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Mons. Sergio Gualberti: En nombre de Dios pido deponer actitudes beligerantes y dejar de lado intereses económicos y cálculos políticos

El Arzobispo de Santa Cruz dijo que Dios perdona a quienes han caído en el pecado de idolatría y especialmente a perdona a quienes confundieron la libertad con el capricho para vivir a su antojo y terminan despilfarrándolo todo para quedar después reducidos a la esclavitud.

Mons. Gualberti considera que el que toca fondo no solo pierde lo material sino también su dignidad de persona. En ese contexto dijo que reconocer a Dios no significa renunciar a la propia libertad sino vivirla plenamente.

El Arzobispo dijo la alegría de Dios Padre al ver regresar a su hijo arrepentido es tan grande que no solo le espera sino que corre al encuentro del hijo que regresa y lo rehabilita como persona libre.

El prelado recordó que el pecado nos convierte en hijos indignos y solo el arrepentimiento nos devuelve la dignidad de ser sus hijos, por eso estamos llamados a ser misericordiosos ante las debilidades y errores de los demás.

Al referirse a la tensión que se ha acrecentado los últimos días, exhortó a la ciudadanía co el siguiente pedido: En nombre de Dios pido deponer actitudes beligerantes y dejar de lado intereses económicos y cálculos políticos.

Finalmente convocó al pueblo de Dios a sumarse a las iniciativas de la iglesia como Rezar el rosario el martes 17 de septiembre y marchar el próximo viernes 20 de septiembre para convertirnos  en guardianes celosos de la “hermana madre tierra”

HOMILIA DE MONS. SERGIO GUALBERTI
SEPTIEMBRE 15 DE 2019
DESDE LA CATEDRAL DE SAN LORENZO EN SANTA CRUZ – BOLIVIA
Dios perdona a quienes han caído en el pecado de idolatría.

Los textos bíblicos de este domingo nos hablan de la misericordia de Dios. La primera lectura nos dice que, gracias a la oración de Moisés, Dios perdona al pueblo de Israel caído en el grave pecado de idolatría. En la carta a Timoteo, Pablo da su propio testimonio de la actuación misericordiosa de Dios que lo convierte de perseguidor en apóstol.

Para vivir a nuestro antojo, confundimos la libertad con el capricho.

En el evangelio Jesús, con tres parábolas, nos presenta a Dios como Padre que va al encuentro de los pecadores. Jesús está ante un escenario contradictorio: por un lado están “todos los publicanos y pecadores que se acercan a Jesús para escucharlo”, y por el otro están los fariseos y escribas que murmuran en su contra: “Este hombre recibe los pecadores y come con ellos”. Jesús, con su enseñanza deja en claro que Dios lo ha enviado para traer la salvación a todos, así lo confirma San Pablo a Timoteo: “Es doctrina cierta y digna de fe que Jesucristo vino al mundo para salvar a los pecadores”. Veamos ahora la tercera parábola del evangelio de hoy. “Un hombre tenía dos hijos. El menor de ellos dijo a su padre: -Dame la parte de herencia que me corresponde.- Y el padre les repartió sus bienes”. A pesar de que estaba en su derecho negárselo, el padre accede al pedido del hijo. “Pocos días después el hijo…se fue a un país lejano”. El deseo de libertad y emancipación del joven es tan grande que desconoce las muestras de amor del padre y deja incluso el bienestar y la seguridad de su casa. Es lo que nos pasa cuando pecamos: confundimos la libertad con nuestro capricho, pensando que hacer la voluntad de Dios limita nuestra libertad, y así dejamos la casa del Padre, buscando otros amores y viviendo a nuestro gusto y antojo.

El que despilfarra todo, se queda solo y se vuelve esclavo

Lejos del padre, el joven despilfarra pronto toda la plata en comilonas y juergas, quedándose solo y sin nada. Por su mala suerte, en ese país sobreviene una carestía y él comienza a padecer hambre, pero nadie le da trabajo. Por fin un hombre lo manda a cuidar cerdos, sin embargo, para saciar el hambre, tiene que disputarse las bellotas. Es el colmo de la desgracia: de hombre libre se ha vuelto esclavo y cuidador de animales considerados impuros por la religión judía.

El que toca fondo no solo pierde lo material sino también su dignidad de persona

El joven ha tocado fondo: no solo ha perdido todo lo que tenía, sino a si mismo, su dignidad de persona y la libertad que tanto había querido. Esto es lo que causa el pecado: nos reduce a esclavos del mal y perdemos la libertad y la dignidad de hijos de Dios. Cuando pareciera que todo está perdido, el joven reacciona, “entra en sí mismo”. Piensa: “¡Cuántos jornaleros de mi padre tienen pan en abundancia, y yo estoy aquí muriéndome de hambre!” El primer paso de la conversión es hacer verdad en nosotros mismos, tener el coraje de confrontarnos con nuestra conciencia y reconocer nuestros errores y pecados.

