe y los liberará de ese sistema inicuo: “Alégrate mucho… grita de júbilo mira que tu Rey viene hacia ti, Él es justo”.

Él eliminará a las armas e instaurará tiempos de paz no solo para el pueblo judío, sino también para los otros pueblos:Suprimirá los carros y el arco de guerra y proclamará la paz a las naciones”. Además les asegura el éxito de esa misión porque el Mesías “es el rey victorioso”. La misión del Mesías es instaurar el plan de Dios y trazar el horizonte definitivo de la historia y destinos del mundo, garantizando la victoria final del amor y de la vida sobre el pecado, la muerte y toda clase de esclavitudes.

Este anuncio tan trascendental de Zacarías contrasta con el carácter dócil y sencillo con que se presenta el Mesías: humilde y montado sobre un asno”. Con estas palabras se prefigura la entrada de Cristo en Jerusalén, el rey Mesías que ha cumplido a plenitud esta profecía poniéndose al servicio de la paz, de los últimos y los marginados, no recurriendo al poderío de las armas y de las riquezas, sino al poder del amor, la entrega y el servicio, el único que salva.

Jesús mismo confirma el mensaje del profeta Zacarías, al momento de una experiencia decisiva de su misión, cuando constata que el anuncio del reino de Dios es rechazado por las autoridades religiosas del pueblo, pero es acogido por la gente humilde e iletrada. Jesús lo hace con una oración de alabanza y gratitud: “Yo te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra”.

Jesús llama a Dios: “Padre”, en hebreo “Abbá” = papá, apelativo cargado de afecto propio de un hijo, palabra que expresa el misterio de Dios, que es Padre e Hijo en el Espíritu Santoel único Amor. Pero también lo llama “Señor del cielo y de la tierra”, Dios altísimo y omnipotente, uniendo maravillosamente la infinita grandeza del Creador con la cercanía y la ternura del Padre.

“Yo te alabo porque has ocultado estas cosas a los sabios y a los astutos, y las ha revelado a los pequeños”. Hasta Jesús queda sorprendido por la acción del Padre, porque ha dado un vuelco a la lógica discriminante del mundo y esto lo llena de gozo y por eso lo bendice, en acción de gracias porque ha “escondido” su misterio a los picaros y a los que se creen justos y superiores a los demás, a los que se aprovechan del poder.

Pero sobre todo Jesús alaba al Padre porque ha “revelado todas estas cosas” a los sencillos y humildes y los ha hecho partícipes de “los misterios del Reino de Dios”. el designio de vida y amor que el mismo Jesús está manifestando con sus palabras y obras. En el Reino de Dios, el lugar que dejan vacío los grandes, lo llenan los pequeños: pobres, enfermos, viudas, huérfanos y publicanos, los prediclectos de Dios.

Este misterioso y sorprendente actuar de Dios pone de manifiesto su “buena voluntad”, su manera de pensar y actuar: “Sí, Padre, porque así lo has querido”.

Dios, que es amor y misericordia, no solo quiere darse a conocer sino hacer partícipes de su plan de vida a los pobres, los que sufren, los que la sociedad injusta explota y deja abandonados a su suerte, los no violentos y los pacíficos. Que contraste radical y total entre la “buena voluntad” del Padre y la mentalidad del mundo que enaltece a los poderosos y acaudalados.  Con sus palabras Jesús nos enseña que el acceso a la salvación de Dios, no es fruto de las fuerzas y sabiduría humana, sino una gracia que Él da libremente a los que se presentan delante de él sin ningún mérito y pretensión, a los que ponen la confianza en su infinita bondad.

Es un don que el Padre nos concede a través de su Hijo Jesús, como el mismo afirma solemnemente: “Nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquél a quien el Hijo se lo quiera revelar”. El Dios, que nadie jamás ha visto, nos lo ha revelado Jesús, el Hijo, y esta es la heredad de los que reconocen su pequeñez y que, todo lo que son y tienen, se lo deben a Dios.

San Pablo en la carta a los Romanos reafirma el mismo pensamiento de Jesús:  Dios concede la gracia de la salvación a los que en su vida se dejan guiar por “el Espíritu”, es decir por el amor, la misericordia y la libertad, y no a los que se dejan ordenar por los principios de “la carne, las tendencias egoístas y los apetitos desordenados del poder, el placer y el prestigio.

Jesús luego hace una invitación: “Vengan a mí ustedes todos que están afligidos y agobiados, y Yo los aliviaré”. “Vengan a mí, ustedes todos”, Jesús dirige esta llamada a todos los que están cansados y agobiados por ser perseguidos a causa del Evangelio, pero también a todos los que sufren por las maldades e injusticias del mundo, como la gente pobre de su tiempo que llevaba sobre sus hombros las cargas impuestas por las autoridades religiosas y civiles.  “Y Yo los aliviaré”; en Jesús y solo en él termina el cansancio y encontramos alivio y consuelo, porque su amor es nuestro hogar. Esta invitación de Jesús se dirige también a todos nosotros que vivimos este tiempo de dolor y sufrimiento por la pandemia; nos pide ir donde él, poner todas nuestras penas y preocupaciones en su corazón, porque Él está siempre dispuesto a aliviar nuestras angustias y reavivar nuestra esperanza.

A continuación Jesús nos hace un llamado: “Carguen sobre ustedes mi yugo y aprendan de mí, porque soy paciente y humilde de corazón, y así encontrarán alivio. Porque mi yugo es suave y mi carga liviana”. Jesús no se impone por la fuerza, él nos invita a cargar su yugo, un yugo liviano. El yugo, no es solo signo de las exigencias que implica su seguimiento, sino también es signo de nuestra unión con él, signo de que cargamos juntos la misión confiada por Dios. Unidos a Cristo, el yugo se vuelve liviano y fácil para llevar, recorriendo el camino del amor, la misericordia y la compasión y haciendo de nuestra vida un don de amor al servicio de la Buena Noticia del Reino de Dios.

Por último Jesús nos pide ponernos a su escuela: “Aprendan de mí que soy manso y humilde de corazón, y así encontrarán alivio”. Jesús mismo, la Sabiduría eterna de Dios, es el camino de la mansedumbre y de humildad que nos lleva a gozar del amor,  el descanso y la paz del Padre desde ya y para siempre. No tengamos miedo, pongamos toda nuestra confianza en Jesús y con humildad y sencillez aprendamos de él, escuchando su palabra, siguiendo sus pasos y alimentándonos del pan de vida porque, como nos dice el salmo, “el Señor es fiel en todas sus palabras y bondadoso en todas sus acciones”.

Amén

 

Fuente – Foto: Campanas – Iglesia Santa Cruz