Análisis Santa Cruz

Monseñor Roberto Flock: Coronavirus y Manantiales de Agua Viva

Coronavirus y Manantiales de Agua Viva

Tercer Domingo de Cuaresma – 15 de marzo 2020

Queridos hermanos

Como saben, el Coronavirus, específicamente el Covid 19, ya está en territorio nacional, y el contagio está avanzando. Como hemos observado, a pesar de grandes medidas en países mucho más desarrollados que Bolivia, no se puede contener el virus. Pronto o tarde llega. El esfuerzo es para que sea tarde, para que nos preparemos lo mejor posible y protegemos a los más vulnerables. Hay esperanzas y avances para lograr una vacuna eficaz, pero esto requiere tiempo. Como cristianos y como Iglesia, también tenemos nuestra responsabilidad frente a esta pandemia. Expertos estiman que llegará a infectar entre 60 y 70 por ciento de la población mundial, 2 de cada 3 personas. Sin entrar en pánico, sin perder nuestra humanidad, conservando nuestra identidad cristiana, enfrentemos solidariamente esta crisis.

Es posible que lleguemos a suspender las Misas, como han hecho en otros países. Por el momento, suprimimos el rito de la paz, y pedimos que reciban la comunión en la mano, para reducir las formas de contagio más fácil. También suspendemos por el momento la Catequesis, y acatamos las determinaciones del Ministerio de Salud. Sobre todo, rezamos por los enfermos y todos los que están luchando para controlar esta nueva plaga.

Coronavirus no es la única amenaza para nuestra salud. El resfrío del AH1N1 ha cobrado algunas vidas y el dengue más. Hay aumento de VIH SIDA, y en muchos lugares, incluso San Ignacio, el agua es poco confiable, provocando toda clase de malestar. Por otro lado, hay más muertos en Bolivia por conducir borracho y por la violencia homicida que por estas enfermedades. Todo esto también requiere respuestas responsables, tanto de nuestras autoridades como de cada ciudadano.

En el Evangelio hoy, Jesús, cansado y sediento, se encuentra con una mujer samaritana en el pozo de Jacob. Entonces, le pide el favorcito de sacarle un poco de agua fresca, y así inicia una conversación que toca temas personales y existenciales. No lo dice, pero se supone que la Samaritana le dio a Jesús el aguita que solicitó. En otro momento, Jesús dice: “Les aseguro que cualquiera que dé de beber, aunque sólo sea un vaso de agua fresca, a uno de estos pequeños por ser mi discípulo, no quedará sin recompensa” (Mateo 10,42). Recordamos que, en aquel entonces, no había refrigeradores.

Ahora, a la mujer, Jesús le ofrece otra agua: «Si conocieras el don de Dios y quién es el que te dice: “Dame de beber”, tú misma se lo hubieras pedido, y Él te habría dado agua viva». Lo que Jesús ofrece no sustituye aquella agua fresca que él mismo pidió; es para aplacar otra forma de sed. Pues todos buscamos el sentido de nuestra vida, valoración de nuestra persona, además amistad y amor.

Jesús observaba esta sed en la mujer samaritana, pues está recogiendo el agua a solas al mediodía cuando el calor es más fuerte. Normalmente, iban las mujeres en la frescura de la madrugada y del anochecer, todos conversando, contando anécdotas y quizás chismes, riéndose de lo chistoso, y comentando las preocupaciones. Esta samaritana es rechazada, blanco de chismes y quizás peor, precisamente por el historial que Jesús saca a luz, al sugerir que traiga a su marida. Al decirle que había tenido cinco maridos y que el actual no es su marido, Jesús no estaba ni condenando un pecado ni reclamando una conversión, sino constatando una tristeza, un sufrimiento. Su forma de conversar con ella, es pues, como un vaso de agua fresca después de un calor agotador. Por eso, ella reacciona, no poniéndose a la defensiva, sino reconociendo a Jesús como Profeta y hombre de Dios.

Algo similar sucede con todo ese pueblo. En vez de revivir la tradicional enemistad entre judíos y samaritanos, peleando sobre dónde está el templo correcto, Jesús les lleva a una nueva comprensión del culto, será “En Espíritu y en Verdad”. Y ellos llegan a reconocer a Jesús como el Salvador del Mundo.

¿Qué es este culto en Espíritu y en Verdad? Sería fácil si yo dijera que es la Santa Misa y toda nuestra religión católica, y, por cierto, es parte de la respuesta. Pero en realidad, se refiere más a lo que vivimos fuera del templo que dentro. Dentro del templo, adoramos al Padre, asistido por su Espíritu Santo, y comulgando con Jesucristo, Camino, Verdad y Vida. Pero un verdadero culto en Espíritu y en Verdad es una vida diaria animada por el Espíritu Santo. Es un estilo de vida en que es evidente que caminamos con Jesús. El culto en Espíritu y en Verdad es dar un vaso de agua fresca al que sufre el calor, o quizás el coronavirus. Y el culto en Espíritu y en Verdad es saber tratarnos unos a otros con respeto, compasión y comprensión, como Jesús hizo con la Samaritana y con todos.

Naturalmente, cuando nosotros mismos nos sentimos agobiados por el peso de la vida, o perjudicados por alguna injusticia o peligro, o quizás por nuestros propios pecados, reaccionamos como los Israelitas en el desierto: El pueblo, torturado por la sed, protestó contra Moisés diciendo: «¿Para qué nos hiciste salir de Egipto? ¿Sólo para hacernos morir de sed, junto con nuestros hijos y nuestro ganado?»

Por supuesto, Dios no quiere hacernos morir de sed, tampoco de coronavirus y otros males, aunque pronto o tarde, nos toca despedirnos de este “valle de lágrimas”. Pero, si, Dios quiere ayudarnos a llegar a la fiesta celestial, dejando por atrás todo coronavirus, para recibir más bien la corona de la vida y de la santidad. Mientras tanto, nos toca aliviar la sed, unos a otros, como también el hambre, con un esfuerzo comunitario y gozoso, un auténtico culto en Espíritu y en Verdad.

Como dice San Pablo en nuestra segunda lectura: “La esperanza no quedará defraudada, porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo, que nos ha sido dado.”