Reconocer a Dios no significa renunciar a la propia libertad sino vivirla plenamente

“Ahora mismo iré a la casa de mi padre”. El joven arrepentido toma la decisión de  volver donde su Padre. Reconocer la paternidad y voluntad de Dios, no significa renunciar a la propia libertad, por el contrario es vivirla plenamente. Luego el joven prepara su confesión: “Padre, pequé contra el Cielo y contra ti; ya no merezco ser llamado hijo tuyo, trátame como a uno de tus jornaleros.” No basta reconocer en nuestro interior que hemos pecado, hay que expresarlo. Esto nos pide el Señor: acudir al sacramento de la penitencia y confesar nuestros pecados ante el sacerdote, ministro del perdón.

Dios Padre, espera que volvamos a su casa que es nuestra casa

“Entonces partió y volvió a la casa de su padre. Cuando todavía estaba lejos, su padre lo vio”. El padre sabe que su hijo, lejos de su casa, no puede hallar otro corazón de padre, por eso ha estado esperando su vuelta y ahora lo ve. Hermosa imagen: Dios es el Padre que espera que nosotros pecadores volvamos a su casa y nuestra casa.

Dios Padre, corre al encuentro del hijo que regresa y lo rehabilita como persona libre

“Se conmovió profundamente, corrió a su encuentro, lo abrazó y lo besó”. El padre no espera, corre al encuentro de su hijo, se conmueve en los más íntimo de su ser, su corazón da un vuelco, lo abraza, lo besa y no le deja terminar su confesión, solo está feliz.  Llama la atención que el padre no haga ninguna referencia a sus propios sufrimientos, ni que haga un solo reproche al hijo. Por el contrario, manda a los servidores que traigan un vestido, le pongan un anillo y unas sandalias, signos de que lo rehabilita como persona libre y como hijo.

El pecado nos convierte en hijos indignos, solo el arrepentimiento nos devuelve la dignidad de ser sus hijos

Por el pecado nosotros perdemos la dignidad de hijos de Dios y nos hacemos esclavos del pecado, pero, si nos arrepentimos, Dios en su gran misericordia nos la devuelve, nos libera de las cadenas del mal y nos hace renacer a la vida nueva. Aquí se revela el verdadero rostro de Dios como Padre misericordioso que sólo sabe amar y que solo quiere perdonar. A ese encuentro conmovedor sigue la fiesta. “Es justo que haya fiesta y alegría, porque tu hermano estaba muerto y ha vuelto a la vida”. Es la alegría de Dios y de nosotros porque  experimentamos su perdón y su amor.

Pero el hijo mayor, de regreso del campo, se molesta y no quiere entrar a la fiesta. El padre también sale a su encuentro porque ama a ambos hijos, y los ama por el solo hecho que son sus hijos, independientemente de su conducta. Dios Padre nos ama a pesar de nuestras desobediencias, sale a buscarnos y nos anima a volver a la casa paterna.

Estamos llamados a ser misericordiosos ante las debilidades y errores de los demás

Esta parábola de Jesús nos colma de esperanza y nos anima a no tener miedo en reconocernos pecadores, necesitados de la misericordia del Padre. Pero también es un llamado para que nosotros seamos misericordiosos ante las debilidades y errores de los demás y que hagamos todo lo que está a nuestro alcance para reconciliarnos y vivir en paz y armonía como hermanos hijos de Dios.

En nombre de Dios pido deponer actitudes beligerantes y dejar de lado intereses económicos y cálculos políticos

Antes de terminar permítanme unas palabras acerca del clima de tensión, incertidumbre y temor vividos en estos días por los incendios en nuestro territorio amazónico, un verdadero desastre ecológico de alcance nacional y por los enfrentamientos violentos entre distintos sectores de nuestra sociedad. En nombre de Dios pido a todos deponer actitudes y lenguajes provocadores y beligerantes, y dejar de lado intereses económicos y cálculos políticos particulares para unirnos todos en restablecer un clima de paz y poner todos nuestros esfuerzos para salvar nuestra casa común, el don que Dios ha confiado a nuestro cuidado y que está gravemente herida. No olvidemos que nuestra vida está estrechamente unida a la vida de toda la creación.

Recemos el rosario, marchemos el próximo viernes y convirtámonos en guardianes celosos de la “hermana madre tierra”

Por eso, les invito encarecidamente a todos a participar del rezo comunitario del rosario martes y de la caminata el día viernes próximos, pidiendo al Señor que cambie nuestros corazones y que nos volvamos guardianes celosos de nuestra  hermana madre tierra”. Amén